Grief Pedigree Grief Pedigree Top

Álbumes

KA KAGrief Pedigree

9 / 10

La primera vez que vi “Los Amos De La Noche”, la aún reivindicable película de Walter Hill, pensé que Nueva York tenía que ser la ciudad más peligrosa del mundo. Era un crío, y la imagen de Manhattan como territorio fantasma con vagones de metro vacíos, avenidas llenas de ratas y basura, edificios en ruinas y pandilleros enfrascados en una cacería humana en plena noche no podía ser más aterradora. Aterradora y fascinante, claro, aquello era el infierno, pero también el paraíso. Difícil de explicar. Por mucho respeto que transmitiera, era imposible no imaginarte a ti mismo como miembro de los Furies, vestido de jugador de béisbol, cara pintada, persiguiendo a los miembros de los Warriors. Esa misma sensación es la que, años después, contagiaban algunos discos de hip hop, cuyas canciones invitaban a sumergirse, de nuevo, en el imaginario de una urbe mugrienta, gris, violenta y en permanente estado de tensión y alerta: “The Infamous”, “War Report”, “Living Proof”, “Enter The 36 Chambers” o “Wanted: Dead Or Alive” son obras maestras del género, pero también piedras angulares del retrato más crudo y temible que se ha hecho nunca de las calles de la Gran Manzana.

Pero a mediados de los 90s, con la intensificación de las políticas de limpieza y seguridad del alcalde Rudolf Giuliani, la recalificación urbanística de algunos distritos antes deteriorados y deprimidos como Harlem o Brooklyn y, también, la suavización musical del rap, la capital del mundo pasó a convertirse en un emplazamiento más seguro y confortable que ya no despertaba temor ni cosquilleo nervioso. Esto, aplicado al hip hop, se convirtió en uno de los motivos del bajón artístico que experimentó la escena neoyorquina en el cambio de siglo, desconcertada ante la disyuntiva de perturbar y convulsionar al oyente con historias exageradas e hiperbólicas que no se correspondían con la realidad que uno mismo ya no asociaba con lo que estaba sucediendo en la calle. Nueva York ya no daba miedo; tampoco las letras de muchos de aquellos rappers que habían hecho carrera y estatus gracias a ello.

En 2010 muchos volvimos a recuperar esa vieja sensación gracias a “Marcberg”, el intachable debut de Roc Marciano, mejor disco de ese año para quien esto firma y una de esas grabaciones que podrían tumbar a un peso wélter sin tan siquiera pestañear. Nada había cambiado en la imagen mental que teníamos de la ciudad norteamericana, a la que seguíamos viendo como un destino turístico muy fiable y tranquilizador, pero ese álbum dejaba claro que no es oro todo lo que reluce y que si decidías darle confianza podías experimentar un radical descenso a las alcantarillas de una manzana reluciente por fuera pero infestada de gusanos en su interior. Disco desagradable, durísimo, en que el mal humor y la rabia se confundía con la desesperanza, realismo en su punto justo de cocción –ni condescendiente ni ficcional–, “Marcberg” es una obra magna no sólo por sus atributos sonoros y líricos, ambos excelsos y perfectamente compenetrados, sino también por su empeño en brindarnos un retrato fiable e intimidante de la parte menos visible del Nueva York actual.

Un rol que ahora mismo puede cumplir con mucho éxito “Grief Pedigree”, el “Marcberg” de 2012, segunda referencia en solitario del MC de Brooklyn KA, veterano y curtido soldado raso de la escena de la Gran Manzana, miembro original de Natural Elements –si no conoces o recuerdas su “The EP”, su primer lanzamiento, hazte un favor y ponte a ello–, agente libre del panorama underground y, no es casualidad, amigo y colaborador del propio Roc Marciano. Estampó firma y voz en “We Do It”, la única colaboración vocal que incluía el debut de Marciano, pista muy indicativa de las conexiones no sólo personales que unen a estos dos lobos solitarios empeñados en devolverle el esplendor perdido al rap de Nueva York. Repite esquema y ademanes: KA también se encarga él solo de toda la producción del álbum y cede la única colaboración externa a su colega, en un intercambio de favores que tiene más valor simbólico y conceptual que mercantil. Y al igual que en “Marcberg”, el retrato que se brinda de los bajos fondos neoyorquinos huye de la autocomplacencia o el derroche de imaginación peliculera, busca un perfil crudo, clínico y evocador en su descripción de la vida en Brownsville, la parte más degradada y con mayores índices de criminalidad de Brooklyn.

