Ecstasy & Friends Ecstasy & Friends

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Lone LoneEcstasy & Friends

8.6 / 10

Lone  Ecstasy & Friends WERK DISCSUn título como “Ecstasy & Friends” es una lombriz demasiada jugosa y rolliza como para que besugos de mi calaña no muerdan el anzuelo. Los nostálgicos del pastillazo padre, los que no entendemos por qué la ambrosía pupilera fue sustituida por anestesia equina, a fe de Dios que habrán experimentado intensísimos vahídos de felicidad, incluso escalofríos en la espina dorsal, recordando los viejos tiempos y lo bien que sentaba la combinación éxtasis / amigos, cuando el éxtasis era éxtasis y no polvorón, y los amigos eran amigos y no hijos de puta. Ahhhh, pero a Matt Cutler no le van todas estas memeces de viejos cascarrabias, como al menda. Los que escucharon su anterior LP, el magnífico “Lemurian” (Werk, 2008), ya saben que a este jambo le interesa el futuro y tan sólo echa la vista atrás para quitarse la caspa del hombro. Que nadie se deje llevar por las coordenadas pastilleras del título, porque esto no es una colección de pelotazos ravers, ni una mirada nostálgica al pasado. ¡ No hija, no! Esto es mucho más serio, joder, este disco no es ninguna broma.

El de Lone es un sonido asimétrico, amorfo, contrahecho, pero de una belleza arrebatadora y un intenso poder evocador. Sí, claro que podría pertenecer al Fútbol Club Wonky, nadie dice que no, pero como indica su propio alias, Cutler es un Robinson Crusoe del soul marciano y un servidor lo ve jugando sólo, en una liga fantasma en la que sólo participan él y los espectros de un sonido vaporoso que parece un mantra digital. El joven productor pone en la ensaladera a Rustie, Bibio, Boards Of Canada y Flying Lotus, rocía el contenido con una vinagreta de J Dilla y consigue sacar de la cocina un plato con una denominación de origen tan pronunciada que le pone por encima de cualquier cotejo, encasillamiento y catalogación. Es reconocible, es único, su retina tiene un espectro de colores distinto al del resto de la humanidad. Esta música sólo tiene un sello: el de su propio nombre.

Desconcertante de primeras y adictivo como los la regalices de cola con relleno verde cuando has entrado en su juego, Lone destroza los ritmos y los reconstruye, cual Dr. Frankenstein, a base de zurcidos y parches que se arremolinan unos encima de otros en un baile arrítmico. El mérito radica en que a él no le sale un monstruo con tornillos en la sienes: el alquimista extrae belleza sintética en estado puro, te relaja, te induce un coma de felicidad que, acrecentado por una buena hierba (Nebula Paradise es el maridaje recomendado), te puede hacer hasta olvidar que tu novia se fue con un negro, como le ha pasado a George Clooney. Es una belleza extraña, sí, impresionista; tienes que verla desde cierta distancia. Hay funk, hay soul, hay hip hop, hay IDM, hay incluso pop, y todo está impreso en una especie de braille defectuoso que te hace cosquillas en los dedos. El mosaico es caótico, pero cuando es Lone quien maneja los hilos las piezas encajan en un caleidoscopio que podrías estar observando durante horas.

“Ectasy and friends” ha conseguido algo que hacía tiempo que no sentía ante un disco: la sensación de estar escuchando mierda genuinamente nueva. Hablo de ese desconcierto inicial que te producen los álbumes atemporales. No es fácil entrar, pero una vez te has aclimatado en lo único que piensas es en perderte en esta fantasía de lullabies electrónicas. Hay momentos de arrebato que te dejan con los párpados entrecerrados, como “Arcade”, un corte alucinante, fabricado a medio camino entre el hip hop dillaísta y el soul, pero con una calidez especial, como el ruido de las olas en la playa mientras repasas todos los biquinis con una sonrisa de memo en los labios (y escondiendo cómo puedes la erección caballar). “Waves Imagination” es como si alguien hubiese puesto una balada de los O’Jays al revés y la hubiese mezclado con una base de Boards of Canada. “The Twilight Switch” es una ola de frecuencias ambient que engulle con una triste saeta cósmica todo lo que se acerca a su campo gravitatorio. Y luego el tipo se marca la verónica de la tarde, lanzando una asombrosa pirueta melódica en “Karen Loves Kate”, con el volumen subiendo y desvaneciéndose, gemidos de fondo y una ensoñación sintética casi narcótica. J Dilla estaría orgulloso del chaval. También en los cortes más rápidos – “Go Greenhills Racer”, “Endlessly”– uno se encuentra sometido a su trote irregular y embriagado. “Love Heads” es puro emo-wonky, “To Be With A Person You Really Dig” parece una canción de cuna para androides… No sé en la vuestra, pero en mi habitación, éste es sin duda el disco del año.

Óscar Broc

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