Elektro Guzzi Elektro Guzzi

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Elektro Guzzi Elektro GuzziElektro Guzzi

8.1 / 10

Elektro Guzzi  Elektro Guzzi MACRO

Pirotecnia digital. Software bailable de última generación. Cajas de ritmos programadas. Sonidos 8bits. Inteligencia artificial a tutiplén. Yo, robot. La tecnología no perdona, nos invade, nos convierte en esclavos de sus algoritmos y fórmulas perfectas. Son tiempos de matemática pura y patrones cuidadosamente calculados; tiempos duros para la guitarra, el bajo y la batería. En una era en la que música de baile e instrumentación real se avienen menos que el público rabioso de los Celtics y el gran Kobe Bryant, proezas como “Elektro Guzzi” aterrizan en suelo terráqueo como gigantescos ovnis a los que sólo cabe admirar e incluso temer. Con las brasas del post-rock vienés más calientes que nunca y formaciones como Radian o Denseland manchando los calzoncillos de la crítica cultureta, la irrupción de este grupo también austriaco llega en el momento y lugar adecuados. ¿Hartos de la sobreproducción digital, de los filtros, de los loops programados y la madre que parió al Ableton? Tranquilos, en Viena son así de raros y Elektro Guzzi se dedican a hacer minimal techno de forma artesanal, con instrumentos, como si fueran alfareros musicales nadando a contracorriente, moldeando su propuesta sin que ninguna maldita máquina les diga cómo tienen que hacer las cosas.

Bernhard Hammer (guitarra), Jakob Schneidewind (bajista) y Bernhard Breuer (batería) han visto claro que el rock experimental (algunos le ponen últimamente el prefijo kraut para que luzca más, otros lo llaman post) y las formas de la electrónica bailable pueden conjugarse en el laboratorio. O sea, el techno puede crearse a partir de instrumentación tangible y virtuosismo. La alquimia es exigente, sin duda, y el secreto de la combinación de elementos no está al alcance de cualquier tuercebotas, pero para eso han contado con Patrick Pulsinger en calidad de productor: su contribución se intuye inestimable en la consecución de ese peculiar filo clubber que hace de Elektro Guzzi una banda única y digna de ser estudiada al microscopio. El trío austriaco se las ha apañado para agitar las probetas con tiento y mesura. El resultado, una majestuosa combinación de techno abisal, minimal tenebroso, jazz marciano y tribalismo futurista. Pero que nadie piense que esto es música para irse a dormir. El tono del álbum es nervioso. No es molesto, pero sí lo suficientemente tenso como para crear un estado de inquietud –ansiedad incluso– muy pronunciado en el oyente. Los latidos del bajo son pellizcos machacones y turbulentos – “Ludium” es puro suspense–, la batería busca cabriolas imposibles que no dejan reposar la sesera, hay sonidos perturbadores que van y vienen, y las guitarras recorren los auriculares como espectros burlones.

Rodeando este extraño y exótico mundo, encontramos un poderoso campo electromagnético que desprende oscuridad y gases amenazantes. No hay buen rollo, no hay buenas vibraciones: sólo penumbra, techno-dub reptante, neblinas. “Hexenchuss” es quizás uno de los ejemplos más claros: suena como la banda sonora de una película de espías. También “Black Egg” transmite las mismas sensaciones de desasosiego: pulsaciones bailables martilleantes, parones misteriosos, graves satánicos… Pero esta tendencia a buscar tensión ambiental se ve coloreada por una percusión orgánica que marca un tempo poliédrico –ora tribal, ora afrobeat– muy característico. En “Sediment” llevan la polirritmia a sus máximas consecuencias, consiguiendo una suerte de mantra percusivo ultra acelerado –parecen bongos salpicados de anfeta– que termina mutando en un hard techno ruidoso con subidón salvaje al más puro estilo Joey Beltram. El pisotón 4/4 también encuentra callo en “Jackpump”, sensacional corte donde perfeccionan también su rictus más contundente: es como escuchar un tema del Jeff Mills más trotón tocado por un trío de jazz. Sin fisuras, sin relleno, sin miedo, Elektro Guzzi han conseguido tomar el relevo de los extintos Red Snapper, pero con una dificultad añadida: una cosa es practicar jazz con ritmos de drum’n’bass, y otra bien distinta y con muchísimo más mérito es, como hacen ellos, sacar minimal de calidad con instrumentos. Rage against the machine, claro que sí.

Óscar Broc

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