KA habla de lo que ha visto y sigue viendo en su barrio: pobreza infrahumana, trapicheos las veinticuatro horas del día, siete días a la semana, zombies deambulando por descampados, la lucha diaria por la supervivencia, el miedo a ser atrapado por la policía o atravesado por una bala y la rutina de la desesperanza. Piensa en la primera o la tercera temporada de “The Wire” y acertarás. Cambia Baltimore por Nueva York, Hamsterdam por Brownsville y David Simon por este MC prodigioso que escupe poesía de alta gradación en cada una de sus estrofas y tendrás lo que buscas. Cualquier MC de medio pelo puede rapear sobre episodios de violencia fortuita y explosiva en las esquinas, pero muy pocos pueden hacerlo con el lirismo, la perfección poética y la rotundidad emocional con la que este autor mayúsculo ataca sus canciones. Si este crítico ejerciera como profesor en una escuela conflictiva en Estados Unidos, obligaría a sus alumnos a memorizar y analizar hasta la extenuación “Decisions”, una de las más grandes y conmovedoras canciones que se han escrito nunca sobre lo que significa vivir en un barrio deprimido. Te pone la piel de gallina, pero ya no sólo por su ejecución, su estructura lírica y su contenido –sinopsis: cómo una decisión errónea puede condenarte de por vida–, sino por cómo integra conceptos como el destino, la fatalidad, la voluntad o la libertad individual sin escupir un solo juicio de valor ni una sola proclama moral.

“Grief Pedrigree” contiene más talento y creatividad de la que puedes asimilar en una sola escucha. Necesitas volver a él una y otra vez para enterarte de todo lo que se está maquinando en su interior, no es que sea inaccesible u opaco a conciencia, antipático per se, sino que alberga tanta profundidad de campo en su despliegue lírico que no basta con una, dos o tres revisiones. Y en cada ocasión descubres frases antológicas, de una fuerza abrasiva, que expresan grandes temas y preocupaciones: angustia e incerteza del día a día en zona de guerra – “This gonna be the summer they come for me”–, credibilidad del relato y sufrimiento creativo – “Niggas spit their shit I bleed mine”–, supervivencia y el hábito de la lucha titánica para seguir adelante – “Up against Goliath to bring butter home”–; cada canción es un mundo que requiere ida y vuelta, atención máxima, por lejano que sientas su hábitat y ámbito de maniobra te consigue atrapar y transportar a la misma primera línea de fuego.

Todo esto quedaría cojo o no tendría sentido si la producción de KA no estuviese a la altura o, sencillamente, si hubiera optado por seguir caminos equivocados o contrarios a lo que intenta proponer y exponer en sus rimas. Pero como si fuera plenamente consciente de este problema que se le podría plantear, el rapper ejecuta uno de los trabajos de producción más alucinantes de la temporada. KA ralentiza el tempo, somete al oyente a un estado de trance obsesivo e insidioso con sus loops y aplica su método a base de funk comatoso, mareante y alterado. Lento, embriagador, inimitable. Los beats no tienen la agresividad de “Marcberg”, por ejemplo, tienen una composición más blanda y anticlimática, pero son los mejores beats posibles para el flow y la densidad poética de las letras, se adaptan como un guante. “No Downtime” y “Decisions” son los únicos arrebatos accesibles, ligeros destellos de luz soulful, de un recorrido ejemplar en que el de Brownsville lleva una idea clásica e identificable del género –el boom bap, el sonido duro de los 90s­– a un nuevo y radical estrato de experimentación sonora. Asombrosa coherencia e interacción entre música y textos, como si no hubiesen sido creadas nunca por separado. Una idea, una visión, plenamente satisfecha y realizada: “Grief Pedrigree” es el mejor disco de hip hop de lo que llevamos de 2012. Y lo que es aún más importante: el más bello.

¿Te ha gustado este contenido?...

cerrar
cerrar