Flaming Tunes Flaming Tunes Top

Álbumes

Gareth Williams & Mary Currie Gareth Williams & Mary CurrieFlaming Tunes

8.2 / 10

No tenía el más mínimo conocimiento de la existencia de este disco, y la razón es evidente: técnicamente, “Flaming Tunes” nunca ha existido ‘de verdad’. Es como un meteorito que, en lugar de aterrizar en algún campo alejado, pasa de largo y jamás lo volvemos a ver. Aunque más que un meteorito, “Flaming Tunes” es como un cometa, que se nos acerca –y se nos aleja de nuevo– pasados unos cuantos años. Para entenderlo, primero hay que conocer su historia: se editó por primera vez en cassette en 1985, en una tirada privada y doméstica, para los amigos. No queda claro cuántas copias de la cinta circularon por aquel underground lejano –fuera ya de la onda expansiva del post-punk y de la primera música industrial; todavía muy adelantado al comienzo del indie británico–, y quienes han poseído alguna vez una pieza, o han tenido la suerte de escucharla, la conservaban como un incunable. Gareth Williams había sido bajista de la banda ‘extraña’ This Heat, y “Flaming Tunes” fue su único material fuera de la disciplina del grupo, antes de dedicarse a viajar, estudiar el hinduismo e instalarse en la India –nunca más volvió a la música y falleció en diciembre de 2001–. Mary Currie era su amiga de la infancia con la que se intercambiaba cartas y que, casualmente también, le acompañó en la composición de estas canciones para nunca más volver a firmar música a su nombre. Si no fue un accidente, lo pareció.

Esta cassette, por tanto, tendría que haberse olvidado y perdido, pero la pertenencia de Gareth Williams a This Heat ayudó a que los fans más fieles la rastrearan y la adoraran: se planchó una edición pirata a finales de los 90 y, en 2009, se reeditó de forma oficial, en CD, a través de Life & Living Records, otro sello minúsculo, dirigido por amigos de Gareth y Mary, que se resistían a que la modesta aportación de la pareja a la (pequeña) historia se perdiera por siempre. Lo que ahora llega, vía Blackest Ever Black, es la primera edición en vinilo, limitada a 1000 ejemplares y con insertos caligrafiados de aquellas primeras cartas en las que Gareth Williams convencía a Mary Currie para tocar juntos y hacer canciones, sin ninguna preocupación añadida. ¿Qué es “Flaming Tunes”, a todo esto? ¿Qué tiene de especial como para haber mantenido este culto subterráneo, tan fiel, tan numantino, durante cerca de tres décadas? Como su propia historia, el contenido del disco es igualmente irreal, y tiene mucho que ver con una noción avantgarde del pop y del rock con algunos puntos de fricción con This Heat, lógicamente –disonancias, algún momento de atonalidad, ejercicios de field recording y electroacústica–, pero también con una especie de folk alucinado y siniestro que, por aquel entonces, se escucharía muy emparentado con Current 93, Coil y otros grupos en el límite entre la fiebre y la lucidez, por no decir entre lo accesible y lo esotérico.

El disco concluye con un instante pastoral – “Generous Moon” es como una versión desnuda y borrosa de una canción de Nick Drake, subrayada por guitarras que se desafinan, un tono folk lúgubre y voces apagadas, como con sueño o eterno cansancio–, y comienza con dos baladas, “Another Flaming Tune” y “Beguilding The Hours”, como las que hoy, con producción distinta y arreglos suntuosos, pudieran componer entes tan enrevesados como Antony o The Focus Group. En una línea muy parecida, “The Best Weapon” se adentra en terreno acústico pero con ciclos de guitarra repetitivos y una forma de cantar elevada hacia una noche de luna plena, oscura y entre la belleza de Linda Perhacs y la tensión de una pieza de John Fahey: el avantgarde y la naturaleza salvaje cogidos de la mano. En los arreglos de las canciones –donde se consignan aportaciones de amigos como Douglas Currie, Frank Trembath (percusión), Georgina Legoretta (guitarra), Mick Hobbs (silbato), Chrissie Wild (violín), Alice Granger (Flauta) o Charles Bullen (un poco de todo)– se admira la riqueza de enfoques del trabajo: la cosa va del easy listening de “Breast Stroke” –que se avanzaba en varios años a Stereolab– al folk casi juglaresco de “Restless Mind” y “Golden Age”, sin olvidar la descripción paisajística, con sonidos de ranas, grillos y agua, en “Raindrops From Heaven” y la improvisación lo-fi de “It’s Madness”.

Por mucho que lo escuches, “Flaming Tunes” sigue guardándose secretos y provocando una sensación de irrealidad que resulta más fascinante que la música en sí; en verdad, es un disco imperfecto, pero que conserva lo que pocos títulos tienen pasado tanto tiempo: aura, misterio, ese vértigo lovecraftiano de descubrir un documento polvoriento, mágico y terrible, o todo a la vez, y saber que tienes entre tus manos un secreto oculto que no conviene compartir. Esta curiosidad, este meteorito, este disco que estaba condenado al olvido, ha reaparecido y suena más atractivo y magnético que el 90% de la música actual. Podría acabar diciendo que es la reedición del año, o al menos una de las más destacadas, pero el valor de “Flaming Tunes” no está precisamente en esta anécdota. De hecho hemos empezado a desenterrar el tesoro y a conocer su contenido justo ahora.

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