Freiland Klaviermusik Freiland Klaviermusik

Álbumes

Wolfgang Voigt Wolfgang VoigtFreiland Klaviermusik

7.3 / 10

Wolfgang Voigt, Freiland Klaviermusik

PROFAN

Después de casi ocho años apartado de los focos, dedicados a edificar desde la sombra el emporio Kompakt, del que es ideólogo y máximo artífice operacional, Wolfgang Voigt parece decidido a retomar el pulso de una carrera creativa que casi siempre se ha caracterizado por atender sólo a reglas propias. Su naturaleza pionera, su rol como prospector de estéticas y catalizador de escenas, explica el renovado interés que en estas últimas dos temporadas ha venido despertando buena parte de su obra vieja. Y quizás habría que acudir ahí mismo, a la génesis de esas revisiones, para encontrar el origen de los nuevos impulsos creacionistas de un Voigt que aquí se muestra sobre todo interesado en explorar las capacidades tímbricas y tonales del piano –con un bombo ahogado y rígido como único aderezo, por aquello de mantener las costumbres, y de paso brindarle un asidero intelectual a sus fans de siempre– de tintes contemporáneos y acento postdodecafónico.

Ya ven, en tiempos de defenestración general del techno “minimal”, el hombre que sentó las bases del sonido Colonia, uno de los máximos inspiradores de aquella misma estética “reducida” (ahí está el legado de Profan, o la serie de influyentes 12”s que publicó bajo el alias Studio 1 entre 1995 y 1997), mira hacia la más disonante escuela clásico-contemporánea en busca de inspiración. El gesto podría interpretarse como fuga lateral en busca de un contexto de apreciación y una audiencia tardía distinta a la del techno, pero basta ejercitar la memoria, volver la vista sobre el conjunto de su obra, para caer en la cuenta de que el interés de Voigt por las músicas académicas no es reciente: no hay más que regresar al mundo telúrico de Gas para encontrarse con ecos clásicos –muestras manipuladas de obras clásicas de Wagner o Schoenberg– difuminados entre aquellas narcóticas y extasiadas texturas ambientales.

Tampoco el interés concreto de Voigt en las posibilidades expresivas del piano es del todo nuevo. De hecho, este “Freiland Klaviermusik” (“música de piano al aire libre”, o “en libertad”, en contraposición “a encerrada” o “cautiva”) no es más que una extensión de aquel “Freiland Klaviermusik EP” que en el verano del 2008 vino a adelantarse a la reactivación de Profan. El álbum suma a los cortes de aquel EP un total de ocho nuevas composiciones basadas en los timbres del piano sintético, una elección con la que se renuncia a toda la posible fenomenología acústica que derivaría del uso de un piano con caja de resonancia. Son piezas que el propio Voigt dice en buena medida inspiradas en los estudios para “piano mecánico” –o pianola– de Conlon Nancarrow, un corpus de trabajo escaso pero influyente (a pesar de su apreciación tardía, gentes como György Ligeti, Pierre Boulez o James Tenney se cuentan entre los más encendidos admiradores de la inventiva de Conlon en materia de ritmo, conjugación de tempos múltiples y uso de la polifonía entendida como medio generador de textura) que el de Colonia parece encontrar altamente inspirador. Inspirador tanto por el uso innovador que Nancarrow hizo en su día de una maquinaria ya obsoleta en su época, como por la sensación de impredecibilidad (totalmente falsa, tratándose de piezas diseñadas para su reproducción con medios mecánicos; secuencias de notas perforadas a conciencia sobre la superficie de un piano roll) que se desprende de sus obras, composiciones abstractas e hipercinéticas demandantes de una ejecución demasiado precisa y veloz como para poder ser interpretadas por un músico de carne y hueso.

Voigt se mantiene lejos de la complejidad y el dinamismo de Nancarrow, encajando sobre un bombo opaco ataques a un piano forte que oscilan entre la más cruda repetición de intención rítmica –un uso percusivo que establece conexiones con el “piano preparado” de John Cage, aunque aquí ese uso sea más primitivo y descarnado–, el serialismo postdodecafónico o esos tapices propios de la escuela repetitivista norteamericana. En “Alleingang” el bass drum se ve reforzado por un insistente staccato de teclas graves, sirviendo la suma de ambos timbres como única rejilla sobre la que se disponen tres secuencias de notas que se repiten –aunque de forma imperfecta– enfrentadas en lo que podría pasar por un canon proporcional. “Zimmer” se estructura de manera semejante, aunque aquí el timbre del piano se muestre adulterado –más cercano al imaginario electrónico–, y todo responda a un patrón más preciso, tenso y mecánico.

“Feld”, por su parte, juega la carta del serialismo atonal, sonando tal como lo haría un estudiante de piano algo torpe practicando a menor velocidad una compleja partitura de Stefan Wolpe o Jean Barraqué. A su lado, y creando falsas esperanzas a los que aún confiaran en encontrar rastros de músicas cercanas al club en estas partituras, “Geduld” consigue generar por momentos una suerte de groove templado, aunque luego la acumulación de tonos llegue a generar ilusiones cromáticas semejantes a las que surgirían de intentar interpretar el “Olson III” de Terry Riley con la sola ayuda de un piano. Esa sensación de cuasi textura se repite durante “Schweres Wasser”, un tema que empieza moviéndose en terrenos algo más melódicos en los que uno, si se empeña, puede llegar a ver los fantasmas del ragtime o el stride piano de Art Tatum.

“Verwaldung” y “Brucke” sí insisten en la tímbrica technoide, mientras “Kammer” se atreve a buscar espacios de libertad a caballo de un bombo resonante y unos dedos de imaginación free-jazzista que llaman a la memoria de Cecil Taylor. En el frente contrario, boutades pianísticas –sin ritmo, o sea beatless– como “Mondlich”, “Dunkler Weg” o “Mecha” suenan a pura música del azar, no tanto a improvisación consciente como a una suerte de “Erratum Musical” à la Duchamp que sugiere más bien poco.

“Freiland Klaviermusik” es una obra de escucha incómoda, que a veces funciona y otras no; un disco astringente, discorde, con un punto grotesco y psicótico, como de escenario kafkiano, que será recibido de manera muy distinta dependiendo de los bagajes y los humores de quien a él se exponga. Puede resultar irritante, ser percibido como un ejercicio de estilo bisoño, reduccionista y simplón, igual que puede inspirar la más viva de las curiosidades. En el fondo, estas son piezas que se disfrutan más y mejor cuando uno deja de lado la razón pura, se abstrae, y espera a que el martilleo insistente y la deriva aleatoria de teclas acabe causando la nublazón de los sentidos. No es un disco para cualquiera, pero tampoco pierdes nada si te asomas. Luis M. Rguez

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