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Chris Brown Chris BrownFortune

4.2 / 10

A mí lo que me gusta de Chris Brown es, como a muchas de nosotras, verle bailar. También me gusta mucho cuando ha hecho cosas como su tema con Hudson Mohawke, “Real Hip Hop Shit #2”, que está en YouTube. Y de su anterior disco “F.A.M.E” he de reconocer que fliparon algunos temas; “Look At Me Know” y “Deuces” son summa cum laude, pero también salvé de la quema sus colaboraciones con Wiz Khalifa, The Game o “Beg For It”. El resto de parafernalia, controversia y aires de grandeza que rodea a Brown me da bastante asco. Ya no pereza, directamente hace que mi cromosoma Y hormone violencia. Y después de los últimos episodios de diss el más reciente llegaba hace dos días al timeline de mi Twitter con la frase “One on one, what you scared, bruh? / Matter fact, Take Care bruh” por bandera– tengo que reconocer que el ex de Rihanna me tiene la testosterona por las nubes. Con las sensaciones de la última Eurocopa todavía recientes, el paralelismo Chris Brown – Cristiano Ronaldo me resulta inevitable.

Deposito toda esperanza de que me baje la presión arterial en lo que me espera en este precipitado “Fortune”, un disco editado por RCA tras la ruptura con su anterior casa discográfica, Jive, y que carga con toda la responsabilidad de mi misericordia, pues los singles que han servido de adelanto al disco rozan la vergüenza ajena. Especialmente el vídeo de “Turn Up The Music” (¿Un taxi que vuela, máscaras de animales, tú bebiendo en la calle? Baja a la Tierra, chico) y su escandalosa sobreactuación en “Till I Die”, uno de los mejores cortes que encontraré “Fortune”. Por no hablar del conjunto vídeo y single “Don’t Wake Me Up”, hechos ambos a la medida del peor Enrique Iglesias, en el que el abuso de Auto-tune es tan flagrante que hace que vea a la mismísima Cher cuando cierro los ojos.

Entre los 14 cortes de “Fortune” hay pocos minutos que salvar. La incursión de Brown en el dubstep de serrucho, alias “Bassline”, podría haberse llevado el indulto en 2008, cuando muchos amantes del dubstep veíamos con buenos ojos el matrimonio de conveniencia entre el género y el R&B o el urban; pero a estas alturas del cuento, “Bassline” se queda en mediocre. La aparición de Nas en “Mirrage” intenta salvar los muebles, pero el tema no deja de estar entre lo peor que puede facturar el autor de “Illmatic”. Cierra el disco “Trumpet Lights” con Polow De Don “cajmerizado” y moombahtonero. Además de ser un guiño como una catedral al público latino (“ Puerto Rican with Spanish accent / Hands on the floor dancing like we sexing”) es probablemente el ejercicio más original del álbum. Y sin embargo, no es nada que no se haya hecho ya en el manido urban americano, véase el one-hit-wonder de Kate DeLuna “Whine Up”.

Y entre toda esta morralla, a veces más digerible, a veces menos, Chris Brown coloca un interludio de ocho canciones con ínfulas de edredoning bed-banger. Si en este juego no hubiera agentes de la talla de Miguel, Lloyd, Usher o incluso Jeremih, temas como “2012!”, “Biggest Fan”, “Sweet Love” o “Strip” pasarían el corte cualitativo con aprobado largo. Pero aquí hay un problema de raíz muy gordo y que se extiende a lo largo de la mayoría del álbum, en el cual Brown aparece acreditado como letrista de los temas. Si tu lado más romántico tiene inherente el término “sex” y no eres R. Kelly o The-Dream, cuando te has pasado 40 minutos del disco apelando a los dioses del braggadocio, cuando le has partido la cara a tu novia y te has liado a botellazos con Drake en un club, intentar vender la moto de la sensibilidad no demuestra más que una desconexión total entre tu persona artística y tu interior, una demostración obvia de cuán vacua es tu carrera y/o tu vida interior en este momento. Rematar la jugada titulando un tema “Don’t Judge Me” y apelando a la exención moral no hace más que poner en evidencia que el ego de este chaval está acabando con sus atributos artísticos. Que Dios lo tenga en su gloria un rato y nos lo devuelva con los humos bajados.

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