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Escort

8 / 10

Escort

Un negro con mallot magenta y pestañas postizas girando sobre unos patines. Dos post-púberes sin camiseta dándose el lote en una hamaca de mimbre, popper en ristre. Papagayos andróginos pintarrajeados como una litografía de Miró y provistos de pitilleras doradas rebosantes de farlopa. Divas negras con camisones de pedrería, uñas que parecen cestas de jai-alai y cartílagos cavernosos. Música disco neoyorquina en estado tan rematadamente puro que Giorgio Moroder se sentiría como Pepe Isbert en “Bienvenido, Mr. Marshall”.

Escort es una multiformación comandada por Dan Balis y Eugene Cho que ejecuta, con precisión de gimnasta rusa de los 80s, un brinco musical intentado por muchos, aunque completado con éxito por muy pocos: quitarle el alcanfor a sonidos clubbers de la vieja (muy vieja) escuela y servirlos a los nuevos gatos sin perder un ápice de respeto por el modelo original. Aunque esperado, su debut en formato LP es una obra que viene de lejos, es decir, aparte de incluir material nuevo, recopila también todos los singles que el pelotón de Brooklyn ha ido publicando desde el 2006. Así pues, el anticipado bautismo oficial de los brooklinitas está construido, de forma sustancial, sobre material conocido ya por los adeptos que invirtieron en los vinilos o acudieron a la llamada de tito Megaupload –en paz descanse–.

¿Cómo poner al día, pues, el sonido disco más reconocible del Nueva York de finales de los 70s y principios de los 80s? A lo purista. Nada de baños electrónicos innecesarios ni mestizajes digitales para modernillos de mierda. Escort fundamenta su pegada en la fabricación artesanal de hits de género, esto es, en el empleo de instrumentos reales, teclados mareantes, melodías vocales trabajadísimas, producción barroquizante, un respeto máximo por los pioneros y muchísimo conocimiento de causa. Evidentemente Balis y Cho han mamado a fondo el material que manipulan, un sonido que no les depara secretos y saben reproducir con un talento asombroso. Cortes tan redondos –y rabiosamente sexuales– como “Love In Indigo”, “Karawane” o “All That She Is” conducen a una sola conclusión: “Escort” no sólo es el mejor álbum de música disco de los últimos meses, sino también es el álbum de música disco más DISCO que escucharéis en mucho, mucho tiempo. Tanto es así que en algunos momentos os parecerá estar pinchando re-edits originales de la época.

Es lógico recelar de la frescura del pescado, pero la grandeza del asunto es que los neoyorkinos consiguen actualizar un sonido con más 30 años de barrica, sin dejar de ser fieles en ningún momento a su libro de estilo más conservador. Lo viejo convertido en nuevo a base de fidelidad a ultranza. Seguir este recorrido implica someterse a una cura de hedonismo y laca sin viaje de vuelta. Teclados cheesy, rasgados de guitarra que harían gritar a Prince como si se hubiera tragado un coro de castratti, percusión disco con baterías funkoides, melodías más pegadizas que la pulpa de mango, todo perfectamente ensamblado para transmitir la atmósfera de sofisticación kitsch, desinhibición sexual y glamour cocainómano que hizo de Leviticus o Studio 54 la casas de la droga más chics de la Gran Manzana.

El ejemplo más diáfano son los cuatro magistrales minutos de “Cocaine Blues”, increíble lección de artesanía disco-funk que sólo un Holocausto nuclear podría arrancar de mi iPod: cuerdas a lo Bee Gees, voces femeninas que se meten en tu cabeza como clavos ardiendo, los límites del kitsch puestos a prueba sin caer en ningún momento en la parodia. Genial. Y es que si cierras los ojos al escuchar “A Sailboat In The Moonlight” ves al Michael Jackson de “Off The Wall” acariciándose el pezón, mocasines arriba, mocasines abajo. Si lo haces con el hitazo “A Bright New Life”, ves a Donna Summer con seis capas de pintalabios y una pelambrera en cuya fase de crepado han perecido miles de esclavos nubios. Y Piensas en Kevorkian, Biddu, Angelo, Gaynor, en los faraones de este sonido, y los ves a todos asintiendo con la cabeza, como diciendo: “coño, esta vez sí”.

Escort: "Cocaine Blues"

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