Happiness Happiness

Álbumes

Hurts HurtsHappiness

8.3 / 10

Hurts Happiness RCA-SONY

Escuchar “Happiness” es como ser una pre-adolescente a la que le están saliendo las tetas. No puedes evitar pensar: ¿qué me está pasando? Con el diccionario de snob-castellano en la mano: ¿por qué escucho este disco con tanta frecuencia como el “The Suburbs” de Arcade Fire? La cuestión es que estás encantadísima (con tus nuevos apéndices pectorales o con estas once canciones, ¿qué más da?), pero no entiendes el proceso por el cual has llegado hasta este punto. ¿Has hecho algo mal? ¿Has comido mucho pollo hormonado? ¿Empiezan a pasar factura los años de escuchar a Pet Shop Boys? “ Wonderful Life”, uno de los hits incontestables del año pasado, nos vendió la posibilidad de que, por fin, en nuestro particular revival ochentero alguien dejara de exhumar cadáveres con los cardados lacados de Robert Smith y desenterrara cuerpos tan poéticamente reivindicables como los de ABC, Visage o A Flock Of Seagulls. Ahora, con “Happiness” en la mano, resulta que de aquel new romantic hemos pasado a los Duran Duran del “ Ordinary World” y que, en contrapartida, es inevitable pensar que muchas de las canciones del debut de Hurts bien podrían sustituir al “ Happy Ending” de Mika como banda sonora lacrimógena cada vez que echan a alguien de Fama! A Bailar.

Y lo mejor de todo es que Theo Hutchcraft y Adam Anderson consiguen que nada de lo dicho hasta este momento pueda considerarse negativo: invierten los límites del bien y del mal para que, a base de machacarte los oídos con un martillo que lleva la palabra “hitazo” estampada en el lateral, acabes perdiendo el equilibrio en ese puente colgante (y precario) que separa el País de los Críticos Infalibles de Los Estados de los Oyentes Felices. Como sucede con “Origen” (esa peli en la que Christopher Nolan dosifica sus bondades para hacer sentir inteligentes a los tuneros de multisala y, a la vez, despliega la complicación justa para estimular a los más exigentes), “Happiness” pesa al milímetro sus ingredientes para que el banquete contente a todos los comensales: los que se las dan de sibaritas pueden aferrarse a los múltiples detalles de una producción excelente que se empeña en jugar al escondite con los lugares comunes del pop de estadio de los últimos años (coros megalómanos, barítonos, percusión electrónica de esa que explota entre las costillas, sintetizadores deslumbrantes que se escurren como una anguila eléctrica entre tus manos sin guantes de protección), mientras que los aficionados a los recopilatorios de “Física o Química” van a tener una nueva colección de cancionacas para desgañitarse en las noches de tormenta cuando la enzima drama queen llegue a límites insospechados en sus venas.

De hecho, también podría pensarse que todo esto son excusas de un crítico avergonzado para autojustificar la escucha reiterada de “Happiness”. Pero, a la hora de retratar la intención juguetona y ambigua de Hurts, ¿existe mejor imagen que ese irónico oxímoron que late en el título del disco? Porque, si hay un sentimiento que brilla por su ausencia en las once canciones es, precisamente, la felicidad. Hutchcraft y Anderson practican el deporte de la pesadumbre con la misma facilidad con la que lo hizo la Dark Wave (¿estamos hablando del advenimiento de la Bright Wave?) y, a la vez, destilan a la perfección la melancolía sintética que siempre han practicado Pet Shop Boys, por mucho que el resultado final de las canciones sea más que distante el uno del otro. “Luces De Bohemia” y Hurts, en cambio, se acercarían más al romanticismo decadente pero moderado de “Don Juan Tenorio” en versión post-moderna. El colchón sobre el que yacen ambas propuestas es el mismo: la tristeza y la derrota emocional de un alma en pena que ve amplificado su estado anímico a través de poderosas imágenes de calles vacías, farolas solitarias, lluvias torrenciales y edificios en ruinas que obstruyen el funcionamiento alegre de la vida moderna.

Este (delicioso) déficit de felicidad no sólo afecta a las letras de las canciones, sino que Anderson sabe vestir la voz de Hutchcraft, tan dotada para el sufrimiento, con suntuosos y fascinantes ropajes melódicos. Y así, entre uno y otro, van puliendo once perlas en las que las imperfecciones (escasas) no hacen más que añadir valor a la pieza final. “ Silver Lining” es una de las mejores aperturas de disco de la temporada: un sintetizador zumbón da paso a una dramática oda con resonancias germánicas en los coros. “Wonderful Life” se pasa por el forro las comparaciones facilonas con el tema de Black y deja caer sobre la Nación Pop una bomba atómica de la que tardaremos en recuperarnos. “ Blood Tears & Gold” se revela como la balada pluscuamperfecta en sus sintes vaporosos y su percusión espaciosa y etérea. “ Sunday” será, sin duda, uno de los singles comerciales que más pupa harán a los charts mundiales: por momentos, hace pensar en la posibilidad de Keane y The Killers despertándose un domingo por la mañana de resaca y sin saber a quién pertenece este brazo y aquella pierna. “ Stay” sublima el pop melódico con coros de los 90 y lo trenza a la perfección con la época dorada del synth, con OMD a la cabeza.

Illuminated” es otro de los pepinazos del disco y el que, sin duda, hace un uso más retorcido a la hora de aplicar unos sintes esquivos y escarpados al mismo tiempo. Mientras que “ Evelyn” es probablemente el único momento en el que Hurts baján la guardia (a pesar de una percusión de órdago), “ Better Than Love” encara la recta final del álbum recordándonos que si a estos dos les da algún día por hacer un disco bailable, las electro divas van a pasar una temporadita con una economía tan jodida que tendrán que empezar a mirar las ofertas del Día. La sección “baladas” se abre quitando el sentido con la colaboración de Hurts y Kylie: “ Devotion” corta la respiración recuperando las bondades entre sensuales y amargas del “ Confide In Me” de la Minogue y conduciéndolas a un nuevo nivel de dulce drama-queenismo. En “ Unspoken”, Anderson minimiza la parte electrónica y pone los pies en la tierra a la composición a base de una progresión sinfónica en crescendo que acaba explotando en un cénit de tragedia. Y, finalmente (antes de “Verona”, un track oculto), “ Water” cierra el álbum con el minimalismo de un piano, un violín y un contrabajo dando alas a un tema que sabe a blanco y negro.

De hecho, todo el disco sabe a blanco y negro. Sabe a algo tan trillado como vivir la dolce vita bañándose en la Fontana di Trevi a la vez que te sales del rebaño para perder el tiempo en decadentes cabarets nazis encuadrados por Visconti. Sabe a la tristeza postmoderna de la mirada de una Monica Vitti vestida de luto como protagonista de la nueva aventura musical de un Baz Luhrmann que puntea el clímax del film con purpurina y fanfarria. Sabe a estética pura y dura. “Happiness” sabe a esa felicidad nostálgica y catártica que sólo es posible cuando llevas hasta el límite tu propia tragedia. Y de eso entendemos todos, ya seamos críticos snobs, participantes en potencia de un concurso televisivo de baile o quinceañeras confusas.

Raül De Tena

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