Embryonic Embryonic

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The Flaming Lips The Flaming LipsEmbryonic

9 / 10

The Flaming Lips  Embryonic

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“Durante la grabación se nos fue la olla a todos los niveles. Nos entregamos a nuestros impulsos hasta tal punto que no tenemos ni idea de lo que hemos hecho”. Así define Wayne Coyne la gestación de su impresionante nuevo opus con The Flaming Lips, un disco difícil con bastantes papeletas para acabar tachado de maldito, pero que también podría resultar el mejor trabajo firmado por el grupo en esta década. Diez años después de que “The Soft Bulletin” (1999) les expediera un billete de ida al mainstream, “Embryonic” les ofrece uno de vuelta a sus orígenes lo-fi con la intención de retornarles el lustre perdido últimamente. Desde la primera escucha ya queda claro que en su interior se encierra algo especial que le hace único. Sus setenta minutos equilibran por inercia dos caras de la banda que parecían irreconciliables: por un lado el nirvana astral que alcanzaron en “Yoshimi Battles The Pink Robots” (2002), y por otro el tono correoso del inolvidable “Clouds Taste Metallic” (1995). A esa mezcla combinada de opulencia y suciedad le aplican el estilo del mejor rock progresivo a base de interludios instrumentales y aura fantástica, como ensayaran hace poco en “Christmas In Mars” (2008). En conjunto, y como bien se ha señalado, todo desemboca en su trabajo más experimental desde el imposible “Zaireeka” (1997).

Celebrando sus 25 años en escena con el ímpetu y las ganas del primer día, el duodécimo disco de los de Oklahoma llega en el momento adecuado, justo cuando les empezaba a acechar el peor de los fantasmas: el de la previsibilidad. Lo que han decidido hacer al respecto es lo mismo que sus afines Super Furry Animals intentaron en “Dark Days/ Light Years”, es decir, entregarse al salvajismo, desvariar en el estudio e intentar escribir sobre los instrumentos más que sobre el papel. “Embryonic” es una reconciliación con sus principios placenteros (de ‘placenta’, no de ‘placer’), y está redactado en un registro tan exhaustivo y exculpatorio como el de una buena autobiografía. Además, es un artefacto salvavidas con el que ocurre lo mismo que pasó con el “Third” de Portishead, que nos pilló casi por sorpresa y nos sedujo sobremanera porque ni lo esperábamos y porque ni siquiera sabíamos que lo necesitábamos. Quizá por eso el álbum ya ha desatado una encendida controversia (siempre constructiva en estos casos) que divide a quienes critican su tono aparentemente caótico y quienes prefieren su temperamento bipolar y activista antes que otro disco condescendiente. En ambos casos cabe recordar que ‘Embrionario’ es sinónimo de rudimentario y primitivo.

Con todo, tampoco teman: el camino es escarpado, pero sin dejar de ser fascinante. Es un reto difícil aunque absorbente. Grabado con la libertad que siempre han intentado defender y sin la disciplina que coartaba un disco fallido al que se le veían todos los trucos como fue “At War With The Mystics” (2006), el doble “Embryonic” se nutre de las materias primas de siempre, pero llevándolas ahora hasta los extremos, sin prejuicios ni límites de ninguna clase. Centrados y entregados, dispuestos a todo una vez más, en este disco cobran vida unos Flaming Lips que alzan su nombre jóvenes de nuevo, excitados con su música otra vez. Es un renacimiento que les devuelve a la seminalidad de su juventud sónica en forma de jam abrasiva y remota. Una melée de aventuras en baja fidelidad y lunática distorsión que comprime secciones rítmicas apabullantes, bajos mastodónticos y electrónica abollada, pero que también se guarda para sus adentros funk herido, sintetizadores celestiales y valses en almíbar astral. El exfoliante “Embryonic” combina todo eso bajo la excusa conceptual del Zodíaco, tema místico donde los haya que le sirve para ilustrar la abstracta dicotomía del bien y el mal. La interminable lucha entre luz y oscuridad plasma su doble cara en los temas más expositivos: agresividad y candor se dan la mano en el arrullo de “The Sparrow Looks Up At The Machine” y en la conmovedora “Evil”, al igual que en la sedosa doctrina de “If” y en las metáforas del tema más representativo del álbum, ese tripi llamado “The Ego’s Last Stand” en el que un hombre empuña una pistola para acabar disparándola al sol.

