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These New Puritans These New PuritansField of Reeds

8.3 / 10

Hace pocos días, visionando de nuevo el documental que el cineasta británico Grant Gee dedicó en su día a Joy Division, reparaba en una frase a la que no recuerdo haber prestado atención con anterioridad. Gee abre su filme con una cita del filósofo y académico norteamericano Marshall Berman, concretamente esta: “Ser moderno es encontrarse a uno mismo en un entorno que nos promete aventura, poder, gozo, crecimiento, transformación para nosotros mismos y para el mundo; y, al mismo tiempo, que amenaza con destruir todo lo que tenemos, todo lo que sabemos, todo lo que somos”. Son líneas sacadas del capítulo introductorio de su obra “All That Is Solid Melts Into Air. The Experience of Modernity” (1982), en la que el autor redefine los postulados propios de la modernidad según su visión personal, defendiendo su vigencia en aquellas décadas finales del siglo XX frente a las posturas de un posmodernismo que él considera falto de alma, tensión vital y dinamismo, una jaula de pensamiento de la que se desprende una nula esperanza para el individuo.

Ser moderno, defiende Berman en su libro, es levantarse cada día decidido a “experimentar la vida personal y social como un maëlstrom, encontrar el mundo de cada uno y a uno mismo en perpetua desintegración y renovación, en constante dificultad y angustia, ambigüedad y contradicción", ser parte de un universo en el que "todo lo que es sólido se desintegra en aire”. Ni planteamientos heredados ni posturas inamovibles ni dogmas. El pasado importa menos que el incierto porvenir. Y al creador moderno no le queda otra opción, sugiere al autor, que la de “hacer del maëlstrom su casa, hacer propios sus ritmos, moverse dentro de sus corrientes en busca de las formas de realidad, de belleza y libertad que su ferviente y arriesgado flujo permite”.

Jack Barnett, motor de These New Puritans, lleva lustro y medio haciendo buenas esas palabras de Berman. Cada capítulo de su discografía es una sonora afirmación de su voluntad de independencia creadora, exemplum vivendi de la posibilidad de reinventarse a antojo en un negociado, el de la música pop contemporánea, que aparece constantemente obsesionado con su propio pasado y crecientemente constreñido por las fuerzas de un mercado que demanda productos simplificados, de digestión sencilla y rápida, o que se ajusten a aquella que sea la tendencia en boga. Barnett hace tiempo que decidió abandonar esa senda del pop con fecha de caducidad, a menudo sin alma y sin seso, dirigido a quienes buscan el disfrute instantáneo y epidérmico, y cada vez parece sentirse más cómodo y seguro de sí mismo en su posición de creador marginal, intransigente a cualquier presión que no derive de su propio deseo de explorar.

En “Field of Reeds” no se percibe ninguna intención de epatar ni de romper los moldes de nada, algo que sí se dejaba sentir en cada pliegue de su ambicioso y mayúsculo “Hidden” (Domino / PIAS, 2010). Aquel álbum fue su salto al vacío, su apuesta al doble o nada, el puñetazo en el aire con el que un Barnett rabioso y airado, insatisfecho con su rumbo, buscaba romper las cadenas que él mismo había colocado alrededor del cuerpo contrahecho de These New Puritans. “Hidden” fue el exorcismo, la liberación violenta, una erupción de energía e ideas que a menudo giraban alrededor la experiencia física del ritmo y de un sonido alienado, paranoico, beligerante, en el que muchos vieron ecos de una suerte de terror psicológico de tintes apocalípticos. Pero aquellas canciones misteriosas, aún aspirando a pisar territorio inexplorado, mantenían lazos de unión claros con el lenguaje del pop, el crossover rock y el post-punk, sitios de los que The New Puritans venían y de los que parecían querer escapar.

En “Field of Reeds”, por contra, todo se desarrolla de una manera más contenida, sutil y serena, evitando la aspereza, la violencia rítmica y la agresividad efectista en títulos y planteamientos sonoros, apuntando en su lugar a terrenos más melódicos y armónicos en los que ganan peso las sonoridades del jazz y la música de cámara europea, y urdiendo unos textos -a menudo cantados entre dientes, resultando difíciles de discernir- que se dirían más espirituales, aludiendo a temas como la desesperanza, la persona como cúmulo de dualidades, la tensión entre desarrollo tecnológico y medio natural o la vida como búsqueda eterna de... algo. No es un disco formalista, pero sí uno que bebe de tradiciones antiguas. Barnett esta vez mira hacia atrás para seguir avanzando, retoma usos y modismos instrumentales comunes a músicas con décadas de historia que, sin embargo, consiguen sonar novedosos al ser trasplantados a un contexto distinto y expuestos a través de los cauces de apreciación de la escena “pop”. En este sentido, los nuevos These New Puritans tienen casi más que ver con compositores "indie-friendly" como Ólafur Arnalds o Jóhann Jóhannsson que con su propio pasado. Pero a la vez mantienen una actitud experimental, una tendencia al desarrollo instrumental oblicuo, a las métricas complejas, o a forzar la armonía en direcciones extrañas que les aparta de la escena neoclásica más amable y benigna y les acerca al más aventurero mundo clásico-contemporáneo. El suyo es un pop de cámara que asume riegos, que se expone al precipicio y se exprime el cerebro en busca de soluciones inusuales, y eso... ahuyentará a muchos. Aquí no hay recompensa si no hay escucha calma y atenta.

