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Gatekeeper GatekeeperExo

8.2 / 10

En Gatekeeper la imagen es casi tan importante como la música –ellos insisten en que ambos aspectos están al mismo nivel, pero no es así del todo–, y en la evolución de sus portadas se puede percibir cómo ha variado también su sonido. El EP que dio a conocer al dúo de Chicago, editado a finales de 2010 en el sello Merok – “Giza EP”– era 80s hasta en los bordes, con una tipografía de ZX Spectrum, un plano ajedrezado propia de “Tron” y el detalle kitsch de la luna al fondo, orbitando alrededor de una calavera gigante que tanto podía entenderse como un homenaje al “Oxygène” de Jean-Michel Jarre –un año más tarde pincharon un tema de Jarre en su podcast para Drowned In Sound– como a la imaginería morbosa y oculta a la que también acuden a menudo y que se localiza en sus orígenes como productores de algo así como un revival EBM, música de baile industrial para cuerpos cyberpunk. “Giza EP”, aunque tenía un título egipcio –por tanto, muy esotérico, muy de misterios antiguos, incluso de creer en los ovnis–, lo que demostraba eran fuertes influencias de A Split Second y Front 242 adaptadas al mismo circuito underground por el que se movían artistas como Blondes o Laurel Halo: vanguardia en los márgenes.

La portada de “Exo”, en cambio, pertenece a otra época. Es claramente 90s, bien parece incluso un artwork del sello Skam para un disco de Gescom: algo así como un aparato de sintonización, transmisión o almacenamiento –no queda claro si es un Mini-Disc, una radio, una nevera, una cámara de fotos, un disco duro–, de diseño limpio, tonos grises y efectos de agua, como si también pudiera ser una sonda espacial recién aterrizada en un ecosistema abundante en agua. Las alusiones esotéricas existen, pero más difuminadas –incluso el título, “Exo”, que significa ‘fuera’ en griego, indica que éste es un trabajo más abierto al exterior y menos ombliguista–, y es que el sonido parece haberse alejado de la influencia EBM e industrial para adentrarse en el otro rasgo que ya se adivinaba en las piezas anteriores de Gatekeeper: la música de baile, techno psicodélico y violento, con sarpullidos ácidos y texturas embrujadas, deudor de manera extraordinaria de aquel dúo, popular dos décadas atrás y hoy apartado –entre el ostracismo e indiferencia– que respondía al nombre de The Future Sound Of London. Tal como empieza “Exo” –con “Exolift”, tras la intro inspirada en las cortinillas publicitarias de cine que es “Imax”–, la influencia es directísima: parece un calco muy poco disimulado, muy fiel y muy respetuoso, de los momentos más abruptos de discos como “Accelerator” (1991), en especial “Expander” y “Moscow”, y de aquel “Tales Of Ephidrina” que firmaron como Amorphous Androginous: Gatekeeper, por tanto, simulan imágenes de flora artificial creciendo a velocidades inimaginables, paisajes digitales de mundos imposibles de imaginar y un estado de alucinación producida por el paso frenético y tormentoso de los ataques rítmicos.

Como The Future Sound of London, Gatekeeper –y volvemos a la primera línea– entienden la música y la imagen como un conjunto artístico indivisible. Después de “Giza EP” editaron seis vídeos, uno por cada tema, en una cassette VHS ( “Giza: The HDvhs Experience”, bajo la dirección de Thunder Horse). Con “Exo” hay la idea de hacer algo similar, y desarrollar el álbum completo en videoclips, aunque mientras eso llega podremos –y debemos– conformarnos con las imágenes que pasajes como los de “Aero” –breakbeat pesado, radicalmente noventero– o los latigazos ácidos que sacuden “Hydrus” o “Encarta” como si fueran los legionarios romanos cebándose con el gato de nueve colas contra la espalda del Nazareno –“Encarta”, por cierto, recupera la influencia industrial y cierra el particular círculo de Gatekeeper justo al final–.

“Exo” es un disco más alucinante que alucinógeno que, pese a lo dicho arriba, sabe superar sus influencias y encontrar su propia personalidad, entre la hidropesía –todo él parece hinchado, como si retuviera líquidos contaminantes que, de vez en cuando, se escapan en forma de interludios desatascadores– y el baile liberado de ataduras. Un producto evolucionado a partir de los restos del naufragio witch house que transporta su febril estado de duermevela –no es hipnagogia, sino una alucinación provocada por fuerte fiebres– del pop grotesco de los 80s al primer techno violento de los 90s (e inclúyase aquí a CJ Bolland, Polygon Window y el primer Marc Acardipane como vagas referencias que explican el sonido actual de Aaron David Ross y Matthew Arkell), sin que suene nostálgico, sino a vago recuerdo de música capturada en flashes, escuchada en una rave en pleno ataque de pánico y luego recreada en otro momento de trance canalizado por síncopes. “Exo”: una descarga de electricidad que va directamente al epitálamo, un bendito cortocircuito.

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