Everybody's Talking, Nobody's Listening Everybody's Talking, Nobody's Listening

Álbumes

Caspa CaspaEverybody's Talking, Nobody's Listening

7.1 / 10

Caspa Everybody’s Talking, Nobody’s Listening

FABRIC

Por aquí nos lo tomábamos a broma, porque su nombre a oídos castellanos suena a cuero cabelludo desprendido y anti-higiénico, a champú H&S con extractos de limón y a hombros nevados de fino confeti orgánico, pero claro, él es londinense, le gusta ese fantasma cabezón llamado Casper y en su vida se le habría ocurrido que el vocablo inglés ‘dandruff’ pudiera relacionarse con ese alias, Caspa, que se ha puesto creyendo que en todas partes del planeta tiene pedigrí. Pobre Gary McCann: le ocurría como a Loefah, menospreciado de Pirineos para abajo por un malentendido léxico relacionado con todo aquello sucio que del cuerpo humano sale a chorro o catarata. Y, de mientras, en UK el hombre ha estado causando estragos durante cerca de cuatro años, puliendo un dubstep guerrero y acerado desde el sello Sub Soldierz, compartiendo la cabina de Fabric con otro picapedrero como Rusko y siendo el productor de heavy bass favorito de aquellos que buscan antes un buen puñetazo que una caricia neuronal. Fuera del circuito dubstep Caspa ha sido la referencia para DJs equidistantes entre el hip hop, el electro y el pop como Diplo: a ellos un maxi de Caspa les suena a crunk sin domesticar, a bocinas y arengas mitineras, a un hardcore genuino y poderoso. Dentro del dubstep, su rol también es preeminente: es quien ha manejado el cotarro fuera del ‘arte y ensayo’ –lejísimos de Kode9, por ejemplo, e incluso a cierta distancia de Benga–, y es en cierto modo el eje del subgénero wobblestep. Lo que le convierte en el feo de la película. Ahora es cuando quiere ser protagonista.

El wobblestep ha estado en el centro del dubstep polémico durante dos años: temas oscuros, monolíticos, organizados alrededor de una línea de bajo nerviosa, gruesa como un tronco, palpitante como un corazón a punto de infartar. Es el dubstep oscuro, crudo, industrialoide y agresivo, el que gusta a la gente de reputación mala. Como siempre, hay equivalentes para todo: si el drum’n’bass existió aquel techstep de Ed Rush, Bad Company o los últimos Origin Unknown –un balcón hollinoso y oxidado con vistas al apocalipsis post-nuclear–, en el dubstep el wobblestep juega la misma función aunque a menos revoluciones, con menos carga tremendista, pero con la fórmula bien conjugada: pisada de elefante en los breaks, latigazos sintéticos para adornar lo que queda en los espacios vacíos y finalmente una línea de bajo más tensa e hinchada que la musculatura de Usain Bolt cuando decide batir un récord de velocidad. De entrada, y para quienes gustamos del taruguismo sin pulir, el wobblestep es un caramelo bañado de buena bilis, y por un momento saca a nuestro simio interior, pero lo cierto es que su fórmula, de tan prefijada que venía, poco ha evolucionado hasta ahora. De Caspa, y teniendo en cuenta sus maxis en Sub Soldierz e incluso el mix para Fabric que se cascó junto a Rusko, una vez escuchado un pepino, escuchados todos. Es como una vieja referencia de Ram Records a la mitad de velocidad.

“Everybody’s Talking, Nobody’s Listening” es un intento claro de Caspa por romper el círculo vicioso del wobblestep e insuflarle aire. También va con la clara intención de ‘hacer un álbum’ y demostrar que es más artista que perro de presa que colecciona mordiscos en forma de tracks de club, y con esos dos puntos en su agenda eleva sus virtudes y se encuentra, a la vez, la horma de su zapato. La cosa va así: el grueso del LP son los temas de club, instrumentales, bronco, de un poso filo-jamaicano que implica la exageración del dub por la vía, no exactamente industrial, sino casi rock, con bajos como riffs escuetos y la energía estática y explosiva; ahí están “Low Blow”, “Marmite”, “Riot Powder” y, sobre todo, “The Terminator”, mucho más que una cita a los orígenes del jungle vía Rufige Kru. Es en este bloque donde Caspa demuestra su valor, enrocado en su estilo y sus constantes artísticas, demostrando que si es el rey del wobblestep es porque ha pegado antes y más fuerte que nadie. Si todo el álbum fuera así, quizá sería aburrido, pero irreprochable en su convicción marrullera. Pero no lo es. Hay pistas vocales – “The Takeover” y “Rat-A-Tat-Tat”, con Dynamite MC, o “Disco Jaws”, con Beezy al micro–, que son como el antiguo jungle con rapper, un intento de hacer del sonido underground algo comestible para las masas. Y todo está bien así. Pero dos momentos de aproximación al gusto –digámoslo así– femenino le restan carácter al conjunto: “Lon-Don City” es pastelosísima, y “Victoria’s Secret” comete el craso error de añadir saxos, teclas y soft jazz a un 2step de mesa camilla. Suele ocurrir mucho entre los hotentotes que quieren demostrar estilo: que les queda ridículo.

El estreno grande de Caspa cumple, pues, con lo esperado: disco ambicioso que marca el terreno con una meada caliente, como el perro que es, duro y a la encía, sin sorpresas pero sin debilidades hasta que lo quiere hacer conscientemente débil y abierto, que es cuando se produce el error de bulto de “Everybody’s Talking, Nobody’s Listening”. Porque incluso el final, “Back to ‘93” –artcore primitivo al estilo de LTJ Bukem– está entre lo innecesario y lo agradable, pero no entre lo que califica para subir nota. Caspa, paradójicamente, no se pasa de guarro, que era lo que se esperaba de él.

Javier Blánquez

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