Far Far

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Regina Spektor Regina SpektorFar

7.4 / 10

Regina Spektor  FarWARNER Al poco de acabar de grabar este disco, Regina Spektor se dio cuenta de que no le había quedado como ella esperaba y recientemente declaró que tenía que haberlo titulado “Fart” (pedo) en vez de “Far”, algo que hacía presagiar lo peor. Finalmente, todo quedó en un arrebato de falsa modestia, muestra también de ese afán perfeccionista que le persigue desde la férrea formación clásica de su infancia. Encaramada a las puertas del mainstream con el afán radio-friendly de su última entrega, el más efectista “Begin To Hope” (2006), en “Far” Regina toma el rumbo definitivo de un piano convertido cinco años después de su debut en todo un cielo abierto. Su cuarto largo oficial es un deleite de pop en almíbar del que lo primero que sorprende es su nómina de bombásticos productores al mando. David Kahne, Mike Elizondo (Dr. Dre, Eminem), Garret ‘Jacknife’ Lee (U2, R.E.M.) y un Jeff Lynne (líder de la ELO, The Traveling Wilburys) desconocido para ella hasta que escuchara su último trabajo para Tom Petty, dejan a Regina coparlo todo con su protagonismo y desaparecen de plano casi por completo. Lejos de resultar confuso, el sonido de “Far” sorprende por cristalino y transparente, mucho menos voluptuoso de lo que cabía esperar. Se ve muy bien en el primer tema, “The Calculation”, ejemplo perfecto de su esquema de canción, espontánea, como cazada al vuelo justo cuando pasaba por allí.

La neoyorquina de ascendentes rusos también declaraba hace poco tiempo que siempre se ha sentido fascinada por la fe y las religiones: “A veces ironizo sobre ello y otras me sobrecoge. En ocasiones conecto al máximo, pero puedo llegar a enfadarme mucho con estos temas”. Presentes sobremanera en “Human Of The Year”, “Folding Chair” y en la frágil “Laughing With”, sus letras humanistas penden más que nunca de ese hilo entre lo ridículo y lo ligero sobre el que basculan sus ambiciones musicales. Son las que desvian “Blue Lips” hacia una metafísica de bolsillo, “Machine” hacia un mecanizado talante new age y “Dance Anthem Of The 80s” hacia una ñoñez de rubor. Regina se impone más atractiva e irresistible cuanto más firme y claro canta. Asimismo, la ambigüedad en los enfoques pretenciosos no le sienta del todo bien a sus historias: “Eet” es maravillosa, pero se acerca peligrosamente a Alanis Morissette.

Esa mística casi de saldo y la aureola de realismo mágico con la que adorna sus contemplativos textos contrastan en negativo con su pretendido perfil urban como cantautora. Es ahí donde otra amante de los ritmos pseudo-ska llamada Lily Allen y otra cantautora de gravedad cero ( Feist), le ganan la partida. Acentuando su juguetón estilo a base de arpegios, staccatos y cacofonías vocales, nuestra protagonista flirtea una y otra vez con el espíritu ingenuo del “Heart And Soul” de Hoagy Carmichael y torea sin remilgos a quienes en su día la bautizaron como la Joni Mitchell de la era post-Strokes o la Laura Nyro del movimiento anti-folk. Lo deja bien claro en la segunda parte del álbum, destapándose con la que tal vez sea la canción más severa que ha grabado nunca, una “Genius Next Door” desarmante que la fotografía como compungida narradora. También ofrece su mano amiga en la sencilla “The Wallet” (devolviendo una cartera perdida al Blockbuster más cercano), y se convierte en un delfín en “Folding Chair”, cándidos ejemplos de que, con todo, es imposible odiarla.

Cristian Rodríguez

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