Endlessly Endlessly

Álbumes

Duffy DuffyEndlessly

7.5 / 10

Duffy EndlesslyA&M

Quiero tener una novia como Duffy. Rubia, risueña, femenina, con ropa vintage, con voz de gatita, dulce como la Cherry Coke, con esa cara de niña buena que se porta muy pero que muy mal cuando se bebe dos Margaritas de más. Pero no estoy aquí para derretirme como un helado en el asfalto veraniego, estoy aquí para defender con uñas y dientes un trabajo que tiene la silueta perfecta para recibir los bandazos de la crítica más escéptica. No nos engañemos, cuando “Rockferry” golpeó las calles no fueron pocos los que sacaron la lupa para examinar de forma severísima las costuras del producto. Todo parecía indicar que Duffy era un ítem más o menos prefabricado para sacar beneficios de ese pastel retro-pop que Amy Winehouse puso en el escaparate del hit parade. Fueran fundados o no los recelos, su primer álbum dinamitó las listas, despegó a la estratosfera y dejó para la posteridad ese hit single de doble filo llamado “Mercy”. Duffy se enfrenta ahora a una reválida que se intuye imposible: “Rockferry” fue su trozo de cielo, pero a largo plazo podría también convertirse en su propio infierno.

Pero la chica ha hecho dos cosas que le ayudarán a separar sus nuevas canciones de las faldas de su bautismo musical: partir peras con Bernard Butler (ex guitarrista de Suede y co-productor y co-autor de su primer LP) y marcar el número de teléfono de Albert Hammond para que maneje el timón esta vez. La jugada es beneficiosa, porque no tienes la sensación de escuchar una continuación rutinaria de “Rockferry”, sino un segundo álbum sólido, autónomo y con suficientes argumentos para considerar a la galesa como una de las voces pop más fiables y afianzadas del circuito comercial. En otras palabras, Duffy no es un bluff. Y canta bien. Muy bien.

“Endlessly” es un disco que, desde su deliciosa portada (esa trencitas y ese jerseicito rojo, ¡ñam!) hasta el último track parece rescatado de una vieja cubeta de los años 60. Sencillo y sin piruetas absurdas. Se impone el estilo del soul-pop americano de la vieja escuela, es decir, una parte del disco dedicada a ritmos upbeat para mañanas soleadas y otra parte consagrada a una colección de baladas de esas que se estilaban en los bailes de fin de curso en las películas de tortolitos. Precisamente es en los cortes más íntimos –los de bailar pegados, para entendernos– donde la voz de Duffy emana su mejor y más cálida esencia. En “Don’t Forsake Me” desliza sus lamentos y su dulce ingenuidad sobre un piano meloso; es la misma sensación de artesanía baladística que nos llevamos con “Endlessly”, otro momento de susurros gatunos en tono nasal que te dejan más planchadito que las corbatas de Obama.

Pero que nadie se asuste, que en este disco también encontramos respuesta a “Mercy”: habría sido un suicidio no incluir un monstruo melódico equiparable al megaéxito de hace dos años. De ese afán comercial surge el magnífico hit “Well, Well, Well”, aplastante declaración vitalista a ritmo de soul-funk y vientos enardecidos, cortesía de unos efectivos Roots, la banda que le acompaña en este álbum. También responde a ese tono celebratorio otro de los grandes momentos, “Keeping My Baby”, magnífica pieza de orfebrería pop con sabor a música disco primigenia (esas cuerdas no engañan) y espíritu bailable. Sin ser un disco memorable –tampoco lo era “Rockferry”, ésa es la verdad–, “Endlessly” funciona, entra bien, ofrece música candorosa y deliciosamente chapada a la antigua. Es un segundo disco muy competente que le da a Duffy el baño de credibilidad que muchos le negaron en el 2008. Celebremos, pues, la inmediatez y profundidad retro-melódica de una obra que tiene el sabor de los Old Fashioned de Don Draper. Con la Winehouse en Arkham Asylum, el trono del soul-pop femenino sólo tiene una dueña: le llaman Duffy Springfield.

Óscar Broc

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