FM Sushi FM Sushi

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Rainbow Arabia Rainbow ArabiaFM Sushi

7.9 / 10

Cuando aterrizó su álbum de debut en Kompakt, algo parecía fallar. Posiblemente lo que no encajara correctamente en esta historia era la mediación de la marca alemana, que por entonces todavía cargaba con la identificación unilateral del minimal techno, mientras que Rainbow Arabia se presentaba como un dúo (matrimonio, para más señas) de pop electrónico rematadamente hipster que citaba simultáneamente al sonido sintético de los 80 y a diversas influencias de la música étnica. En efecto, estábamos ante unos neo-hippies californianos con sintetizadores que, aún no lo sabíamos, estaban marcando el camino por el que poco después entrarían bandas con un lenguaje mucho más maduro como Peaking Lights. Aquello fue en marzo de 2011 (y previamente ya se habían empezado a escuchar cosas en 2009), y desde entonces nos habíamos olvidado de ellos. El hype inicial que envolvió la edición de “Boys & Diamonds” se diluyó –no sólo fue que aquel álbum no terminara de cuajar a la altura de las expectativas, sino que tampoco se acompañó de una gira constante, ni de remixes valiosos, ni de featurings en las canciones de otros–, y así hemos llegado hasta hoy. Sin embargo, en 2013 la situación es muy distinta, porque “FM Sushi” sí funciona verdaderamente, de principio a fin, con un halo de frescor. Lo que no existe es el hype –o sea, la expectativa sobredimensionada–, y al final lo que ha acabado beneficiando a Danny y Tiffany Preston ha sido precisamente el volver sin llamar la atención. Cuando no se espera gran cosa y te sorprenden con algo verdaderamente especial, el efecto de reconciliación se magnifica hasta su verdadera escala.

No sólo ha ocurrido eso, por supuesto. También ha habido una suma y una resta. La suma es la de un nuevo miembro en el grupo, ahora trío con la entrada de Dylan Ryan (ex Cursive y Icy Demons), que ha aportado ritmo allí donde Rainbow Arabia antes carecía de él y una nueva textura para los sintetizadores, que ahora refulgen con el mismo brillo que los neones de la banda sonora de “Drive”. La resta es evidente, y quizá necesaria: todo el rastro de música étnica (nepalí, andina, magrebí, oriental) ha desaparecido prácticamente por completo (hay restos de ocarina en “Thai Iced Tea”, por ejemplo, y algo de percusión japonesa en “FM Sushi”) para que se queden como únicos elementos que sustentan el discurso de Rainbow Arabia la psicodelia y el toque eighties. Lo que nos queda, por tanto, es una variación de la fórmula Chromatics / Glass Candy: canciones expansivas, glamourosas, con mucha armonía pero poco estribillo, ambivalentes tanto para funcionar en una pantalla de cine, en un club indie o un festival moderno. Si las repasamos una por una, podemos ver que lo que más pesa en cada uno de los tracks es su factor funcional y hedonista: “Three Moons” tiene sintetizadores vibrantes que recuerdan a la new age de principios de los 80 –donde antes había Omar Souleyman ahora hay más Tangerine Dream–, “He Is Sorcerer” parece una versión de OMD hecha por cualquier grupo del sello Italians Do It Better y “Lacking Risk” recupera la buena costumbre de colar largos fraseados de teclado, a modo de solo épico, para rememorar imágenes de Miami de noche, con todos los Ferraris circulando por una autopista semi-vacía. El tempo sólo sube en “Silence Me”, que es como una versión muppet de los Depeche Mode de los comienzos: el resto deambula por medios tiempos hipnóticos, con Tiffany cantando como si fuera Karin de The Knife sobre olas de lujo analógico.

Todo esto, dicho así, da la impresión de describir un disco cargado de tópicos que aprovecha el hilo de una moda para subirse al carro de la carta ganadora. Bien, lo puede parecer, pero no es exactamente así: Rainbow Arabia hacía tiempo que jugaban con esta posibilidad, emergieron mucho antes de que Symmetry, Angelo Badalamenti y Cliff Martinez dieran con la tecla para reactivar la moda de los Tangerine Dream de las bandas sonoras para “Thief” y “Risky Business”, con el único problema de obsesionarse con el hippismo étnico cuando lo suyo habría sido encontrar un camino útil en el marasmo del pop sintético. Durante estos dos años vitales han visto como otros artistas les adelantaban por la derecha sin margen de reacción para acelerar su marcha, pero una vez conseguido queda claro que la calidad de su propuesta está por encima de la oportunidad del momento. La voz de Tiffany Preston suena exótica y amable, la producción es refinada y la música –tan metronómica como veraniega– invita sutilmente a entrar en ella y a dejarse llevar. Lo que le falta en originalidad, en definitiva, lo compensan con carisma. Este es un grower que estará a punto de caramelo cuando llegue el momento de mayor calor. Las piscinas pueden irse preparando.

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