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8.8 / 10

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Celer serían algo así como los Wolf Eyes del ambient: mientras de vez en cuando les da por entregar un disco a un sello reglamentario, de esos que fabrican los CDs y se curran un diseño de portada aunque sea en estuchito de cartón, la pareja californiana emplea la mayor parte de su tiempo en autoproducirse y autoeditarse su música en tiradas escuetas y en CD-Rs domésticos, con dibujos a mano a modo de portada y sólo a la venta en tiendas minúsculas, o una web que nadie visita. Esto, que a quienes les gusta comprar discos irrita sobremanera –porque no hay quien consiga amasar la integral ni afilando los cinco sentidos, siempre hay trabajos que se escapan–, es también lo que da el aura de culto que ahora mismo abriga a este matrimonio que, desde 2004, desarrolla una línea de trabajo subterránea. De ahí la comparación de arriba con Wolf Eyes y su magma noise, que lo publican a chorro en cassette y en vinilo limitadísimo a la vez que, periódicamente, le sueltan un disco a Sub Pop para tener presencia testimonial en las tiendas normales. Otro caso similar al de Celer sería el holandés Machinefabriek, un trabajador incesante capaz de inundar la actualidad del avantgarde neoclásico con una ristra inacable de CDs de tres pulgadas, colaboraciones y tiradas de 50 ejemplares. Gente así siempre ha habido, y siempre habrá.

El tema es que sacar aquí el nombre de Celer puede ser la primera toma de contacto para mucha gente –por no decir toda–, así que más vale ponerlos en situación. Están casados: él, Will Thomas Long, es escritor y maestro, le interesa la ficción y la filosofía, trabaja para bibliotecas, y en lo musical se decanta por los procesos electrónicos; ella es Dani Baquet-Long, también profesora y viajera, interesada en el mundo telúrico de Oriente –y, según su biografía oficial, también en Euskadi: cosas veredes…–, en los sonidos de la naturaleza, la sexualidad y la fotografía. Lo más espinoso de Celer es cuando admiten que su música quiere “reflejar la naturaleza del amor y la familia” (sic), algo que inmediatamente alude a la música new age, a los tejidos de ambientes para practicar la posición del loto y toda esa historia de la meditación budista. Y sí, hay una imperceptible línea que separa a Celer de Steve Roach –aquel ilustrador de los paisajes del Gran Cañón de Colorado y otros terrenos áridos de la América profunda–, pero también es el mismo hilo que les cose con nombres imprescindible del ambient de los últimos años, de Global Communication a Mountains y, por qué no, a esa pequeña obra maestra de la desolación que fue el “Together Is The New Alone” de Donnacha Costello.

De lo que servidor ha escuchado de Celer –no todo, ni siquiera mucho–, hay dos aspectos que suelen repetirse. Uno, la imbricación de pequeñas instantáneas ambient en un tejido más grande; “Capri” ( Humming Conch, 2009), por ejemplo, que es casi tan reciente como este “Engaged Touches”, es la suma de 29 miniaturas para dar forma a una sábana de paz; el propio “Engaged touches” son dos secciones de 20 y 44 minutos cada una, pero divididas en breves movimientos que son como el río de Heráclito, que parece el mismo pero nunca es idéntico. El segundo aspecto pasa por la combinación de instrumentación digital y orgánica: hay electrónica melancólica salpicada de piano, pero sobre todo hay una imperceptible alfombra de samples robados a la tierra, la montaña, al tren y al bosque, field recordings con voluntad estética –rodear, alumbrar, relajar, arropar– antes que etnográfica; si antes se hacía mención a Mountains era más por esto que no por una semejanza folk. Y es ahí cuando Celer se alejan de cualquier sugerencia hippie para consolidarse como un honesto dúo que comprende la mecánica del ambient contemporáneo, y que no sólo lo sabe ejecutar, sino que lo sublima. “Engaged touches” tiene lo mejor de los viejos discos de Brian Eno: no invade el espacio privado, lo decora y lo ilumina, se puede dejar de fondo –ideal para trabajar o para leer, perfecto relevo para el último disco de Stars of the Lid, con el cual tiene más en común de lo que parece a primera escucha– o se puede escuchar con atención para descubrir que ésta es música viva, orgánica, en movimiento, tan meticulosa como intrigante. Es éste, en definitiva, uno de los mejores discos ambient que te vas a poder echar al oído en mucho tiempo. Si miento, que me parta un rayo –como uno que parece que se oye hacia la mitad–.

Javier Blánquez

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