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Álbumes

Monolake MonolakeGhosts

8.6 / 10

Robert Henke es un músico pendular que oscila de forma regular entre el baile nervioso y la calma desértica. Como ese mismo péndulo, tras estar en lo más alto de un extremo rápidamente emprende la carrera descendente –que serían los años de silencio en los que se dedica a componer, a viajar o a trabajar secretamente para museos– cuya inercia, del impulso adquirido, le lleva al extremo opuesto nuevamente en una curva en ascenso con la que roza la frontera deseada, el cénit, ese punto máximo a partir del cual ya no se puede subir más. En su carrera, dentro de ese movimiento pendular, hay picos de fuerza y subida que indican los mejores momentos de Monolake como proyecto sonoro, y otros vaivenes con menos impulso que quedan por debajo, pero lo que nunca se bloquea ni se detiene es el movimiento: si no alcanza la excelencia, Henke la roza con la yema de los dedos, y esto ha sido así desde los primeros 12”s en Chain Reaction –reunidos luego en “Hong Kong” (1997)– y hasta “Atlas” (2009), maxi que coincidió casi en el tiempo con la exploración ambient de “Silence” y los drones de “Indigo_Transform”, sus últimos trabajos hasta hoy. Parece mentira que hayan pasado tres años.

“Ghosts”, después de aquellos dos álbumes de introspección y autismo, de negación del beat y afirmación del lado aislacionista de la electrónica –ese tipo de material que da prestigio y ahuyenta a los programadores de clubes–, es la enésima representación, pues, del movimiento del péndulo, y del radicalismo ambient pasamos al bullicio de beats, al magma de polirritmias que, de forma sorprendente, reactiva una pasión dormida de Henke: el drum’n’bass. Ya de entrada, el alemán ataca con “Ghosts” –la pieza, no el todo–, o cómo fundir las texturas arcillosas de la escuela post-Basic Channel con un techstep que aquí suena a puro Ed Rush & Optical con el pitch a -4, salpicado de breakbeats de metal afilados como una cimitarra y una voz por encima –robótica, muy LFO– que resulta ser la del propio Henke. No es la única incursión en ese territorio psicótico del jungle: el rastro lejano de Matrix y el último dBridge se percibe en “Discontinuity” y “The Existence Of Time”, ejercicios de drum’n’bass perezoso, enrollado en sí mismo, laberintos de ritmos a pasos muy lentos dentro de otros laberintos en los que resuenan pitidos y ruidos granulosos, mientras que “Lilith”, ya hacia el final, es una indicación de que Henke debe tener el mejor material de Photek –la época de “The Hidden Camera” y “Ni Ten Ichi Ryu”– en su mesita de noche.

“Aligning The Daemon” es también un momento quebrado del álbum, un embrollo de ritmos y pulsos fríos, pero aquí reconocemos a un Monolake algo más familiar, más techno en las formas –y también en el fondo–, el mismo que se reinventó en aquel 12” prodigioso titulado “Alaska Melting” (2004). Pero el techno como idea es algo que en “Ghosts” tiene poco peso: la tendencia que ha forzado Henke y que le lleva a romper las cadencias rítmicas, a flexibilizar su continuidad –quizá como resultado e influencia de haber tenido durante largo tiempo como colaborador y mano derecha a Torsten “T++” Pröfrock– le lleva sobre todo al dubstep, pero a una idea muy personal del dubstep, muy en sintonía con los arquitectos de los breaks complejos, los Pinch, Peverelist, Jack Sparrow, Random Trio y Shackleton, que no en vano se han dejado influenciar a fondo –directamente o por segundas personas– por el sonido primario de la escuela techno berlinesa de la que Robert Henke fue fundador y hombre fuerte. Cerrado el círculo, pues –con momentos como “Foreign Objects”, “Hitting The Surface”, “The Existence Of Time” o “Afterglow”, que juntos darían para darle la forma ideal al mejor maxi que NO va a publicar el sello Tectonic este año–, y salteando el álbum de ciertos momentos de aspereza experimental entre el ambient gélido y la computer music desalmada ( “Phenomenon”), Robert Henke ha venido a explicarnos, una vez más, por si no había quedado claro antes, las razones por las que es dios. Ahora que tarde tres años, cinco o toda la vida sin editar nada. Nos da lo mismo. Su puñetazo sobre la mesa resonará durante largo tiempo.

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