Endless Flowers Endless Flowers

Álbumes

Crocodiles CrocodilesEndless Flowers

7 / 10

Hay, al menos, tres bandas distintas que responden al nombre de Crocodiles. Una fue la responsable de “Summer Of Hate” en 2009, un álbum de debut hueco y oscuro, como grabado en el interior de una tubería, y ejemplar en la filosofía lo-fi del por entonces dúo: allí dentro giraba como loco un psycho-pop justito de medios pero capaz de solucionar sus limitaciones y convertirlas en virtudes. Como ya parecía avisar desde su título, el disco sirvió de presentación de una banda que quería (y sigue queriendo) sonar a la vez soleada como los años 60s y siniestra como los 80s, dulce en sus melodías pero efervescente como una televisión desintonizada. Un debut, por resumir y avanzar un poco, tocado en riguroso blanco y negro y deliberadamente con grano, cargado de electricidad estática y melancólico como el verano, todo ello señas de identidad desde entonces de la banda. Los segundos Crocodiles son los que grabaron, al año siguiente, “Sleep Forever” (2010), más cercano a la psicodelia circular de “Phosphene Dream” de The Black Angels ( “Stoned To Death”, “Hollow Hollow Eyes” o “Sleep Forever” bien podrían haber estado en el tracklist de este), más lisérgico pero también con un sonido más pulido e inmediato, consecuencia de una banda en crecimiento (ya con un teclista y, sobre todo, con James Ford, de Simian Mobile Disco, en la producción), y que levantó ciertas sospechas por la facilidad con la que parecía manejar clichés sonoros y temáticos: a alguno les faltó llamarles los MGMT neo-románticos. Como si la historia del pop estuviera llena de ideas originales y no de apropiaciones de logros ajenos.

La tercera banda que responde al nombre de Crocodiles es la que acaba de entregar el optimista “Endless Flowers” y, de nuevo, volverá a obligar a los periodistas perezosos a tirar de sus propios clichés. Sí, ya sabemos todos que su fórmula no es nueva, que The Jesus and Mary Chain, que Black Rebel Motorcycle Club, que A Place to Bury Strangers, que No Age y que bla-bla-bla, pero no jodamos desde el principio las ganas de entender las cosas, de profundizar en qué hace diferente a cada banda en cada momento. Dos consejos antes de darle al play. Aquí va el primero: olvidar inmediatamente la que es posiblemente la portada más fea del verano, sino de todo el año. Uno puede hacer un álbum sensible que use las flores como simbolismo, incluso afectado, sin necesidad de tirar de algo tan cobarde en el peor sentido de la palabra. El segundo es más bien un aviso: Crocodiles han cambiado el desierto de Mojave por Berlín para grabar, así que sí: “Endless Flowers” suena todavía más pulido, más brillante, suena mejor. Suena épico. Y eufórico. Ahora es cuestión de matizar, de ajustar, las tonalidades de grises por las que siempre se ha movido la banda.

Los Crocodiles de 2012 son la evolución reptil y darwiniana de las dos versiones anteriores, una evolución tan natural como el progresivo crecimiento que han vivido como banda (que ya incluye, además del dúo inicial formado por Charles Rowell y Brandon Welchez, a un teclista, un bajista y un batería) y necesaria para que puedan desarrollar los dos aspectos que forman su ADN, como decíamos un poco más arriba: el pop soleado y vitalista, de espíritu tradicional, cuando no claramente indie, por un lado, y el rock de pose maldita, oscuro, repetitivo por el otro. Porque era una cuestión de supervivencia que estos cocodrilos abandonaran definitivamente la caverna sonora inicial, hayan atravesado el desierto posterior y lleguen en equilibrio a su disco más accesible. Aquí dominan los himnos de pop translúcido y es difícil no contagiarse ya desde el efusivo arranque que suponen “Endless Flowers” y ese single redondo que es “Sunday (Psychic Conversation #9)”, con sus coros y yeah-yeahs (Jason Pierce parece estar detrás de “My Surfin Lucifer”), y en general, no deleitarse con todo lo que tiene de tributo al indie pop ( “No Black Clouds For Dee Dee”, toda una declaración de amor de Welchez ), el dream pop ( “Hung Up On A Flower”) e incluso al power pop (¿No es “Bubblegum Trash” una versión envenenada de las manzanas en estéreo?). Sin olvidar los estallidos noise marca de la casa, presentes en las infalibles “Electric Death Song”, “Welcome Trouble” y en la muy krautrock “Dark Alleys”. Es, para entendernos, el camino que deberían haber tomado Glasvegas para sonar realmente eufóricos si el ego de James Allan no le hubiera hecho creerse el nuevo Bono.

Llegados a este punto, me sigue pareciendo un logro no tenido suficientemente en cuenta la capacidad de Crocodiles para no cansar ni empalagar al oyente, para entregar discos de algo más de media hora y meter en ellos grandes melodías de pop clásico manchadas con drones, psicodelia, garaje, krautrock y, en general, casi todas las variantes del noise aplicados al pop. Lo malo también sigue ahí: los tópicos que manejan quizá hayan cambiado ahora que les da la luz directamente, pero no ciertos tics que hacen que no terminen de ser tomados en serio sino como una banda con tendencia al fashion rock (algo que, para los puristas, parecen pecar casi todas: miren la penitencia eterna que parecen estar pagando desde su primer disco los mutantes The Horrors). El sonido ampuloso y grandioso de este disco, desde luego, les acerca a una zona peligrosa donde el pop no teme enseñar sus costuras, de dónde cogen sus ideas y hacia dónde quieren dirigir sus esfuerzos y ambiciones futuras. Pero esto, repito, no debería ser problema a estas alturas. Ahora, que cada uno decida por su cuenta o se busque cualquier otra excusa: así es pop, un robo. Ni más, ni menos.

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