Hair Hair

Álbumes

Ty Segall & White Fence Ty Segall & White FenceHair

7.8 / 10

Son las dos figuras más currantes del garage californiano. Tocan, colaboran y graban como si no hubiese un mañana. Segall a solas o con su banda –se espera un aterrador “Slaughterhouse” para finales de mes– y Presley con curro para rato entre White Fence, Darker My Love y Strange Boys. Si comparamos sus bagajes y lenguajes estilísticos, nos parecerá cuanto menos lógico que hayan acabado compartiendo este sensacional split. Pero antes de hablar de “Hair”, déjenme apuntar otra circunstancia relevante que atañe a nuestros protagonistas. Ambos acaban de entregar sus respectivas obras de consagración: Segall un deslumbrante Goodbye Bread que aún retumba en las paredes y Presley dos volúmenes de esa empresa majara que ha bautizado como “White Perfume”. Viniendo de ahí, las expectativas ante el trabajo que nos ocupa quedan abiertas a la especulación y, claro, hay altas probabilidades de que el oyente habitual de este tipo de descolgada psicodelia se espere bastante de él. Puede estar tranquilo, “Hair” no va a defraudarle.

En los primeros pases todo suena oxidado de más. Las canciones sólo comienzan a mostrar su brillo con sucesivas escuchas, poco a poco. Vibrantes (el jolgorio de bienvenida con “I’m Not A Game”), absorbentes (el precipicio final de “Tongues”) y desencajadas (varias despistan con codas, como “Time”, “Scissor People” o esa facción de “The Black Glove” titulada “Rag”), ofrecen un aspecto desaliñado que ofusca al primer asalto. Hasta aquí no hay sorpresa, sin embargo ellos no se conforman con quedarse en la roña de la superficie, y rascan y rascan hasta encontrar pequeñas grietas sonoras que aporten relieve al conjunto. Son fugas sónicas que suelen dejar en segundo plano pero que funcionan como pinceladas sobre brocha gorda y las que, a la espera del “Putrifiers II” de Thee Oh Sees (John Dwyer, no lo olviden, descubridor de Segall), llevan al disco a colocarse como destacado 2012 en su terreno. “Hair” es destartalado aunque siempre atento y este tipo de maniobras, dado el tono por norma plano de los discos de garage, se merecen un aplauso.

Otra de las claves del éxito, por encima de esos inesperados giros que comentábamos y del aspecto caótico general, es el equilibrio conseguido entre ambas personalidades artísticas, tan alocadas ellas. Por encima de los ganchos estilísticos obvios asociables a cada artista (que si yo tiro más de fuzz, que si tú de ramalazo glam), las intromisiones de uno en otro nunca chirrían, es más, se adecuan la una a la otra como un guante a una mano. Cuando Presley se pasa con el camuflaje ácido, Segall le ata en corto con su regio songwriting. Y cuando éste se pasa de beatlemaníaco, Tim saca al Syd Barret que lleva dentro para compensar. Así se tiran todo el rato. Haciendo chocar sus virtudes, esquivando los defectos y dando lugar a geniales accidentes salpicados de flower-punk escuela Zappa, guitarras dignas del Nuggets, arrebatos rockabilly tipo Cramps ( “Crybaby”) y un mostoso regusto a lo Ariel Pink que anega varias partes del metraje. En definitiva, es fácil saborear las buenas vibraciones que debieron invadir la grabación y no extraña que ya hayan confirmado muchos otros discos juntos.

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