Sans Fusils, Ni Souliers, À Paris. Martha Wainwright?s Piaf Record Sans Fusils, Ni Souliers, À Paris. Martha Wainwright?s Piaf Record

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Martha Wainwright Martha WainwrightSans Fusils, Ni Souliers, À Paris. Martha Wainwright?s Piaf Record

8 / 10

Martha Wainwright  Sans Fusils, Ni Souliers, À Paris. Martha Wainwright’s Piaf Record

V2 RECORDS / NUEVOS MEDIOS

Se alza el telón y el acordeonista, bajo un inmaculado foco blanco y una platea impaciente, empieza a dar rienda suelta a los primeros acordes de “La Foule”. Durante unos minutos, la sombra del Olympia me despierta una risa bobalicona, pero nada más lejos de la realidad. Que en estos días alguien se atreva a rendirle tributo a un icono como Edith Piaf podría provocar las iras de los amantes de la chanson, pero gracias a dios no hay lugar para la parodia maltrecha. Si hace unos años su hermanísimo Rufus se marcó un sentido homenaje a Judy Garland, ahora es el turno de Martha Wainwright, que se transmuta vocalmente en la Piaf sin necesidad alguna de caer en las redes tabaquistas y los licores de alta graduación que, allá donde iba, hacían las delicias de la enigmática niña gorrión.

Después de empaparse desde bien pequeña gracias a su madre del repertorio ligero de la francesa, Hal Willner, su productor, le propuso tirarse a la piscina de este proyecto. Materializado durante varias noches en el Dixon Palace neoyorquino, este embriagador viaje por los canales del Sena y el music hall de alto standing mantiene fiel el espíritu de las historias mundanas que durante la postguerra la francesa popularizó en sus tourneés. Acompañada del pianista Thomas Bartlett y el guitarrista (a la vez que multiinstrumentista) Doug Wieselman, Wainwright no desprende la tristeza y ese sufrimiento innato con el que Piaf, tan sólo abriendo la boca, dejaba al respetable con el lagrimal al borde del abismo. Pero indudablemente demuestra, y con creces, que dispone de unas cuerdas vocales inmejorables, capaces de hacernos ver los temas de la parisina desde otra perspectiva más luminosa y menos melodramática.

Las canciones de Piaf hablaban por ella misma y Wainwright se apropia de su repertorio en un arrebato de nostalgia atemporal. Pero aunque hubiera resultado más fácil decantarse por himnos de la talla de “Non, Je Ne Regrette Rien”, “La Vie En Rose” o “Milord”, la canadiense apuesta para este álbum en directo por un repertorio que late en nuestra memoria con menos intensidad. He aquí “Marie Trottoir”, un tema datado en 1961 en el que una prostituta de gran corazón se desvive a diario por aquellas almas solitarias que sólo pueden contar con su compañía fugaz después de desenfundar las carteras. O la propia “Une Enfant”, una especie de nana melancólica que fue compuesta por Charles Aznavour cuando aún no era considerado el Sinatra galo.

Ya sólo por volver a revisitar ese infalible vals peruano de “La foule” (originalmente compuesto para que fuera cantado por un varón, ya que la letra del argentino Enrique Diezo contaba la historia de un hombre abandonado a su suerte por su amante) o la cruel biografía de esa ramera enamorada de un músico que se ve obligado a ir al frente de guerra y encuentra en la java su única válvula de escape ( “L’Accordéoniste”), “Sans Fusils, Ni Souliers, À Paris” representa un ejercicio de reivindicación para las generaciones más jóvenes de aquella frágil dama de luto perpetuo cuya vida superó a la ficción.

Ese canto de pacifismo parisino que responde a “Les Grognards” (compuesta por Hubert Giraud con letra de Pierre Delanoë), el retrato costumbrista de la nerviosa y juguetona “Le Metro De Paris” o ese estereotipado amor de puertos marineros de “ C’Est À L’Hambourg”, pese a contar con más de cincuenta años a sus espaldas, siguen manteniéndose con una salud de hierro gracias a la Wainwright. Su elección de machacar las canciones melódicamente para no caer en la burda imitación la salvan de la quema, ya que pudiendo haber reversionado el cancionero de la Piaf según los tiempos que corren ha preferido mantener la esencia instrumental de antaño dotando al álbum de un aura clásica y la mar de elegante que nos invita a desenfundar compulsivamente nuestro paquete de Gitanes.

Sergio del Amo

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