Gold + Green Gold + Green

Álbumes

Architeq ArchiteqGold + Green

8.1 / 10

Architeq  Gold + GreenTIRK

El primer acierto de este álbum por parte de su autor, el joven Architeq, es el nombre elegido: “Gold + Green”. Con dos tonos, con dos colores de tan diferente cariz, esta incipiente promesa ha sido capaz de describir, a grandes rasgos, su propio sonido. Architeq es “green” porque su sonido es orgánico, de jungla tropical, de vegetación exuberante: las texturas te transportan a una visión en slow motion de gotas de agua chocando contra grandes hojas de hibiscos. Y es “gold” porque es metálico, brillante, fulgurante, recuerda lejanamente a ese buen R&B made in UK que inundó el pop de los noventa –el mejor George Michael, Sade, Lisa Stansfield–; es el reflejo dorado de los instrumentos de viento, es el tono metálico que adquiere el futurismo cuando uno lo escucha en la música, en esa deconstrucción sensorial de la que es capaz el oído humano. El disco desborda sensibilidad exótica, sensualidad deslizante más propia de latitudes meridionales o raíces afrocaribeñas, muy lejos de la Escocia que vio nacer a Sam Annand (aka Architeq). Esta definición de su sonido bien serviría para su primer EP “Birds Of Prey”, que vio la luz el año pasado y que, gracias al efecto blog to blog (el boca-oreja de internet), ha servido de señuelo para su primer álbum. Architeq lanzó la primera piedra y escondió la mano, concretamente en el estudio, para acabar de dar forma a su ópera prima.

A lo largo de todo el álbum, el productor escocés juega con los golpes, los descoloca en la partitura mental, reinventándola en nuevos esquemas de trompicones sincopados, pero siempre sin perder el groove, el flow o como queráis llamarle a esa deriva rítmica que hace que los cuerpos se muevan. Ya lo hizo en el tema Birds Of Prey del EP homónimo y se reitera en el disco con “Birds Of Dub”, una reinvención de la fórmula, esquematizada y dubbeada (silencio de cuatro minutos y sorpresa final incluida). Esa delicia de melodía invita a caminar por la calle con el iPod a toda hostia para sorprenderse al comprobar que el paisaje urbano se reordena al ritmo de tus cascos; como si el reproductor se hubiera colado en la frecuencia del hilo musical de Transports Metropolitans de Barcelona. Esta raccordización con el ambiente urbano se extiende a lo largo de todo el disco ¿Jazz con máquinas? Probablemente. Sorprende comprobar que en la elaboración del disco han estado presentes varios instrumentos clásicos –clarinetes, saxofones, chelos, violines, violas, la omnipresente batería y otras percusiones–, sonidos que Architeq ha sabido procesar y ordenar para exponer esa exuberante mezcla de estilos y referencias: funk, R&B, psicodelia latina, tropicalismo, future disco, hip-hop, dubstep, jazz… Está en la onda wonky, pero va un poco más allá.

¿Dónde está el truco de su sonido? ¿Cómo un chavalito de 23 años es capaz de crear unas texturas tan variopintas como originales? El nene curra de ingeniero de sonido en un estudio. “Aaaah, ahora lo entiendo todo”, dirán las masas. Él mismo lo confesaba en una entrevista a propósito de este trabajo. Su vida laboral le ha permitido conocer a cientos de músicos con extrañas y enriquecedoras influencias. Esto ha derivado en un modus operandi particular, cuya misión es la de experimentar con la grabación de la instrumentación y la posterior manipulación hasta conseguir el registro deseado. “Quería que el disco sonase entre una banda en vivo y una producción electrónica, algo así como una banda que no podría existir”, añadía en la entrevista para Sonic Router.

Si técnicamente el álbum es original, innovador y refrescante, melódicamente está a la altura de las circunstancias. Las colaboraciones con las que ha contado añaden el halo de elegancia necesario para redondear el trabajo, la guinda del pastel. Destaca, en este sentido, la dulce aportación vocal de Junior Williams (pone la guinda y, de paso, un montón de merengue cremoso), vocalista de Sunharbour, en “Nothing”. Y sorprende la colaboración con Ilija Rudman: este croata, perteneciente a la nueva escuela de electrofunk, aporta su voz y sus influencias nu-disco en “Mind Games”, donde los tonos “green” y “gold” de todo el disco adquieren iridiscencias propias de las luces de neón. Y acabo repitiendo referencia sinestésica porque creo que es un disco que se escucha, pero que también se ve y se siente; aunque cueste más de tres o cuatro viajes apreciarlo, es disfrutable en diferentes contextos, sensaciones y sentidos. Sinestesia pura, insisto.

Mónica Franco

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