Flamingo Flamingo

Álbumes

Brandon Flowers Brandon FlowersFlamingo

6.1 / 10

Brandon Flowers Flamingo ISLAND

Si tu banda ha decidido tomarse unas vacaciones y en la mesita de noche tienes un arsenal de nuevas composiciones, ¿por qué esperar para publicarlas? Esto es lo que pensaría Brandon Flowers –cuyo ego se aproxima peligrosamente al de su idolatrado Bono– a la hora de sentar las bases de su primer álbum en solitario. Teniendo en cuenta la trayectoria de una banda de estadios como The Killers, que progresivamente ha intentado acentuar lo máximo posible su identidad estadounidense para que nadie les metiera erróneamente en el saco del indie británico –eso fue lo que ocurrió cuando el personal escuchó por primera vez “Hot Fuss” y no se tomó la molestia de indagar en sus biografías–, este “Flamingo” de Flowers se recrea, como sus discos anteriores, en una realidad paralela de cartón-piedra, ficticia, alumbrada por luces de neón capaces de provocar epilepsia, al estilo de algo tan sumamente americano como Las Vegas (que es la ciudad donde nació, por otra parte). Ya hizo algo parecido con sus compañeros en aquel “Sam’s Town” que rescataba a Springsteen como referente indiscutible de la autenticidad yanqui, pero en “Flamingo” Flowers da un paso más allá saturando el álbum de slide guitars y medios tiempos con sabor a country low cost –sobre todo, en la versión de “On The Floor” y en “The Clock Was Tickin’”, ambas localizadas en la edición especial del CD–. ¿Unos The Killers venidos a menos conducidos por el venazo AOR y la new wave soporífera a la vez que mastican tabaco a mansalva? Por ahí van los tiros, para qué nos vamos a engañar.

Como buen conocedor del universo sprigsteeniano, Flowers llamó a Brendan O’Brien –el responsable de esa segunda juventud mediática que el Boss vive desde “The Rising”– para que, junto a Daniel Lanois –nombre ligado desde los 80 al mesianismo panfletario de U2, sólo hace falta oír “Playing With Fire”–, le produjeran el álbum. Stuart Price es el tercero en discordia, pero sorprendentemente su figura pasa del todo desapercibida, relegada a lo inaudible en un puñado de melodías sintéticas marca de la casa y a las que ya nos tiene acostumbrados, como la de “Only The Young”, que es de lo más potable que podremos encontrar en el disco: un más que acertado segundo single con el que el mormón intentará escalar próximamente en las listas de éxitos.

Flowers no ha tenido su mejor año. Por un lado, está el retiro existencialista de sus compañeros de banda y, por el otro, la muerte de su madre el pasado febrero a causa de un terrible tumor cerebral. Nuestro protagonista, ahogado en sus penas, ha buscado su lugar en el mundo por las interminables carreteras del desierto de Mojave –como Nomi Malone– y, dejando pasar las horas refugiado en solitarios hoteles de carretera, ha encontrado el momento perfecto para pulir sus ya habitual mensaje doctrinal en favor de la fe católica – “Crossfire”, aunque invite a alzar los brazos como si no hubiera un mañana, no deja de ser la banda sonora ideal para un predicador high tech– y para homenajear las grandezas de una ciudad que es la máxima expresión de la artificiosidad. En este punto se encuentran “Welcome To Fabulous Las Vegas” –su particular manera de reivindicar el “Darkness On The Edge Of Town” de Springsteen casi coincidiendo con la flamante edición especial del disco que está a punto de editarse–, “Jitled Lovers & Broken Hearts” –el único tema digno de ser interpretado junto a su banda o por Tom Petty en su defecto (podemos decir lo mismo de “Magdalena” y sus castañuelas)– y también “Was It Something I Said”, que es como recrear una capilla de bodas presidida por Elvis bajo los parámetros de la new wave.

A “Flamingo” le falta garra, menos dosis de cursilería –el deje country de “Hard Enough”, el dueto que se gasta con Jenny Lewis de Rilo Kiley, más allá del cliché melodramático chico-chica, tiene pocas pretensiones de calar entre los seguidores de The Killers– y un mayor riesgo en lo estrictamente musical. Aún recuerdo mi primer concierto de The Killers en el club Razzmatazz de Barcelona, convertido por entonces en una sauna –no funcionaba el aire acondicionado–, y aquel momento en el que, llevada por la vorágine etílica, la sala casi se hundía con los primeros compases de “Somebody Told Me”. Puestos a recordar, sigo rememorando el último concierto en que les vi, cuando defendían lo indefendible –es decir, “Day & Age”– y su público natural se componía de pokeros y gafapastas abrazados entre sí mientras coreaban a pleno pulmón, cómo no, “Human”. Por todo esto, y pudiéndose ir por la tangente para callar muchas bocas de una vez por todas –incluso la mía–, me duele en el alma que Flowers no haya aprovechado la ocasión para firmar un álbum que, como mínimo, estuviera a la altura de los dos primeros discos de su banda. Sergio del Amo

Brandon Flowers - Jilted Lovers & Broken Hearts

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