Glimmer Glimmer

Álbumes

Jacaszek JacaszekGlimmer

7.4 / 10

GHOSTLY INTERNATIONAL

Michal Jacaszek había avisado que su nuevo disco tendría como motivo principal el sonido del clavicordio, lo que podía entenderse como una apuesta por el tenebrismo –esa atmósfera anciana, cubierta de telarañas que puede hacer pensar en caserones y toda esa estética gótica de madera carcomida y tapices polvorientos en las paredes– o por una recuperación del barroco como en su día eligiera Michael Nyman, en aquellos tiempos en los que fusilaba muy ingeniosamente a Purcell. Lo segundo, en realidad, no era una opción viable, porque Jacaszek, que admite no tener estudios de conservatorio ni los conocimientos para componer a mano y pentagrama –lo suyo es sampler a pelo, eso sí, con destreza y una férrea idea estética–, no es alguien que imaginemos recreando las partitas de Bach o las tocatas de Scarlatti ni a golpe de ratón. Lo suyo siempre es más sutil, más aéreo. Ocurre, empero, que “Glimmer” tampoco es un disco de resultados tan grotescos como sugiere la idea roída de un clavecín, ni la música que imaginamos sonando de fondo en la lectura de un cuento de Lovecraft. Está, muy oportunamente, entre la pesadilla y el sueño.

“Glimmer” es un cambio en el sonido de Jacaszek si tomamos como punto de referencia “Treny” (Miasmah, 2008), el álbum con el que se dio a conocer en la escena modern classical y que hasta hoy ha sostenido todo su prestigio acumulado. Aquel era un álbum más de cuerdas –violines y arpas, algo de piano–, más post-romántico, que sugería una idea de lento hundimiento de lo que antaño fue grande y la marchitación inexorable de lo que un día fue bello. Y “Glimmer”, aunque da una idea de brillo y resplandor de oro en su título, no suena como música de renacer, sino como música de desaparecer con lentitud, de ser olvidada para siempre en un dulce desvanecimiento, lo que viene a ser un giro aún más extremo en el planteamiento inicial de “Treny”. Es, pues, a partir de esa sensación de materia y tiempo que se desintegran –más cercana a Leyland Kirby que a Max Richter– por donde el álbum completo busca refinar su personalidad. En el primer tema, “Goldengrove”, se fijan las bases del disco y se respira su aliento mortecino entre punteos de guitarras, teclas de clavicordio tocadas como al azar y un manto sintético finísimo que aguanta durante todo el tema como una cortina ambiental: suena frío y triste; la sensación no es la de peligro, sino la de abandono.

A partir del segundo corte, “Dare-Gale”, es cuando “Glimmer” descubre todas sus cartas. Hay un sample constante, invasor, que consiste en el sonido de la aguja atrapado en el surco de un disco de vinilo, encerrada por siempre y generando ese sonido rasgado y arenoso que hace tan desoladora la música de artistas como William Basinski; un loop desgastado que se trenza con facilidad entre los teclados y los vientos, y que se pasea por el resto del minutaje como ese clásico fantasma de los castillos que siempre arrastra una bola de hierro. Y a partir de ahí nada nuevo, que no es lo mismo que decir nada bueno, sino todo lo contrario: en el momento en el que Jacaszek ha agarrado el ambiente propicio, esa narcótica nube de olvido, es cuando comienza el “Glimmer” de verdad, cuando se dedica a jugar con los pocos elementos disponibles –las partes de clavicordio, notas graves de oboe y fagot, los (débiles) muros de sonido electrónicos– y se encierra en una idea que funciona mejor cuanto más se estira, pues se da la oportunidad de infectar con mayor eficacia el alma. “Evening Strains To Be Time’s Vast” empieza casi silenciosa y se transforma en un pequeño torbellino de ruido al llegar a los seis minutos –de mientras, hay crujidos y un constante amago de crescendo que hipnotiza–, “What Wind-Walks Up Above!” tiene halo cinematográfico y “Even Not Within Seeing Of The Sun” sería el motivo para la misma película pero en una secuencia onírica, con fundidos en negro y un enfoque borroso. Poco a poco, Jacaszek da vueltas sobre lo mismo hasta perfeccionar el efecto y hundir el dedo más adentro en la herida.

Sólo le falta a “Glimmer” una hondura mayor y más consistente para ser un trabajo que, de verdad, signifique veneno para el espíritu. Por momentos Jacaszek parece buscar una belleza fugaz o una pequeña llama de luz –en “As Each Tucked String Tells”, con guitarra punteada y el clavicordio demasiado virtuoso, por ejemplo– que rompen involuntariamente la unidad depresiva que sostiene la mayor parte del CD, que acaba muy adecuadamente entre la desesperanza y el amago de optimismo de “Windhover”. Quizá sea una buena idea la de no mirar fijamente a los ojos de la noche y el abismo, sobre todo en estos tiempos de máximo pesimismo. De todos modos, Jacaszek debería saber que los fans de la neoclásica, sus fans verdaderos, lo que quieren es una úlcera abierta, noche cerrada, morbo sin descanso y la sensación final de que no hay esperanza y esto es el fin. En “Glimmer”, a lo lejos, hay una luz.

Javier Blánquez

Jacaszek - Evening Strains to be Time's Vast

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