For Emma, Forever Ago For Emma, Forever Ago

Álbumes

Bon Iver Bon IverFor Emma, Forever Ago

8 / 10

JAGJAGUWAR

Septiembre. Mes donde el curso planea sus labranzas. Donde las semillas, en la ciudad, se esparcen por las calles y los edificios. En los que algunos lloran por volver y otros sonríen mientras sus sueños revolotean impacientes por los espacios almidonados de las oficinas, los despachos, las habitaciones, los rincones. Yo me incluyo en el grupo último. He decidido subirme a las alas del día a día con arranques de entusiasmo y alegría. Al fin y al cabo, he comprendido que la vida devuelve lo que una le da y yo me cansé de aguantar hierro oxidado en mis manos. Detrás de la nada no hay nada, de tanto hurgar en la tristeza se acaba por desaparecer tras el telón. “Esa actitud melancólica hay que cambiarla –dice una voz- hay que saber aprovechar el tiempo y vivir cada uno de los días, poner en orden los humores, al mal tiempo buena cara, hay que aprender a seguir el ritmo, que pasan los años y luego nos lamentamos”… etcétera. Hasta que cayó en mis manos el disco de Bon Iver (o Justin Vernon, como queráis). Hubo un momento en su vida en que él se vio formando parte del primer grupo de gente y no del segundo. Fue de ésos que se toman la vida a la tremebunda hasta que tuvo que huir a las montañas. Y allí, cazando ciervos para alimentarse, fue acumulando acordes y versos que eran sus lamentos, en una soledad de nieve infinita y arces milenarios (que, de hecho, son los verdaderos padres del folk). En el momento en que ese falsete trasnochado irrumpió en “Flume” los pelos se me pusieron de punta. Noté el gesto de su hacha partiendo mi tronco interno. Hay que parar. Hay que dejar lo que se está haciendo y prestar atención. Bon Iver es alguien, sin duda, que necesita desahogarse. Necesita espantar sus demonios y vaciar lo que lleva dentro, arrancar los lloros y arrastrarse cayendo al suelo envuelto en una piel de espasmos. Un exorcismo. Una lucha interna que ha acabado por vencer, porque “For Emma, Forever Ago” es un disco revelador, redondo de principio a fin, que hace temblar hasta a los disecados animalitos de Damien Hirst . Nada de aparatosidades, nada de retorcidos giros recalcitrantes, nada de estridencias. Tan solo guitarras, palmas, algunas percusiones y una voz que se desdobla en múltiples. Visto así el folk tiene mucho de romántico, es encontrarse uno ante el infinito. Es saber detenerse para auscultarse entre las frenéticas multitudes. Y es por tanto aprender a escuchar también a la melancolía, si es que de ella deben surgir tantas cosas bellas.

Eli Úbeda

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