Electric Horizon Electric Horizon

Álbumes

Kris Menace Kris MenaceElectric Horizon

6.8 / 10

Escuchando discos como este de Kris Menace uno se siente tentado de creer que el futuro sigue siendo un panorama frío y brillante, todo él de coches voladores, impermeables transparentes y pantallas de vídeo gigantes en las fachadas de los edificios. Con un buen currículum como currante de la remezcla (en su catálogo hay trabajos para Kylie, LCD Soundsystem, Lana Del Rey y Röyksopp, entre muchos otros) y viejo conocido de la cabina del Razzmatazz, el mandamás del sello Compuphonic es de esos productores para quienes el bombo four to the floor es sólo un elemento más, no el fin último de la composición, y de cuyos temas, por mucho que se les critique, nunca podrá negarse que proporcionan encantos para el oído aparte de la referencia estricta al ritmo.

De este modo, Electric Horizon” proporciona lo que su título indica: si quieres soñarte a ti mismo como un androide en la pista de baile, o si te gusta conducir al atardecer por autopistas desiertas, los sonidos rigurosamente sintéticos de sus doce temas te harán mucha gracia. Por más que tanta reverberación plastificada pueda hacerse repetitiva, o aunque a muchas de las pistas les falte esa sensualidad que permite sentir, más que imaginar, los dedos del autor acariciando el potenciómetro en busca de la frecuencia justa, cuando el disco acierta, acierta mucho. Óigase Fly Me To The Moon”, donde Menace demuestra que a las secuencias de Giorgio Moroder y a las viejas tramas del house (ese chas-chas-chas interminable) les queda aún mucha cuerda. Piezas como ésta, o como Schnulzenspiel” (todo lo anterior, más un vocoder que suena como el Rin al pasar por Düsseldorf) serían buenos argumentos para quienes han redescubierto a las máquinas a través de los trabajos de Lindstr øm, sin ir más lejos.

Pero va pasando el tiempo, y la verdad desagradable asoma: aunque aquí Menace se haya cortado más que en su debut, Idiosyncrasies” (tres discos, tres), en algunos reproductores de CD pasa aquello que dicen del Bernabéu, donde noventa minutos, o setenta, se hacen muy largos. Conforme se suceden las moderadas dosis de pumping, los ambientes etéreos, los delicados cambios de ritmo y las pausas que se quieren tensas, uno va abriendo los ojos al momento presente: los coches voladores ni están ni se les espera, las pantallas de vídeo gigantes no exhiben imágenes de geishas, sino anuncios horteras que arruinan las marquesinas de los cines, y más de un androide podría irse a soñar con ovejas eléctricas antes de asimilar tanta exquisitez.

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