Glass Swords Glass Swords

Álbumes

Rustie RustieGlass Swords

8.6 / 10

WARP

En 2007 aún no se hablaba ni de wonky, ni de slack hip hop, ni de sonido púrpura. Pero empezó a asomar el hocico un joven llamado Rustie –del que más tarde se conocería su residencia en Glasgow y su verdadera identidad, Russell Whyte– y el diccionario de etiquetas de la música electrónica contemporánea comenzó a echar humo, y no porque lo suyo fuera radicalmente nuevo, sino por ser vocacionalmente desconcertante. Rustie se complicaba la vida, se metía en jardines barrocos de sintes respingones, con bajos extra funk, melodías esquizofrénicas y la habitual complejidad en la franja fronteriza que divide el techno de la IDM –por no hablar de su actitud gangsta y su gusto por el crunk y el grime–, y lo que editaba a su nombre sólo podía causar un cortocircuito en el cerebro. Ya lo hizo con el tempranero “Jagz The Smack EP” (2007), repitió un año después el efecto desconcertante con “Zig-Zag”, un single que provocaba mareos, y así poco a poco hasta llegar a su primer álbum, un “Glass Swords” que vuelve a encajar decenas de piezas en el mismo puzzle con aparente simplicidad, pero dejando las meninges como un puré de patatas.

Ese Rustie que irrumpió en el panorama underground cuando todavía estaba dominado por los chicos del dubstep es, en esencia, el mismo de antes: un saltador de barreras, un agente libre que se mueve entre estilos creando confusión. Lo que se aprecia en “Glass Swords” es, quizá, una rebaja en su insolencia. En los primeros 12”s que iba desperdigando en sellos de su Escocia natal como Stuffrecords o Wireblock –más un split con Joker en Kapsize que le conectó de refilón con el sonido “purple wow”, el del grime de neón–, Rustie era una especie de terrorista que lanzaba ataques contra las conexiones nerviosas de su público y disfrutaba con el pánico que sembraba a su alrededor. Su desmesura incluso podía provocar rechazo por agotamiento, y su ingenio chistoso –él fue el que dijo que su estilo había que llamarlo aquacrunk y se quedó tan ancho– eran tanto motivo de admiración como de miedo. Su personaje no era fácil de entender, y su música difícil de digerir.

Sigue siendo esencialmente todo igual, pero ahora Rustie canaliza su virtuosismo y su talento de una manera menos impostada. “Glass Swords” es un laberinto, pero se puede andar por sus caminos sin perderse del todo, con la vía de salida bien indicada a lo lejos. No ha cometido el error del EP precedente –que significó su fichaje por Warp casi a la vez que el de su amigo Hudson Mohawke–: “Sunburst EP” era una barbaridad que flirteaba con la iconografía y el barroquismo del heavy metal en clave beatz, pero con tanto exceso por todas partes –la iconografía, la vomitona de ruido sintético en los tracks– que no daba margen de reacción. Y ahora, en el álbum, con la lección aprendida, sobre aviso y también con su propia predisposición a no fastidiar, por fin le tenemos de frente como lo que es: posiblemente el productor más imaginativo de su generación.

La colección de ideas por minuto que ofrece “Glass Swords” es difícil de encontrar en cualquier otro disco que funcione en esas intersecciones entre (a escoger) el boogie, el hip hop, el post-dubstep, el sonido de videojuegos y/o la IDM. Hay álbumes muy buenos ahí fuera, pero el de Rustie los embute a todos en uno solo, en poco más de 40 minutos, con una voracidad implacable y sin parecer nunca apresurado. Eso es lo milagroso: las ideas se suceden con ansia bulímica, las engulle y las metaboliza sin haber podido reaccionar y tras un giro inesperado viene otro, pero nunca se tiene la sensación –como ocurría antes con sus propios beats– de estar siendo maltradado mentalmente, de estar sufriendo una violación a través del oído. Y eso que “Glass Swords” –el primer tema– en menos de diez segundos ya ha mezclado un acople de guitarra metal y un sintetizador new age que se entretejen durante dos minutos para dar forma a una intro que añade otro matiz al disco con el que no se contaba: el punto ensoñador, delicioso, inerte; un lecho de tranquilidad sobre el que Rustie puede edificar más tarde sus construcciones recargadas. Y ahí está expuesto, al desnudo, todo su talento: sintes clintonianos –y clitoridianos– y melodías propias de Hall & Oates ( “Flash Back”), beats selváticos, incursiones en el ghetto-tech con voces de ardilla y sintes rampantes ( “Surph”, “All Night”), híbridos entre trance épico y boogie extra-brillante ( “Hover Traps”, “Ultra Thizz”, “After Light”), crunk expresionista ( “City Star”) o crunk hipnagógico (sí, “Globes” es una virguería), el Aphex Twin meets gabber meets DJ Zinc condensado en “Death Mountain”, el híbrido entre Kanye West (primera época) y Van Halen (primera época) de “Cry Flames”, y así hasta llegar a “Crystal Echo”, donde todo, de una manera muy natural, y sin querer abusar más de la paciencia del oyente –que ha sido forzada hasta justo el límite que separa el placer del dolor–, se acaba con sintes tranquilos arremolinados entre voces agudas y esos bajos gordísimos y tridimensionales que son como la firma privada de Rustie, un Rustie que, sonriendo en su madriguera, sabe que nos ha dado una lección magistral a todos.

Javier Blánquez

Rustie - Glass Swords (some tracks from the album - due 10th/11th October) by Rustie

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