Eight Eight

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Deadbeat DeadbeatEight

7.4 / 10

No se ha complicado la vida Scott Monteith para titular su nuevo álbum, que en efecto es el octavo de su carrera sin contar colaboraciones –como la que fijó con Stephen Beaupré, otro de los agentes de la escena electrónica canadiense y microscópica de la década anterior, en “It’s A Crackhous Thing”–, ni discos tampoco de sesión como aquel repaso al techno-dub de ayer y de hoy que fue “Radio Rothko” (2010). Y las cosas están más o menos como estaban en este “Eight” que no trae grandes sorpresas en cuanto a la materia sonora de su obra, pero sí un considerable incremento en la energía desplegada por Deadbeat, que finalmente se encuentra cómodo y confiado en su propio sello, BLKRTZ, fundado cuando se anunció el cierre definitivo de Scape. En 2011 ya apareció “Drawn And Quartered”, una pieza de techno líquido móvil y envolvente diseñada en negro y bañada en texturas turbias, y “Eight” no deja de ser una continuación más o menos lógica de aquella exploración de zonas desconocidas de las profundidades electrónicas. La mayor diferencia está en la duración de los temas –en “D&Q” no bajaban nunca de los diez minutos; aquí son más breves–, pero se sostiene esa tensión en los ritmos y en los ecos. Es dub moderno y urbano en un estado de excitación y tensión superior al habitual.

Como buen heredero del sonido de Pole, Deadbeat nunca tensaba la cuerda y su dub electrónico buscaba más el sol que la sombra, el espacio vacío antes que el sonido espeso, sobre todo en sus discos más ligeros –y más olvidados–, como “Journeyman’s Annual” (2007) y “Roots And Wire” (2008). Había excepciones, como aquel 12” de movimiento circular titulado “Version Immersion”, que era una montaña rusa de dub digital, pero en general el último Deadbeat, el que se ha independizado y modernizado de sus coetaneos, suena más dinámico y rotundo. “Eight” es un pequeño paso hacia territorio más techno y menos dub, aunque los dos ingredientes siguen encontrándose en una proporción muy similar. Quizá el matiz tenga que ver con los invitados: Mathew Jonson pone el sintetizador (el SH101, concretamente) en un “Wolves And Angels” que parece no acabar nunca, que gira sobre un eje líquido formando volutas de aire viscoso, como si fuera una producción de Cobblestone Jazz con bajos ligeramente más acuosos, y también echan una mano Danuel Tate en “Lazy Jane (Steppers Dub)” –en su caso, sólo pone la voz–, Robert Henke en “My Rotten Roots”, con bombo desbocado, y Martin Schopf (alias Dandy Jack) en la convulsa “Horns Of Jericho”. No son malas compañías.

Y sí, a medida que avanza, más se empina y se agita el ritmo en “Eight”, que dibuja una curva ascendente de euforia y flexión muscular. Quizá Monteith ha comprendido que en una época de tanta variedad y abundancia de música –y música que fluye libremente por el vacío de la red–, una manera de llamar la atención es alzando la voz. Su dub de tonos plateados, que siempre había sonado en los altavoces sin destacar mucho, ahora levanta la mano y pide paso, y tras un inicio moderadamente reposado – “The Elephant In The Pool” y la antes mencionada “Lazy Jane”– progresa a la sopa de sonido hirviente de “Alamut”, que en honor a su título –Alamut era el castillo persa donde habitaba El Viejo de la Montaña, el malvado líder de la secta de los Hashishin, según las leyendas medievales– se decora con líneas melódicas envolventes de extracción oriental, como el encuentro improbable entre Deepchord y Omar Souleyman. A partir de ahí, “Eight” busca un equilibrio entre la pista de baile y el salón familiar, entre el pulso agitado ( “Yard”) y los minutos de reposo ( “Punta De Chorros”). Es esa línea difusa, móvil y voluble en la que el viejo Deadbeat empieza a transformarse en el nuevo, un Deadbeat que ya no le tiene miedo a dejar libre el bombo y a envolver cada pieza con un asfixiante envoltorio de sedas.

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