God Was Like, No God Was Like, No

Álbumes

The Fun Years The Fun YearsGod Was Like, No

8.5 / 10

The Fun Years God Was Like, No BARGE RECORDINGS

No esconden sus nombres –Ben Recht e Isaac Sparks; podría ser más que probable, de todas maneras, que ni siquiera fueran sus nombres reales–, pero todo lo demás alrededor de The Fun Years queda, por ahora, envuelto en misterio. Mejor así: como bien saben los aficionados a los refranes, la curiosidad mató al gato, y querer saber demasiado podría romper la magia. Templemos el ánimo y disfrutemos del audio envolvente y aprisionador, no necesitamos más. En realidad, ni siquiera hay más datos que dar: residen en Estados Unidos, probablemente en Brooklyn, donde tiene sus oficinas Barge Recordings, el sello en el que llevan publicados ya con este “God Was Like, No” un total de tres álbumes, aunque habría que añadir a la cuenta un puñado de CD-Rs grabados en un sótano recóndito y mohoso que han circulado en tiradas minúsculas, imposible de encontrar a estas alturas. Es esta aura de minorías, esa clandestinidad en la que parecen refugiarse como en una fortaleza de la soledad –parafraseando a Jonathan Lethem y a, cómo no, Superman– la que ha alimentado el culto y lo que hace de la aparición de este disco un gran acontecimiento en el pequeño reducto del avantgarde.

La culpa de todo la tiene “Baby, It’s Cold Inside” (Barge, 2008), un disco que hacía honor a su título y transportaba la desgastada estética del post-rock a una dimensión no explorada con anterioridad. The Fun Years no son ningunos revolucionarios, no estaban inventando nada nuevo con aquel álbum –ni tampoco con el anterior, el ignorado “Life-Sized Psychosis” (2007)–, pero supieron, o tuvieron el acierto azaroso, de mezclar los elementos justos en la proporción correcta y a la temperatura adecuada. Lo suyo no era ingeniería de sonido, sino una técnica de ensayo y error delirante a la manera de los alquimistas o de la intuición orgánica de los boticarios que mezclan hierbajos hasta encontrar el remedio curativo contra cualquier mal. Ben Recht toca la guitarra barítono y raspa cuerdas a la vez que crea cortinas suaves de drones con la estela de las notas. Su sonido es crispado, deja astillas de sonido con cada movimiento de los dedos. Isaac Sparks maneja un juego de tocadiscos y un mezclador, y he aquí el elemento diferencial de The Fun Years, lo que consigue que suenen como una fusión del turntablismo de Philip Jeck o Janek Schaefer con el desgaste ambient de productores que tratan el sonido de la guitarra a través de un filtro informático como Tim Hecker, Fennesz o Kevin Drumm. Nada que deba sorprender, pero con un resultado sublimado que no suena a una simple suma de opciones estéticas, sino a un discurso propio y, por tanto, original.

Lo que alcanzaron The Fun Years con “Baby, It’s Cold Inside”, un estado de suspensión y abandono, un cortocircuito de los sentidos a excepción del tacto –pues la música entra más por la piel, como si fuera luz solar, que por los oídos–, lo retoman ahora con un disco que se posiciona como continuista, pero que en la situación en la que están es posiblemente la única opción posible. Lo es porque quienes les conocían de antes reclaman eso, otro chute de opio a partir de ingredientes como Mogwai –como cuando Mogwai enchufan un chorro de ruido suave, se van a tomar una cerveza y vuelven al cuarto de hora–, los viejos Labradford y, puestos a recuperar las maniobras de guitarras etéreas de la década de los noventa, los cada vez más reivindicados y citados Flying Saucer Attack –uno de los trend topics seguros para el año 2011–. Y lo es también porque, en caso de que The Fun Years por fin aspiren a salir de los márgenes de culto en los que están ceñidos, entre el ambient espacial y la música neoclásica de origen post-rock, es preciso que conquisten público con una depuración de sus armas sonoras, no con una evolución que sucederá, pero que tendrán que dejar para una mejor ocasión.

En realidad, sí que hay una variación –una depuración, sí– en estos 43 minutos de rapto sensorial. The Fun Years parecen sonar menos oscuros y encerrados en sí mismos en relación con “Baby, It’s Cold Inside”, como si la escarcha matinal de aquella obra tan minada de agujas encalladas en el surco y texturas graves de guitarra que contaminaban el aire se hubieran evaporado y batido en retirada para dejar paso a un fulgor de primera hora de la mañana. Es, quizá, un gesto de optimismo, de querer asomar la cabeza por la ventana para tomar un contacto distante y prudente con el exterior. Un buen gesto. Y sí, a pesar de que las texturas sean ásperas y “God Was Like, No” suene de entrada como post-rock al que se le ha limado la superficie con lija –y qué decir de tan metafísico y negativo título–, el mantra ininterrumpido de la música –toda una jam de drones, minimalismo a lo Tony Conrad y el vinilo como instrumento creador de ruido bello– acaba dejando un poso emotivo que calienta el corazón. Se han superado sin buscarlo. Poco a poco, parece como si prepararan inconscientemente el terreno para publicar un disco que se debería titular “Baby, It’s Hot Inside”. Estos discos son apoteósicos, pero esa sería –soñar es gratis– su obra maestra.

Javier Blánquez

The Fun Years - Makes Sense To Me

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