Farad. The Electric Voice Farad. The Electric Voice

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Bruce Haack Bruce HaackFarad. The Electric Voice

8.3 / 10

Bruce Haack Farad. The Electric Voice STONES THROW

Un repaso exhaustivo a la historia de la música con máquinas nos demuestra que hay un equilibrio inquietante entre lo que se ensalza y lo que se olvida. Cuando más atrás se viaja en el tiempo, más figuras aparecen a las que se les debe un lugar importante en la memoria o las enciclopedias, pero que el peso de una tradición cada vez más solidificada y menos propensa a cambios impide integrar de un modo natural en el canon. Hablo de artistas oscuros, o que nunca estuvieron en el lugar correcto en el instante más preciso, y a los que no se les suele conceder más importancia de la de haber estado al fondo mientras otros protagonistas disfrutaban del primer plano. Hasta hace poco, el canadiense Bruce Haack (nacido en 1931, fallecido en 1988) era uno de tantos nombres borrosos en un párrafo saturado de referencias. Rara vez se le ha concedido espacio para explicar su vida, su obra y su singularidad a excepción de iniciativas que pertenecen más a la acción del fan que del historicismo riguroso. Excepciones hay algunas, pero no muchas. Por ejemplo, Dave Tompkins le cita con profusión en “How To Wreck A Nice Beach”, su libro sobre la historia del vocoder desde la Segunda Guerra Mundial hasta la actualidad, y existe un documental sobre su vida ( “Haack: The King Of Techno”), pero nunca se le ha sabido poner al mismo nivel de dos pioneros que, en buena parte, y en sus primeros años, eran sus almas gemelas: Raymond Scott y Joe Meek.

En los años 60, Bruce Haack estaba en la treintena y en la flor de la edad. Inquieto explorador sonoro, entró pronto en contacto con los primeros equipos electrónicos en los estudios de grabación de amplio presupuesto tras haber trabajado previamente con bandas y con orquestas. Su formación era más cercana a la de la música clásica que a la del rock, pero nunca se adaptó a ningún formato concreto: era capaz de ejecutar canciones memorables a la vez que trabajaba en jingles de publicidad para radio y en bandas sonoras para películas y programas de televisión; de mientras, intentaba ahorrar el tiempo para componer su particular versión de la música culta. Era un excéntrico inclasificable que dirigía el lenguaje de su tiempo en la dirección contraria, como Meek hizo con el rock'n'roll (vale la pena escuchar cómo “Maybe This Song” o “Rita” quieren sonar a canciones de un baile de instituto para el año 2020) utilizado una paleta de sonidos de la música concreta. Pero la entrada de los sintes varió el método de trabajo de Haack y le llevó a una zona borrosa y naïf que por entonces permanecía virgen: la música para niños. Algunos de los discos más interesantes de Bruce Haack, los de la serie “Dance Sing And Listen” (1962-1963), están en esa línea: entre la space age de la música para cocktails ( “Incantation”) y los cuentos de extraterrestres con amigables textos que deberían enternecer a los pre-escolares ( “Man Kind”, “National Anthem To The Moon”). Hoy su música suena curiosamente lúgubre y psicodélica, pero en los años 60 Haack alternó la publicidad, el cine y los trabajos de claro enfoque educativo a la vez que ampliaba su conocimiento de la electrónica. Trabajador infatigable, estuvo grabando hasta pocos años antes de morir –lo último fue el single “Party Machine”, su aportación más lograda al electro, con la co-producción del fundador de Def Jam, Russell Simmons, y que cierra esta recopilación–, y resulta más interesante cuanto más popular y futurista era su acercamiento a la idea de canción.

Para entender de manera rápida lo que incluye “Farad. The Electric Voice”, hay que situarse en la cabeza de Peanut Butter Wolf. De niño, él escuchaba música de Bruce Haack –como en otras generaciones se ha escuchado los “Soothing Sound For Baby” de Raymond Scott o sus creaciones para los cartoons protagonizados por Bugs Bunny, o las delicadas composiciones al sintetizador Buchla de Isao Tomita–, y esta antología, lograda a base de tesón a la hora de encontrar discos en buen estado y masters originales, es el tributo a un pionero semi-ignorado que merece mejor suerte. La tendencia, por fortuna, está revirtiendo y Haack empieza a encontrar fans entre el público joven. Nunca es tarde. Sus canciones suenan toscas y forzadamente lo-fi, pero su aprovechamiento del equipo analógico es intenso. Además de ser uno de los popularizadores del vocoder –fama que se acabaron llevando luego Kraftwerk–, sus canciones son rítmicas y vibrantes, dibujan el nacimiento del techno y el house con una distancia de más de veinte años de anticipación: Haack ya producía tracks repetitivos, depositaba en la estructura rítmica todo el peso de sus canciones, y la voz era un añadido familiar en algo que sonaba alienígena para los adultos y divertido para los niños. Incluso Animal Collective le deben mucho ( “Noon Day Sun”) cuando se ponen tóxicos. Esta antología, por tanto, no sólo debe sorprender y abrir los ojos si no se tenía conocimiento previo del artista, sino conseguir un efecto de regresión a la infancia: es desde la inocencia –de una era tecnológica y de unos planteamientos musicales simples– desde donde Haack redactó una historia alternativa del futuro. Confío en que, aunque treinta años tarde, esta historia tenga su merecido final feliz.

Richard Ellmann

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