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Forest Swords Forest SwordsEngravings

8.6 / 10

En el momento en que apareció Forest Swords, o más concretamente en el momento en que “Dagger Paths”comenzó a armar revuelo –inicialmente fue el vinilo planchado a principios de 2010 por el sello intermitente Olde English Spelling Bee, continuación de “Fjree Feather”, un EP autoeditado un año antes; luego llegaron las reediciones de ambos vía No Pain In Pop–, había dos conceptos clave manejados en casi todas las críticas. El primero era el del pop hipnagógico, evidentemente, hoy en absoluto desuso pero entonces en su pleno apogeo para referirse a esas composiciones sonámbulas, inmersas en paisajes de niebla y naturaleza imponente que sugerían una emoción tumultuosa y escondida. El segundo era Ennio Morricone: la forma de plantear las texturas por parte de Matthew Barnes, con abundancia de guitarras deslizantes, hacían pensar en el decorado desértico y azotado por la ventisca de un western crepuscular. Esa confluencia de impactos sensoriales, unido al misterio que rodeaba a Forest Swords –de quien se sabían pocas cosas: su nombre real, su procedencia (Wirral, en las afueras de Liverpool), el perfil en blanco y negro de su rostro y su leve reticencia a dar conciertos en público o hablar cara a cara–, ayudaron a consolidar un hype a pequeña escala que comenzó con la comparación de rigor con Burial –de la gran ciudad gris al inmenso campo vespertino– y alcanzó su cénit con la elección de “Dagger Paths” como mejor disco de su año por la revista FACT.

Desde entonces han pasado tres años, que parecen menos porque en el ínterin No Pain In Pop aprovechó para replanchar “Fjree Feather”, encargar algunos remixes y publicar los dos últimos temas conocidos de Barnes en el 7” “Rattling Cage”. Lo cierto es que Forest Swords quiso alejarse de la vorágine en la que se estaba metiendo. “He conocido a mucha gente que ha aprovechado la ocasión cuando ésta estaba aún caliente y se han acabado quemando”, confesaba en una entrevista a Seven Streets, una publicación especializada en lo que acontece en Liverpool, añadiendo que por un momento se planteó no volver a la música, dedicarse a su trabajo ‘de verdad’ –es diseñador gráfico; todas las portadas las hace él– y sobrellevar como pudiera su dolor de oídos, su tinnitus, toda una molestia si lo que se quiere es crear sonido bello y sobrecogedor. Por suerte, Barnes no llevó su tentación hasta el fin y en el lapso de estos tres años algunas de las piezas de “Engravings” fueron tomando forma poco a poco, sin presiones, hasta que el disco estuvo prácticamente hecho. Los (ligeros) cambios con respecto a “Dagger Paths” se hacen evidentes desde la primera escucha: las guitarras fluctuantes que antes tenían un papel tan importante ahora se han retirado a la retaguardia ( “Irby Tremor” y “Ljoss” serían las excepciones) dejando más espacio para una percusión hueca –la que domina el magnífico cierre, “Friend, You Will Never Learn”– y una paleta más amplia de sintetizadores con los que se pintan casi todos los paisajes otoñales marca de la casa. Que “Engravings” finalmente aterrice en Tri Angle Records no es una cuestión menor: de ser la versión ‘salvaje oeste’ del primer How To Dress Well, ahora Forest Swords suena como la variación nórdica de la música de ensueño de compañeros de sello como Holy Other o Balam Acab. Explicaba Barnes que había pasado los últimos meses investigando sobre la historia local de Wirral, visitando los lugares de viejas batallas de hace un milenio entre los sajones y los invasores normandos, leyendo sobre la mitología nórdica, de donde surge la lentísima marcha militar de “Thor’s Stone”, decorada con beats espectrales y lo que parece un antiguo instrumento de viento hecho a partir del cuerno de algún animal.

El milagro que hizo de “Dagger Paths” algo especial se ha vuelto a repetir en “Engravings”: es la capacidad, diríase que única, que tiene Forest Swords para unir en el mismo plano musical un pasado remoto, pre-cristiano, tan antiguo que se pierde entre las brumas del mito, con técnicas perfectamente actuales en las que se intuyen el uso del bajo con sobrepreso, las voces capturadas y reducidas a pequeñas secciones que, repetidas, funcionan más como un ritmo que como una melodía ( “Gathering”), la liquidez de las técnicas del dub, en lo que podríamos llamar post-bass si entendiéramos su música como una traducción al lenguaje del post-rock de todo lo que en estos últimos años se ha hecho bajo el nombre de dubstep y derivados (la ya conocida “The Weight Of Gold” viene como anillo al dedo para ilustrar la idea). Uno de los momentos más reveladores es “Onward”: tras una alborotada secuencia de texturas ambientales que amenazan tormenta, él la resuelve con un giro épico inesperado que –perdón por la alusión– suena como banda sonora alternativa a “Juego de Tronos”, pero con un poder emocional intenso, sin truco. Ocurre lo mismo en “The Plumes” y “Anneka’s Battle”: son algunos de los momentos en los que resuena ese mundo privado que sólo existe en la mente de Matthew Barnes y que comunica la leyenda con la profusión tecnológica, superando la idea de ‘pastoral’ –y no sólo por la calma con la que se toma la creación de música: su imagen de la naturaleza no es exactamente renacentista (o sea, idealizada), sino medieval (o sea, simbólica)– y ampliando el campo de la idea de ambient y falsa banda sonora en un tipo de música que parece onírica, pero que se materializa densa y real ante los ojos. “Engravings” no es una modificación de “Dagger Paths”, sino una extensión, un perfeccionamiento, y merece tantos aplausos, o más, como su precedente.

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