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Julia Holter Julia HolterEkstasis

9.1 / 10

De todo el abanico de terapias new age actualmente disponibles –y dado que entre ellas no se encuentra la tan latina ‘terapia Julio Iglesias’, es decir la ingestión de vino y la compañía de féminas–, uno se quedaría seguramente con las que están relacionadas con el sueño. Creerán algunos lectores que simplemente hay que echarse a roncar a pierna suelta: gran error, pues como apuntan Inka Martí y otros expertos onironautas –aquellos que se van a dormir con o sin camisón, con o sin compañía, pero siempre con un bloc de notas donde anotarán su sueño al despertar–, para zambullirse en el mundo onírico de manera placentera hay que moverse como un funambulista entre el sueño y la vigilia con el fin de llegar a un estado de conciencia denominado sueño lúcido. Es ahí donde los sueños se recuerdan con toda claridad al despertar. Justo en el umbral que separa ambos mundos se encuentra la nueva entrega de la angelina Julia Shammas Holter.

A pesar de que ya hemos comprobado que las etiquetas le resbalan a nuestra heroína, el concepto dream-pop le va que ni anillo al dedo: el disco seguramente le gustará a quien escucha habitualmente a Cocteau Twins, a la Kate Bush más extraña de “The Dreaming” o, por mencionar referencias más actuales, a Maria Minerva, pero más que de influencias, estamos hablando de afinidades. No son apreciables aquí las costuras que se entreveían de su antecesor, el tan celebrado Tragedy (Leaving Records, 2011): acá Blixa Bargeld / Bad Seeds, allá Laurie Anderson, más lejos –glups– Enya. Todo en “Ekstasis” se consolida como un nuevo lenguaje: más incomparable y mucho más personal, en cuanto a composición y a producción. Mientras “Tragedy” estaba enfocado como música vanguardista para teatro clásico, idea que parece seguir la senda del genial Harry Partch, que hace unos 60 años también puso música a los clásicos griegos con sus extravagantes instrumentos, “Ekstasis” es un disco de pop cuyas estructuras parecen alteradas de la misma manera que los sueños lo hacen sobre nuestra realidad, transformando de manera caprichosa y repentina personajes o jugando con el sentido del tiempo. Así tenemos “Moni Mon Amie”, que empieza como una cancioncilla cándida de pop francés para perderse después de la primera estrofa en una melodía de cuna psicodélica que se repite una y otra vez, o “Marienbad”, que en realidad parecen dos canciones interpretadas por coros de varias Julia Holters, separadas entre sí por un momento minimalista que recuerda a los trabajos vocales de Steve Reich.

El cambio en el sonido respecto a su predecesor es imponente y en ello mucho tiene que ver Cole M. Greif-Neill, productor de Nite Jewel, que ha ayudado en la metamorfosis de estos temas originalmente pop: si pueden cazar las grabaciones que Holter realizó para la emisora californiana KDVS, comprobarán primero que no le hace ascos al pop tradicional, versionando a Roxy Music y a Crowded House y segundo, cómo se han embellecido tres de los temas de este disco partiendo de un esqueleto de canción convencional. A grandes rasgos, el sonido está definido por el tratamiento de las voces y de los sintetizadores: escuchen como ejemplo la planeadora “Boy In The Moon”, muy cerquita de la kosmische Musik alemana de los 70, con capas de teclados y voces hipnóticas. Pero no sólo eso: la influencia de la música medieval, entroncada con el folk y la música clásica, planea por todo el álbum. Pocos compositores de pop de vanguardia se han atrevido con esta música, tan solo recuerdo a Ryuichi Sakamoto y su ensemble Danceries, en aquellos excelentes discos que mezclaban canciones medievales y renacentistas occitanas, españolas, italianas y de la corte de Okinawa con composiciones del nipón. Y por si fuera poco, también el jazz modal de John Coltrane y Eric Dolphy sirve para dar pinceladas a algunas canciones.

Respecto a las letras, la propia Holter habla en sus entrevistas de imágenes extraídas de referencias literarias y artísticas tan dispares como el libro “The Singer Of Tales” de Albert Lord, sobre cuentos de los Balcanes, o los manuscritos ilustrados medievales, pero para oídos profanos las letras de Holter evocan imágenes que la memoria ha borrado o que aparecen en los sueños. En “In The Same Room”, tema cuyos primeros compases parecen extraídos de esos recopilatorios de pop del sudeste asiático del sello Sublime Frequencies, la frase recurrente es “I can’t recall that face but I want to”: alguien intentando recordar una cara que se le ha olvidado. Más dream-pop que esto, olvídense. Otras letras tienen carga más emocional, como “Goddess Eyes II”, reprís menos robotizado del tema de “Tragedy”, donde ese “I can see you but my eyes are not supposed to cry” suena más cálido y menos inquietante. O incluso alusiones zen: “This is not the quietness, this is ekstasis / This is not expensive, this is the quietness", dice en “This Is Ekstasis”, un tema laberíntico de casi 9 minutos que a ratos parece un cabaret mórbido y otros una polifonía medieval. Estados de ánimo ambiguos: nada es lo que parece en este disco, como en el mundo de los sueños. Es por ello que seguiremos acudiendo una y otra vez a “Ekstasis” para seguir maravillándonos y confundiéndonos a la vez.

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