Más de la mitad de las piezas de “Field of Reeds” carecen de elementos percusivos, los tempos se atemperan y el aderezo electrónico queda reducido a su mínima expresión, prescindiendo de samples y profundizando en el uso de efectos sonoros a la manera del foley cinematográfico. Si en el pasado fueron grabaciones de espadas, gatillos listos para disparar o melones destrozados para imitar el sonido de una cabeza aplastada, esta vez encontramos ruidos de cristales rotos y hasta un halcón de carne y hueso revoloteando en el interior del estudio de grabación. Aquí lo orquestal deja de ser ornamento para convertirse en hueso, en la columna vertebral de una colección de piezas serias y elípticas nacidas desde el principio en papel: Jack llegó al estudio de grabación con todo compuesto de antemano, puesto negro sobre blanco en partituras escritas con ayuda de los compositores y arreglistas Hans Ek, Phillip Sheppard y Michel van der Aa.

El cambio de tono general hacia un planteamiento más “camerístico” se deja notar desde el primer corte del álbum, “This Guy Is In Love With You”. La pieza se abre con unas delicadas notas de piano y cruza voces de efecto psicodélico con órganos de brillo cósmico y los motivos melódicos de una partitura neoclásica que llama a la memoria de compositores británicos de principios del siglo pasado como Benjamin Britten o Ralph Vaughan Williams. La enigmática “Fragment Two”, una de las cimas del álbum, se levanta a base de pianos y cuerdas de frotación suave, gongs de pezón afinados, vientos de maderas nobles y trompetas de timbre casi barroco, pero son las voces corales, de trayectoria dulcemente mareante, las que hacen que despegues los pies del suelo.

Más sinuosa y absolutamente magnética se muestra “The Light In Your Name”. A lo largo de seis minutos de hechizo constante encontramos pianos con sabor a jazz reflexivo, pulsos electrónicos generadores de profundidad y tensión, vientos y metales de vuelo camerístico que se debaten entre la disonancia de la moderna composición clásica y la épica melodramática de las bandas sonoras. Es como cruzar al Keith Jarrett más intimista con el pop de instrumentación sofisticada de los Talk Talk tardíos, el drone amenazante de Ben Frost, las partituras para cine de Bernard Herrmann (el de “El Cabo del Miedo”) o Jerry Goldsmith (el de “Innerspace”, por ejemplo), el pop de cámara de Patrick Wolf y las partes de cuerdas ingrávidas, sostenidas en un drone constante, de las sinfonías de Henryk Górecki. Y el empaste se produce sin fricción, los planos se suceden de forma suave y fluida, y además logran contagiar emoción.

Los ecos jazzísticos vuelven a hacer acto de presencia en el comienzo de “V (Island Song)”, marcado por pianos que no desentonarían en el repertorio más pausado de maestros de las teclas negras y blancas como Marilyn Crispell, pero, a medida que avanza y se desarrolla, la pieza también devuelve ecos de los Radiohead más aventureros o los mejores Bark Psychosis (hay que señalar que Graham Sutton, el que fuera cerebro de Bark Psychosis, vuelve a figurar en los créditos como co-productor del álbum, igual que en "Hidden"). Para acabar de rizar el rizo, cuando los ritmos amenazan con encabritarse a mitad de pieza, uno se imagina escondido detrás del telón a un Squarepusher empalmado frente a sus máquinas dispuesto a saltar a escena en cualquier momento.

Se pueden oír ecos de Basil Kirchin y el Krzysztof Komeda de la banda sonora de “La Semilla del Diablo” en la atmósfera y los coros infantiles de “Spyral”, igual que se puede pensar en la trompeta de Kenny Wheeler y las partituras en clave de jazz cinematográfico de John Barry en “Nothing Else”, o en el legado ambient de Brian Eno, la épica emocional de Sigur Rós y los ciclos repetitivos de Steve Reich en “Field of Reeds”. También se puede pensar en el mundo onírico de Julia Holter al bordear los momentos más (dream) pop del álbum. Esos y otros muchos nombres vienen a la cabeza al escuchar “Field of Reeds”, pero uno nunca tiene la sensación de estar escuchando un pastiche ni de mascar bocado ya deglutido. La razón de citar a estos artistas no es tanto hablar de semejanzas o deudas contraídas, sino intentar dar la medida de lo rico en matices que es este trabajo. La alquimia de These New Puritans suena a ejercicio de profundidad y a búsqueda sincera de formas novedosas. Barnett consigue que todo encuentre su sitio, que su existencia parezca justificada.

Habrá quien critique “Field of Reeds” por considerarlo pretencioso de más, o simplemente falto de nervio e impulso rítmico, o por ver en él un retroceso hacia posicionamientos de signo más conservador (esos aires que desprende a "música de conservatorio", su seriedad "académica"), y no les faltará parte de razón. Lo que nadie en su sano juicio debería hacer es acusar a estos nuevos These New Puritans de inmovilismo o de mostrarse carentes de ideas y emoción. Esta vez proponen una experiencia más íntima, muy distinta a la de “Hidden”. No causa el mismo impacto, pero termina calando, y puede que hasta más hondo. Podrá gustarte más o menos su nuevo paso al frente, pero nadie debería negarles el aplauso: hay que admirar su ambición.

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