Fordlândia Fordlândia

Álbumes

Jóhann Jóhannsson Jóhann JóhannssonFordlândia

9 / 10

Jóhann Jóhannsson Fordlândia 4AD

No es oro todo lo que reluce en la escena neoclásica: Machinefabriek es un caradura con diarrea creativa que publica todo lo que graba –y no todo es como para echar cohetes, aunque una buena faena de orejas y rabo le sale a veces–, a Max Richter el nuevo álbum le ha quedado un poco edulcorado, aunque bien, y no por escribir un pasaje para cuerdas dramáticas uno se puede creer el nuevo Mahler. Incluso Helios tiene su disco malo. En cualquier caso, que no sea todo oro –porque hay que ser exigente siempre, para que esto no se convierta en un cachondeo del todo vale–, como mínimo en este subgénero del ambient, el post-rock, las bandas sonoras y la música de cámara el nivel de calidad está mucho más alzado que en otras zonas supuestamente más mediáticas. Habemos quienes, si tenemos que escoger entre el nuevo de The Ting Tings –o de Bob Dylan– o la nueva partitura de Sylvain Chauveau, nos quedamos con el segundo sin pestañear –al viejo que le den–. Y tiene algo la escena neoclásica que en otras parcelas no se percibe: ambición, voluntad de trascender y capacidad de conmover. Y para darle carta de naturaleza a una progresión espectacular que ha permitido una de las cosechas más valiosas de esta década, ahora llega “Fordlândia” para poner los puntos sobre las íes y bruñir la orla dorada. Estamos ante un disco decisivo de este estilo, ante una obra maestra. Jóhann Jóhannsson lo venía avisando desde hacía tiempo, desde que dejó el trip hop que hacía con el grupo islandés LHOOQ –espantoso, por otra parte– y firmó el primer disco en Touch en 2002, “Engläborn”, que era glacial, un mar de aguas frías y calmadas, con suave movimiento de cuerdas, buscando una chispa de luz entre la tiniebla. Ahí ya se le veían las influencias, entre el Michael Nyman depresivo y los compositores minimalistas sacros, por entonces ya apuntando a Gorécki y Taverner. Con Virðulegu forsetar” (2004) la apuesta subió: cuatro movimientos, una hora de tristeza bordeando la depresión, más estatismo, y un cierto aire de tragedia griega que demostraba que el islandés podría ser arisco en sus formas, pero de resultados magnificentes. Y “Fordlândia” es donde esa voluntad de trascender, de volcarse al máximo, alcanza su techo. Pudo haber sido en “IBM 1401, a User’s manual” (2006), pero éste, aunque mantenía las constantes del estilo Jóhannsson, le quedó más colorista, sólo un poco.Pero ese no es el caso de “Fordlândia”, título que alude a la ciudad abandonada que dejaron las fábricas Ford en el lecho del río Amazonas y que, primordialmente, iba a abastecer de caucho y madera a la industria del automóvil en la década de los treinta: un ejemplo del fracaso de la utopía industrial, y un argumento para desconfiar de la actitud depredadora del hombre. “Fordlândia”, por tanto, sugiere imágenes del vacío de un pueblo fantasma, congelado por dentro, sin vida. Es un réquiem por los sueños rotos, pero al estilo islandés, ártico hasta el tuétano: las señas de identidad mostradas por Jóhannsson en los dos discos anteriores aquí se exacerban, se perfeccionan, se alinean al dedillo en una sucesión de imágenes de la desolación con lo más granado y tétrico de la música contemporánea/popular como sustentos estéticos. ¿Nueva música sacra, con coro de iglesia? “The Great God Pan Is Dead” nos llevará hasta Arvo Pärt. ¿Violines que se arrancan la piel como los de Gorécki al recordar el Holocausto? Están por todas partes: en “Fordlândia – Aerial View”, o en el tierno y sobrecogedor arranque de “Fordlândia”, o el aún más arrebatador final de “How We Left Fordlândia”, trece y quince minutos, respectivamente, de sinfonía de la tristeza extrema, de la pérdida y el abandono. ¿Calidez de clarinetes? Búsquese en “Melodia (Guidelines for a Propulsion Device Based on Heim’s Quantum Theory)”, uno de los pocos momentos en los que la electrónica, interifiriendo con la orquesta, adquiere una relevancia principal en el disco.La moraleja de todo esto es que Jóhan Jóhannsson, que en otros momentos prometía, ahora ofrece y lo da todo, sin límites. Se desborda, se supera, toca el cielo. “Fordlândia” es su pieza cumbre porque en ella cristaliza todo: el paisaje islandés, desnudo, puro y azul, trasladado a un mundo muerto, abandonado por el hombre e irrecuperable; la herencia de los grandes del minimalismo sacro adaptada a los nuevos tiempos; la textura frágil y preciosa que abunda en el dolor; esa voluntad de hacer de la música contemporánea el mayor ejercicio de explosión emocional posible. Y así, “Fordlândia” se eleva como cumbre de su escena y regala los minutos más preciosos, derrotados y compasivos, no de este año, sino de muchos años. Era todo lo que le pedíamos a esta música, y no sólo nos lo da, sino que lo multiplica. De este golpe va a costar recuperarse, peña.

Javier Blánquez

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