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Álbumes

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8 / 10

La obra de Uwe Schmidt, que cubre a estas alturas un arco extenso y prolífico de dos décadas, es difícil de acotar en un solo concepto; ha tocado demasiados palos, ha colaborado generosamente con otros músicos, ha usado decenas de alias, como para despachar un trabajo tan ingente con una mínima mención a la ligera. Pero a grandes rasgos, hay cuatro ramas principales: la latina de Señor Coconut, otra que conecta con el acid house en su variante más purista y torrencial –de entre los muchos discos de esta vertiente, y por citar los más cercanos en el tiempo, vale la pena rescatar “Presents Acid Evolution 1988-2003” en Logistic (2005) y sus grabaciones en directo con Pink Elln–, una tercera que explora la economía de recursos del minimalismo en una zona inexplorada entre el ambient y el techno, de la cual “Winterreise”, su disco del año pasado para Raster-Noton, es otro perfecto ejemplo, y finalmente su aspecto pop, que tuvo sus mejores momentos con aquellos discos firmados como LB o Lassigue Bendthaus, especialmente “Pop Artificielle” (KK Records, 1998), en el que se atrevía con versiones a base de glitches y vocoder de clásicos de Bowie, James Brown, John Lennon y los Stones. “HD” precisamente parte de una idea colindante: no es un disco de covers –aunque a veces parezca un tributo simultáneo a Kraftwerk y Prince–, pero sí un título en el que el formato de ‘canción’, con algo parecido a estribillos, melodías bien perfiladas y una estructura flexible, se impone a la noción más lineal y cruda de track de baile. Incluso hay una colaboración con Jamie Lidell en “I Love U (LIke I Love My Drum Machine)” que funciona como buen resumen del cómo y el por qué de “HD”.

De todos modos, estamos hablando de Uwe Schmidt, y pop, como lo sería funk o incluso house, es sólo una forma tangencial de intentar describir una música indefinible por naturaleza, que es la suya. Él mismo dice en la presentación de este álbum que no tiene sentido justificarlo con palabras, porque nada en realidad es lo que parece a partir del texto, “del mismo modo en que ‘Liedgut’ no tenía nada que ver con el romanticismo ni ‘Winterreise’ lo tenía que ver con Schubert”, afirma en la nota de prensa. “HD”, por tanto, coincide en nomenclatura con la alta definición y la producción ultraprofesional y detallista del pop mainstream o el R&B, pero sólo en eso: curiosamente cita a Justin Timberlake y agrede contra su dimensión de masas en “Stop (Imperialist Pop)”, tema originalmente creado en 2005, en plena fiebre “Justified”. “HD”, que originalmente tenía que haber sido “Hard Disc Rock”, responde a una lógica más endogámica y aislada de la realidad: es simplemente Uwe Schmidt dando cancha al uso de la voz robotizada y parodiando/homenajeando con su habitual ambigüedad la cultura de masas del mismo modo en que jamás se supo si las versiones de “Pop Artificielle” y sus secuelas eran un tributo rendido a influencias de juventud o una burla con apariencia chic: aquí “Empty” suena a Devo, y hacia el final del álbum asoma “My Generation”, que no es más que una versión de The Who acribillada por beats transversales y glitches distorsionados hasta concluir en un minuto final que es como una montonera de ruidos.

Schmidt es un hombre que siempre proyecta una imagen de frialdad imperturbable, verle en persona es como admirar una perfecta estatua en el museo de cera. De ahí que “I Love U” –la colaboración con Lidell, que es carnosa y, entre citas obvias a Martin Luther King, Prince y Herbie Hancock, exuda más sexo que las obras completas de Manuel Ferrara– y la otra parodia funk en “Stop (Imperialist Pop)” no acaben de sonar ‘reales’ o creíbles como canciones suyas nacidas del corazón, sobre todo porque la idea de funk con la que parece sentirse más cómodo Atom es la de la rigidez – “they were so stiff, they were so funky”, Carl Craig dixit– propia de Kraftwerk, una sombra que planea lógicamente en “Stop” –por “Music Non Stop”–, pero también en “Ich Bin Meine Maschine” –como un descarte de “The Robots” chorreando sobre un lienzo ácido–, “Riding The Void”, que es como una versión apagada y minimalista de la época “Computer Love”, y en los dos cortes inaugurales, “Pop HD” (su particular “Tour de France”) y “Strom”, que aquí aparece como una versión glitch de “Ohm Sweet Ohm”. Lo más asombroso de “HD” es cómo, por la vía del tributo, demuestra la absoluta vigencia de la música de Kraftwerk, incluso hoy todavía adelantada a su tiempo en muchos años –ya va siendo hora de que se haga una revisión a fondo del siglo XX y se ponga a los de Düsseldorf a la misma altura que los Beatles–, y también cómo, a pesar de la dependencia estilística, Atom es capaz de llevar todo el material en bruto –rock digital, techno, funk, electro, R&B– a su propio territorio y dar con una obra personal, tan difícil como accesible, que debe incluirse necesariamente entre los mejores de su largo centenar de títulos. No es la cumbre personal, pero sí uno de esos discos que marcan la diferencia.

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