Future Before Nostalgia Future Before Nostalgia

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Rasheed Chappell Rasheed ChappellFuture Before Nostalgia

8 / 10

Rasheed Chappell  Future Before Nostalgia KAY DEE RECORDS

Las cartas sobre la mesa. “Future Before Nostalgia”. Rasheed Chappell. Kenny Dope. Nueva Jersey-Brooklyn. Un MC, apenas cuatro cameos en todo el álbum, dos de ellos del señor DJ Scratch. Un único productor, mito y leyenda: mitad de Masters At Work –idolatrados en los clubs de todo el mundo durante los 90, majestades del house bailable, remezcladores con caché de oro– y enciclopedia andante de funk, música latina y, sobre todo, hip hop. En la memoria, aquella antológica sesión, “Hip hop Forever”, en la que Dope entrelazaba algunos de los himnos modélicos de la golden era con clase, estilo y sapiencia. Los dos coinciden en el mismo barrio, se encuentran, juntan fuerzas y de su alianza surge un disco que entiende el clasicismo como una declaración de principios pero también como una fuente de inspiración para mirar hacia delante. Un sublime ejemplo de que es posible vivir de espaldas a la tiranía del contexto y convertir la nostalgia de un pasado mejor en arma arrojadiza.

En “Future Before Nostalgia” el DJ scratchea, el productor arma un sonido cohesionado, sólido y despreocupado de todo lo que no sea el gusto personal y el MC escupe rimas valientes, ingeniosas y personales. Por increíble que le parezca a muchos, antes las cosas se hacían así. Y funcionaba. Como si de una bendición divina se tratara, aquí no viene a molestarnos T-Pain, tampoco Lil Wayne o Drake; por suerte, Rasheed Chappell no canta ni tararea en los estribillos; no se detecta ninguna alusión a Louis Vuitton, Gucci o Chanel en sus letras; ni rastro de coros R&B, faltaría más; el disco no discrimina entre singles y canciones; y, por supuesto, los beats electrónicos, las guitarras chapuceras, las conexiones con el indie-rock o los sintetizadores están rigurosamente prohibidos. ¿ Autotune what? Orgasmo retro, plantillazo delicatessen contra los peores tics de la modernidad rap, este debut es prodigioso. Primero porque nos descubre a un nuevo rimador con talento desbocado, ademanes elegantes y conexión total con la vieja guardia del micro. Chappell, a diferencia de mucho pimpollo con las neuronas achicharradas por las malas hierbas, no quiere ser el nuevo Jay-Z o el nuevo Weezy, sino el nuevo Big Daddy Kane, el nuevo Rakim o el nuevo Slick Rick, y eso se percibe en su lírica depurada y su flow meticuloso, hilos conductores de un viaje apasionante a la época dorada del género.

Y segundo, esa producción. Muy “jarta”. Que tenga que venir Kenny Dope, al que muchos creíamos retirado del juego, a enseñarle cuatro cosas a mucho beatmaker con el ego crecido y el currículum manchado, es tan inesperado como balsámico. El neoyorquino desempolva la MPC, carga los diskettes de loops memorables y saca del horno un muestrario de beats absolutamente inapelable que pone la piel de gallina. Su trabajo aquí es tan rotundo, inspirado, que uno tiene la sensación de estar escuchando un disco grande de 1994 con la chispa de 2011. Lección de modernidad. Química indestructible. Muchos acabaremos quemando el CD de tanto ponerlo. Otro debut ilustre, de aquellos que provocan rictus de estupefacción entre los aficionados que crecieron con el hip hop de los 90 o entre aquellos que llegaron después pero tuvieron interés e inquietud por recuperar su esencia. La misma cara de asombro y acongoje que le vemos a las estrellas de la NBA cuando presencian un Slam dunk portentoso en el concurso de mates del All-Star Game. El “Below The Heavens” o el “Marcberg” de 2011. El mejor antídoto posible contra la tontería que reina en el hip hop actual. Una cura rápida y fulminante para superar el hartazgo momentáneo de tantas fotocopias de Drake. La antítesis del último Lil Wayne. La kryptonita de hipsters y hypebeasts. La necesaria demostración de que sí se pueden hacer discos como los de antes y que suenen más intensos y vivos que los de ahora.

David Broc

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