A Forest A Forest

Álbumes

Christian Löffler Christian LöfflerA Forest

7.7 / 10

Comenzar con “A Forest”, un desarrollo de casi ocho minutos, no es algo habitual. Ni intro, ni temita corto para entrar en calor, ni leches: zasca, ocho minutos de deep house minimaloide con precipitaciones variables y posibilidades de granizo. Lo bueno es que son ocho minutos que pasan volando, la magia es tan densa y absorbente que enseguida te integras en el magma y acabas flotando en un plácido mar de roca fundida: bpms perezosos, claps lejanos, sonidos burbujeantes, música de baile acuosa y ensoñadora. ¡Señor, sí, señor!

Christian Löffler no hace nada que no hayamos visto ya en la música de baile procedente de Invernalia, pero tiene lo que en términos flamencos se llamaría “duende”. No en balde, el chico es de Colonia, una tierra muy dada a aquello de “bailar con lágrimas en los ojos”, y parece que por sus venas discurre la misma tradición del puchero que patentó Lawrence. De hecho, es el co-fundador del sello Ki Records, especializado precisamente en este tipo de veleidades electrónicas para peña triste y danzarines que se miran la punta de las bambas. Después de dejar muy buenas sensaciones entre la parroquia con “Raise EP” y algunos maxis editados en su propio label, el colonés, heredero directo de la sensibilidad (también) de Kompakt, pone música a una muestra de diapositivas que evocan tundras nevadas, bosques repletos de escarcha y lagos congelados. “A Forest” es un disco que hay sentir, como la hierba húmeda en los pies descalzos, como el salitre del mar en la piel. No son postales gratuitas; Löffler reconoce la naturaleza como principal fuente de inspiración para esta obra, y lo cierto es que consigue transmitir el misticismo del verdor y lo salvaje con maestría de veterano. Downbeat techno con sensibilidad. Música de baile con sobrantes de alma. Y acompañada en los momentos más álgidos del LP por las voces jabonosas de Mohna –en “Eleven” te pone las orejas de punta– o Gry –hipnosis y lisergia en “Feelharmonia”–. Cuesta no perderse en esta arboleda.

Y es que los castillos sonoros de Löffler se sustentan en graves que ronronean, efectos oníricos y melodías crepitantes: una caricia continua. “Blind” es como sentir el agua caliente de la ducha cayendo en tromba sobre el flequillo en un día de invierno: hay quejidos de vinilo, lamentos, ritmos ketaminosos y muros de sonido invisibles que se mueven entre tinieblas. Preciosa. “A Hundred Lights” te comprime las emociones con un sample que parece grabado en el fondo de una piscina, un beat pulsátil, el irresistible raspado de los surcos en la aguja y sonidos agrestes que se clavan en tu piel como aguijones. Sobrecogedora. “Pale Skin” sería lo mismo que juntar a Boards Of Canada y Robert Johnson para que hicieran una jam session en el velatorio de Drazen Petrovic. Epidérmica. Y así hasta el fondo de la laguna, donde todo es oscuro, pero siempre se puede soñar en suspensión animada. ¿Cansados de vivir? Dejad que el agua de “The Forest” llene vuestros pulmones. Cerrad los ojos. Hundíos.

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