A primera vista, “Embryonic” puede parecer infumable, pero la paciencia que requiere del oyente acabará dando sus frutos. La obertura y el final del disco se dan la mano saludando reverencialmente a Can con ese homenaje a “Vitamin C” que es la siniestra “Convinced Of The Hex” y con el cierre de la igualmente alemana “Watching The Planets”. Entretanto, y a lo largo de más de una hora de duración, nos tropezamos con el autismo de vanguardia de Fifty Foot Hose ( “Virgo Self-Esteem Broadcast”), la tozudez de Suicide (en los alaridos y el ritmo de la llamativa “Silver Trembling Hands”) o incluso con el fantasma de Jimi Hendrix (en “Your Bats”, por decir una). Aunque lo que más oxigena al álbum son los ejercicios acidorros escuela Led Zeppelin (el colosal solo de guitarra de “Powerless”, el oscurantismo de “Worm Mountain”) y las contracciones sístole-diástole que se marcan con el legado de su banda fetiche Pink Floyd. Esta última conexión se antoja evidente justo ahora que acaban de anunciar su propia versión ya grabada de “Dark Side Of The Moon”, una esperada rareza con la que ya se babea y sobre cuyo sonido este disco podría arrojar muchas pistas ( “Sagittarius Silver Announcement”, “Gemini Syringes”). Como los mejores discos de aquellas dos bestias pardas de los setenta, más que una colección de canciones, “Embryonic” representa un estado físico. Es un trabajo arriesgadísimo y exorcizante en el que sus autores se dejan la piel rebuscando continuamente la inspiración en el cajón de sastre de sus posibilidades. El trazado acepta sin problemas una batería de prefijos como soft-, electronic-, ambient-, prog-, out-, space-, post-, kraut-, psych-, acid-, avant-, epic-, pop- y art-, que multiplican entre sí su inherente valor “rock” hasta alcanzar un resultado total.

La maniobra la sintetizó como nadie el propio Coyne cuando definió el proyecto como Miles Davis meets Joy Division ”. Sí, la cosa suena excitante, y lo bueno es que lo es aún más. La escucha somete al oyente en un hipnótico bamboleo de fuerzas que arrasa con todo a su paso: déjense ensimismar por la única nota sobre la que se construye la imponente “See The Leaves” o por esa extrañísima suite de transición de título “Scorpio Sword” que parece heredar el magnetismo del signo de noviembre. Poseídos por una atracción fatal que todo lo imanta, al banquete sideral se apuntan invitados como el desconocido matemático Thorsten Wörmann, con unos crípticos recitados que nos acompañarán a partir del subidón de harpas de “Aquarius Sabotage”. También aparece Karen O declamando cachonda “yeah, yeah, yeah” e imitando voces de animales en uno de los temas con más sentido del humor ( “I Can Be A Frog”), mientras que en “Worm Mountain” los chavales de MGMT toman apuntes sobre cómo facturar un disco anticomercial que logre convencer a tu multinacional. “Embryonic” colisiona con todo y con todos como un meteorito llegado de otro tiempo y otro espacio, como una turbadora alegoría del rock progresivo que (¡ojo!) ha conseguido que Pitchfork y NME, por una vez, se pongan de acuerdo. Un trabajo así de determinado, por huevos, tiene que acabar encontrando su sitio allá donde le corresponda.

Cristian Rodríguez

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