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Álbumes

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7.4 / 10

Eskmo NINJA TUNE

Niebla en San Francisco. Llovizna. El frío de la mañana pasa por debajo de la puerta. El gato te despierta. La ventana está recubierta por una capa de vaho. No te queda café. No va el agua caliente. Alguien te ha llamado al móvil por la noche, no tienes el número memorizado y el cretino no ha dejado ningún mensaje diciendo qué quería o quién era. Va ser un día grisáceo y muy largo en Frisco Bay, pero sabes que todo irá bien. Sabes que, cuando se le pone música a todo este vaivén de despropósitos, la derrota adquiere una belleza muy especial. Sabes que escuchando discos como éste, la niebla, la llovizna, el maldito gato y el imbécil que te ha llamado sin dejar mensaje en el buzón de voz pueden ser hasta divertidos.

Eskmo no es de San Francisco, pero vive allí. Se nota. Su música es el perfecto reflejo de un neblinoso despertar en la ciudad californiana, es lluvia finísima cayendo sobre tu gorra, es el himno de los que no tienen café en casa y se pelan de frío en la cama. Sus últimos movimientos nos llevan a Warp, Planet Mu, al magnífico EP “Hypercolor” (2009) y a una curiosa colaboración codo con codo junto a Amon Tobin en un recomendabilísimo proyecto llamado Eskamo –podéis encontrar el temazo “Fine Objects” en el recopilatorio de los 20 años de Ninja Tune, sin ir más lejos–. Su salto al ninja label no es más que la confirmación y el premio a una sensibilidad distinta a la de la manada cuando se trata de interpretar las probabilidades de onda en los dominios subatómicos del microuniverso post-dubstep. En ese mundo imposible y oculto a la capacidad de alcance de nuestras retinas, Brendan Angelides navega sobre vibraciones cuánticas de IDM, wonky, hip hop, dubstep, R&B y funk, y consigue ejecutar piruetas con denominación de origen, sin pastiches que recuerden a fulano, mengano o zutano y sin subirse al carro del new beat porque es lo que mola. Basta con escuchar los crujidos marcianos y los sintetizadores enfermizos de “Moving Glowstream”, el latido con extraños claps y voces robóticas de “Color Dropping” o los paisajes depresivos de “You Got, I See That” –ambient glacial con toques pop– para comprobar que Eskmo se sirve de la protervia post-dubstep para construir su propia burbuja de melancolía artificial, un mundo de glitches suavizados, de sintetizadores que parecen no estar allí, de alma Detroit, piel Sheffield y esqueleto Los Ángeles.

Apuntes cósmicos con melodías infantiles – “Starships”–, cuerdas japonesas y beats estilo FlyLo “Siblings”–, ritmos acuosos que parecen gemidos sexuales – “Cloudlight”–, R&B contrachapado en la fábrica de Willy Wonka – “We Got More”–, funk narcótico con bajos que croan – “The Melody”–: los lares de Eskmo son pasturas con hierba de silicio para ovejas eléctricas. Sus producciones están llenas de pequeños detalles, pero en ningún momento tienden al barroquismo o a la sobreproducción. Todo está dispuesto en la justa mesura, sin conferirle excesivo protagonismo a lo que otros adoptan como rasgo distintivo: sintetizadores que no empachan, chispazos ocasionales de 8bits, discretos picoteos al legado de Boards Of Canada, rasgaduras microscópicas de hip hop. Y todo lo sazona con su voz. Le gusta acompañar los temas con fraseados, lamentos, murmullos, en algunos hasta se atreve a cantar, y lo hace sin rebozarse demasiado, sin ser pesado, sin recrearse en sus gorgoritos. Nunca he sido partidario de los productores que van de soprano, pero en los surcos de Eskmo, su garganta funciona muy bien. Una pieza más, asombrosamente encajada en un disco que suena como el último ¡clac! de un cubo Rubik recién terminado. Niebla en San Francisco.

Óscar Broc

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