Halcyon Digest Halcyon Digest

Álbumes

Deerhunter DeerhunterHalcyon Digest

9.1 / 10

Deerhunter Halcyon Digest 4AD Desde que conocimos a Deerhunter, hace apenas cuatro años, todo ha sucedido repentina e inexplicablemente, como por obra divina del espíritu santo. ¿Lo mejor de que ya no sean la excitante banda que descubrimos en “Cryptograms”? Pues que se han convertido en una banda muchísimo mejor, dulce y lista. Desde su obra maestra “Microcastle” la calidad del grupo de Atlanta está más que contrastada. Les ha bastado poco para ello y el flamante “Halcyon Digest” no hace más que reafirmarse como un nuevo paso adelante en el vía crucis que ellos mismos se han marcado para llegar a ser el nuevo paradigma indie. Como Arcade Fire o Animal Collective, Deerhunter atesoran la fórmula mágica del mejor pop escrito jamás. Aspecto inquietante, sonido mágico, desoladora capacidad testimonial: todos los componentes que les hacen grandes se alinean en conjunción astral en este trabajo de textura firme y bella. Asimilarlo en apenas dos semanas junto a los nuevos monumentos de The Walkmen, Marnie Stern, No Age, Sufjan Stevens, El Guincho, Antony & The Johnsons o How To Dress Well podría hacer que a uno se le nublara la vista. Sin embargo, algo me dice que toda la benevolencia que les dispenso como oyente sólo puede responder a un estímulo recíproco y que las virtudes de Deerhunter seguirán intactas por mucho tiempo que pase.

Inocente como la nieve no tocada por el sol, el mesías Bradford Cox es el máximo artífice del milagro. Ya sea en los trabajos de Deerhunter o en los de Atlas Sound,“Halcyon Digest” hay que verlo como el gran eslabón entre ambos, su figura comanda con mimo y mano de hechicero todo lo que toca. En ambas formaciones lo que escuchamos es un desolador monólogo, un soliloquio de melancolía que se desnuda y flagela frente al micrófono. Aquejado del mismo síndrome de Marfan que sufría Joey Ramone, la raquítica figura de Cox parece desprender una cósmica vitalidad. Es un autor tremendamente especial. Una persona que lo único que quiere es envejecer (¿existe mayor ambición de vida?) pero en cuya cabeza los recuerdos infantiles pesan como quintales. En “Halcyon Digest” canta con una seguridad expresiva aún mayor que la de “Microcastle” y se hace más fuerte como songwriter revisitando “un compendio de memorias reales o inventadas”. En el título se lee una deformación de “halcón”, pero estamos más bien ante un desgarbado y famélico pajarito. La portada se ilustra con una fotografía digna de Todd Browning en la que un freak le reza a la noche. Extraña e inquietante hasta para cover de un álbum, la imagen no puede resultar más adecuada.

Lúcido y lógico, “Halcyon Digest” se despierta abruptamente con la duermevela interrumpida de “Earthquake”. A continuación, “Don’t Cry” y “Revival” –carruseles a los que subirse una y otra vez– inciden en las atmósferas de parsimoniosa fluidez que el grupo viene desarrollando desde “Rainwater Cassette Exchange”. Son dos peritas en dulce que ponen sobre la mesa los conceptos claves del disco. Soledad, aislamiento, pasado y futuro se subliman a continuación en “Sailing”, un tema que, como las lagunas transparentes del ecuador de “Microcastle”, navega a la deriva con una guitarra por remo, solo en medio de un océano nocturno donde el único compañero de viaje es el cuerpo de uno mismo ( “Nothing to see, except me”). Con un saxo loco marcando el paso y una letra prodigiosa, “Memory Boy” irrumpe como si fuera de Roxy Music pero al instante se adosa junto a The Beatles. Y el guitarrista Lockett Pundt, a quien tampoco hay que restar méritos como segundo de abordo, escribe una “Desire Lines” encargada de mostrarnos la otra vertiente de Deerhunter, la más ensimismada en los desarrollos instrumentales.

The Everly Brothers, influencia sagrada para Cox, aparecen en “Basement Scene” como unos fantasmas que le susurraran al oído su famosa “All I Have To Do Is Dream”. La recta final comienza con “Helicopter”. Escuchamos una especie de cítara, marimbas y sintetizadores atascados en una corriente de agua. El tema suena como si Animal Collective se sumergieran en las aguas tiburonescas de Disco Inferno. De ahí viene precisamente el mejor piropo que se puede decir de tamaño temazo: podría encajar sin problemas en el sucesor de “Merriweather Post Pavilion”. “Fountain Stars” sabe a caramelo envenenado por Jim Reid, “Coronado” recupera de nuevo la mullida fanfarria de los primeros Roxy y entonces se pasa, por alusión a terceros, a la muy Brian Eno “He Would Have Laughed”. Grabado en solitario por nuestra criatura, con dicho tema-diana pasamos al otro lado del espejo. Dicen por ahí que está dedicado a su íntimo amigo recientemente fallecido Jay Reatard y uno no necesita ni contrastarlo cuando la garganta raspada de Cox se redime ( “I don’t need nobody on my back”). Él llora porque piensa que se ha quedado sin amigos y uno piensa: Bradford, vida mía, parece mentira que digas eso.

Cristian Rodríguez

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