Gold Dust Gold Dust

Álbumes

Tori Amos Tori AmosGold Dust

6.8 / 10

Convertida en una diva de taxi amarillo que se aleja, Tori Amos firma la segunda (y orquestal) parte de su “Tales Of A Librarian”, aquel mastodóntico primer grandes éxitos que ya coqueteaba con el retoque, la cirugía, el maquillaje de temas, sus grandes temas, tan sencillos como inquietantemente hermosos, y nadie se quejó entonces porque los retoques eran mínimos (apenas se añadían coros, y caballos al galope, en “Winter”, se vestían desnudos, como los de “Playboy Mummy”). Pero, ¿acaso podía sonar de alguna otra manera “Me And A Gun”, el microrrelato sobre lo que pasó por la cabeza de Amos mientras la violaban, después de aquel concierto, hace un millón de años? Oh, no. En primer lugar, porque no sonaba de ninguna manera. Era una canción virgen, en el sentido de que ni siquiera era una canción, sino un ronroneo, una súplica, a cappella, de la cantante que solía golpear con violencia (siempre sexualmente hablando) su piano en los conciertos. Era aquella Tori todavía de carne (sobre todo, de carne) y hueso. La de hoy, la de este “Gold Dust”, que no deja de ser un buen disco en el sentido en el que no dejan de serlo todos los discos de Tori Amos, es profiláctica. Se envuelve en capas y capas y capas de ecos (como los que rodean la versión menos arrojadiza y punzante de “Precious Things”, para muchos, su mejor canción ever) y da alas a una ambientación sinfónica (ahí tenemos, en los títulos de crédito, a la Deutsche Grammophon, responsable de su, por otro lado, nutritivo y recomendable experimento clásico, “Night Of Hunters”) que no siempre tiene sentido (para otros muchos será una buena noticia que por fin se haya decidido Amos a incluir la soberbia “Cloud On My Tongue” en un recopilatorio, pero no así, aunque en su caso el maquillaje apenas daña el contenido emocional, trata de asfixiar al oyente en el tramo en el que repite “circles, and circles, and circles...”, hasta el punto de alcanzar un sonido metálico que enfría, y mucho, el rescate).

Pero no hay malas intenciones. Sólo, dice la propia Tori, la de dejar que las canciones crezcan. O la de la darles la enésima vuelta, como ocurre con “Jackie's Strength”, versionada una y otra vez por la que fuera fan de Led Zeppelin y compusiera una oda al orgasmo femenino ( “Icicle”), y que en esta ocasión pierde toda su magia (haga lo que haga, la mejor versión de “Jackie's Strength” siempre será la primera, la que contiene el electro “From The Choirgirl Hotel”). Producido por la propia Amos con la colaboración de John Philip Shenale (Beach Boys y Billy Idol, pero también Janet Jackson y Tracy Chapman) y grabado con la famosa Orquesta Metropole, el álbum conmemora el 20 aniversario del lanzamiento de su primer disco, “Little Earthquakes”, y tal vez jamás se le hubiera pasado por la cabeza a la de Carolina del Norte (cada vez más fosforescentemente pelirroja) si no hubiese dado aquel concierto en el Heineken Music Hall de Ámsterdam en octubre de 2010. El concierto consistía en darle un ambiente sinfónico a sus canciones, ambiente que convenció a Amos hasta el punto de ponerla ante el piano para reinterpretar, como cuando era niña y aprendía a tocar, a los grandes.

La buena noticia es que, como experimento, el álbum, que por cierto, es el decimotercero, no empaña el recuerdo original de cada uno de los temas, entre los que se encuentra el desconocido “Flying Dutchman”, cara B del sencillo de “China”, uno de los cortes de “Little Earthquakes” seguramente rescatado para la ocasión (el concierto era en Holanda y la canción habla de un holandés volador), sino que se presenta como la penúltima excentricidad de la chica que conquistó a Trent Reznor hasta el punto de hacer que el verso de una de sus canciones ( “Precious Things”) se convirtiera en el nombre de la banda (Nine Inch Nails). Gustará a los fans, acostumbrados a la casi compulsiva obsesión de Amos por tratar de deconstruir sus creaciones (y volver a construirlas, manteniendo en pie los cimientos y poco más), aunque no es una buena idea que el neófito empiece por aquí; después de todo no deja de ser un álbum capricho, una ocurrencia que, casualmente, coincide con una efeméride y el bajo impacto de sus trabajos posteriores al que contiene la canción que da nombre a este recopilatorio ( “Scarlet's Walk”), el primero y el mejor de su última etapa, la que inició tras “Tales Of A Librarian” y cerró con el desapercibido “Midwinter Graces”.

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