Fever Ray Fever Ray

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9 / 10

Fever Ray  Fever Ray RABID / COOP

Hay veces en que uno no tiene gran cosa qué decir. En que las palabras difícilmente lograrán transmitir los (muchos) estados de ánimo que el contenido de un disco han conseguido crearle. Ya ocurría con la música de The Knife: intangible, inefable, imposible de analizar usando la razón. Eso vuelve a ocurrir con Fever Ray, propuesta en solitario de la vocalista Karin Dreijer Andersson, la mitad de The Knife. Segunda parte oficiosa del genial e influyente Silent Shout (probablemente el más devastador disco de electrónica de los últimos años), hablar de “Fever Ray”, el disco, se parece mucho a esos horribles manuales que intentan interpretar los sueños, estudiarlos en profundidad (con metáforas, símbolos e imágenes surgidas del psicoanálisis más baratuno) y querer, más tarde, darle algo de sentido. Cada adjetivo mal puesto, cada sinónimo torpemente usado, puede entorpecer la escucha virginal, libre, totalmente desprejuiciada del material. Una cosa está clara: “Fever Ray” es una obra maestra. Un disco que se diferencia de los de The Knife por la cercanía con las músicas más orgánicas, usando instrumentaciones y metáforas salidas directamente de la naturaleza (como en la estupenda “When I Grow Up”, en la letra de “Triangle Walks”, fantasía con débitos a los Japan de David Sylvian y a Ryuichi Sakamoto o en el sonido de pájaros en “Coconut”, cuya belleza ecológica y futurista –que a ratos podría ser la de 12 Monos- parece deudora del único Vangelis válido, el del score de Blade Runner).

Inquietante, perturbador, complejo y muy inteligente, “Fever Ray”, además, nos (re)descubre, nos confirma que Karin es una de de las más originales letristas que podemos escucha ahora mismo. Su debut está lleno de pequeños cuentos de aire gótico e inspiración surrealista, que usa la imaginería abstracta de los cortometrajes de Lynch . Como esa búsqueda desesperada de una cabaña en medio de un bosque negro y nevado, lleno de amenazas inconcretas ( “I´m Not Done”), la extrañísima narración de una amistad inconcreta (¿acaso un fantasma?) que persigue a la niña (siete años) protagonista de la mejor canción del disco, “Seven” o la insana letanía de “Keep The Streets Empty For Me”, cuyo texto es, a ratos, una reformulación del “Lullaby” de The Cure, tela de araña incluida.

Disco terrorífico, como una de esas pesadillas en las que a veces nos perdemos, sin saber si lograremos ser encontrados y de las que, incluso despierto, cuesta olvidar, “Fever Ray” debe escucharse (y leerse) de un tirón y, al ser posible, en total oscuridad. Esta no es música hecha para pasear por la calle, con el iPod, ni para llevar en el coche. Lo digo en serio. Porque en una de esas, mientras vas hacia algún sitio, te cuelas inesperadamente en una de sus canciones y quedas atrapado irremediablemente, para siempre, como quién queda atrapado en una pesadilla en la hora misma de su muerte.

Fernando Navarro

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