Hard Islands Hard Islands

Álbumes

Nathan Fake Nathan FakeHard Islands

7.1 / 10

Nathan Fake  Hard Islands BORDER COMMUNITY

La primera vez que me deslumbraron los rizos de Nathan Fake fue en los camerinos del Nitsa. Debía correr noviembre de 2004, y aquella a la que se enfrentaba era su primera aparición en público en un club de España. Nos encontrábamos en plena fiebre del “The Sky Was Pink (James Holden remix)”, hitazo que ahora nadie, por cierto, se atrevería a pinchar en cabina porque de aquel vinilo se abusó hasta la saciedad y quedó como muy representativo del boom Border Community. Hace cinco años tampoco existía Spotify, ni Facebook, y Myspace estaban en pañales, o sea, que actualmente vivimos en otra era. Aquella era una época en la que “el techno atmosférico y emocional” de este sello británico la partía en los charts de todo el mundo con una imaginería algo infantil en su halo. Un lustro después, los jóvenes de aquí quieren ser Marc Marzenit o Dosem en cuestiones de “techno atmosférico y emocional”, pero resulta que el joven Fake no practicaba techno en el sentido más estricto de la palabra, sino más bien una especie de post-rock en clave IDM del norte de Inglaterra o shoegazer digitalizado con piruetas y fuegos de artificio que sólo un chaval de su edad es capaz de ejecutar con el software adecuado (y sin un puñetero instrumento).

La charla de media hora que tuve con él dejó bien a las claras que, aparte de un ejercicio de onanismo infantilizado, el bueno y joven de Nathan Fake no tenía una opinión formada de lo que estaba haciendo artísticamente hablando y, por su puesto, no tenía ni la más remota idea de lo que le iba a caer en lo que respectaba al show bussiness y la promoción provenientes de la Pérfida Albión. El personaje se le hacía demasiado grande a la persona. El tipo de letra que mostraba su nombre en los flyers de festivales y clubs abultaba el doble que el propio Fake, un canijo, que por entonces empezaba a girar por todo el mundo con una ingenuidad inusitada y poco habitual en estas discotecas de Dios. Ahora Nathan Fake se enfrenta al siempre difícil segundo disco. Y lo hace con inteligencia, aunque su sonido ahora suene algo más físico. Aprovecha el alivio que le supone no tener los focos apuntándole directamente a la cara, entre otras cosas porque Border Community no está tan de moda como hace un lustro –más bien parece en estado comatoso desde hace un tiempo, así que James Holden tendrá que reaccionar de alguna manera; es una de las últimas esperanzas blancas en el establishment británico que triunfa fuera de las islas–. Tampoco tiene los diecinueve años que tenía antes, con lo que el factor wonder boy también se acabó –en estos tiempos de campeones olímpicos con babero, haber pasado de los veintipocos como el de Norfolk significa enfilar la senectud–.

Y en estas, en vez de hacerse el maduro y publicar un tratado de IDM recia para superar la melosidad de su anterior “Drowning In A Sea Of Love” (Border Community, 2006) –definitivamente, la literatura no es su fuerte, a tenor de sus títulos– Fake lanza al mercado una colección de temas que, aunque siguen teniendo a la melodía como punto fuerte, suenan algo más correosos. Ahora que vuelve el shoegaze –si hasta Rob Da Bank lo revindica y homenajea en un mix para… ¡Soma!– nuestro joven querubín prefiere salirse por la tangente con un disco mucho más, digamos, 4x4; conservando su estilo en las melodías, pero tirando más a tracks y menos al formato canción. De hecho, el cómputo total de los menos de cuarenta minutos que dura el disco lo cubren seis temas –y uno es un interludio de un minuto y poco en el que nos recuerda que alguna vez fue más pastoral–. No se ha estirado mucho en el timing del disco, pero lo ha sabido explotar al máximo. Seguro que volverá a enganchar a muchos fans del techno de hoy que no lo conocieron en su momento. Y si no, él seguirá a lo suyo, feliz de haber superado el temporal.

David Puente

¿Te ha gustado este contenido?...

cerrar
cerrar