Emika Emika

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Emika EmikaEmika

8 / 10

NINJA TUNE

Emika es de esa clase de artistas que son capaces de llegar un poco más lejos. De hecho, ella llegó a desplazarse varios miles de kilómetros, físicamente, para ir de Bristol a Berlín antes de crear este disco asombroso. Pero musicalmente todavía va más lejos. Recuerdo escuchar, años atrás, un 12” de Aphex Twin a la mitad de velocidad y encontrarme fascinado por la increíble atención a los detalles, con diversos elementos que resultaban inaudibles a la velocidad normal. Parecía como si los cuatro compases no fueran exactamente los mismos. Este álbum, aunque de una manera muy diferente, inspira la misma incredulidad.

La música de Emika es pausada, siniestra y con muchos, muchísimos bajos pesados. Su pasado bristoliano se percibe; el urbanismo melancólico de Burial y Portishead está entrelazado en su dedicación a bajos que derriten el subwoffer y los sonidos de bajas frecuencias tan amados por los clubbers de su ciudad. La influencia de Berlín tampoco se puede negar. El club más famoso de la capital alemana, Berghain, fue el lugar en el que la artista tuvo su epifanía, al chocar accidentalmente contra los platos de la cabina y detener la música –la resonancia calmada del sonido gradualmente descendente le estimuló de tal manera que se detuvo quieta, con la mente en blanco, ante las miradas irritadas de los otros clubbers en la sala–.

Al final, acabó registrando un audio-documento a partir de sonidos de todo el edificio y que entregó a los DJs habituales del club, que transformaron los samples en temas completos que fueron incluidos en la recopilación del quinto aniversario de Berghain, “Fünf”. Es ese entusiasmo por los mecanismos del sonido lo que hace que “Emika” sea un artefacto tan apasionante en su escucha. Aunque la tecnología musical le ha llevado a crear más canciones que “tracks”, el disfrute verdadero está en la audición de todos esos pequeños detalles al fondo: los ecos industriales de “FM Attention”, las ediciones de pianos tartamudos en “Drop The Other”, la simulación pulsante de un pitido de oídos en “Professional Loving”. El cierre de “Be My Guest” incluso añade un resto de sus experimentos en Berghain: los crujidos generados por los movimientos sexuales en el famoso cuarto oscuro del sótano. Teniendo en cuenta la lentitud de la música, aquí ocurren un montón de cosas. Si alguna vez has necesitado un disco para escuchar con auriculares, aquí tienes uno.

Un experimento de este tipo resulta fascinante por sí mismo, pero Emika es lo suficientemente amable como para darnos también canciones. “Count Backwards” arraca con una frase amable, bellísima – “Give me a penny for your thoughts / Just one”– antes de que el volumen, de repente, suba para dar pie a un coro paranoico capaz de ponerte de los nervios. Esta fórmula, la de ir de lo hermoso a lo terrorífico, la desarrolla a la inversa en “Double Edge”. El estribillo se enreda en un riff de piano diabólico que subraya la sensación de Emika de dudar de sus sentidos ( “Somebody told me / It’s all in your head girl”) antes de un estribillo que, si no fuera por su desnudez, incluso podría servir para armar un clásico de club radio-friendly –sin tener en cuenta su poco apropiada letra: “He cut me like a double-edged sword / Now I’m split in the middle / Tell me, which side do you pick”.

La oscuridad prosigue en la marcha tenebrosa de “Pretend”, mientras que las letras más perturbadoras se encuentran en “3 Hours”, donde Emika le implora al interlocutor de su canción “Hit me where you want it and I'll take the blame / Hit me and I guarantee you'll feel the same / Hit me if you think that it'll help the pain / Hit me, hit me, hit me, hit me, anyway” con una perversidad psico-sexual que no habíamos escuchado desde el “Fuck The Pain Away” de Peaches. Lo digo por experiencia propia: si escuchas este disco varias veces por la mañana después de una noche especialmente dura, te encontrarás bañado en sudor, sintiendo escalofríos.

Y vale totalmente la pena, hasta llegar a la pieza de cierre, con un piano precioso (Emika tiene estudios de solfeo). Y aunque su voz plana, sin emociones, aparece a veces oscurecida por las invenciones aurales que la rodean en canciones que, por lo general, son más atmosféricas que pegadizas, hablamos de un álbum en el que es muy fácil sentirse perdido. Sus aguas son oscuras, frías, poco acogedoras... y aún así irresistibles. Sumérgete.

Kier Wiater-Carnihan

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