Echo Party Echo Party

Álbumes

Edan EdanEcho Party

7.4 / 10

Edan  Echo Party LEWIS RECORDINGS

Nunca he sido un adicto a los quesos, pero admito, como pecado venial, el abrir la nevera más veces de la cuenta, despojar el triángulo de semicurado del papel de aluminio e hincarle la hoja de mi cuchillo jamonero a esa bendita masa blancuzca cual poseso. Un vicio no apto, claro está, para panzas intolerantes a la lactosa –mucho ojo, el queso da ganas de pederse–. Lo de este producto no es un asunto baladí ni mucho menos. Muchos de mis amigos viven, respiran, cagan y se bañan en queso, en marismas olorosas de camembert, gouda, oveja, azul, mozzarella, tierno, fresco, cheddar y cualquier variedad de leche cuajada de rumiante. Y lo cierto es que me considero un tipo bastante tolerante con todas las razas queseras, aunque hay una que me pone especialmente de los nervios. Hablo, claro está, del edam, conocido vulgarmente como “queso de bola”. Lo que me lleva a esbozar una sonrisa ante las ironías gastronómico-musicales que el Hado siempre nos tiene guardadas.Sin embargo, no es el edam láctico el que nos ocupa ahora mismo, sino el Edan rapper, y este queso humano de leche old-school me encanta, aunque cada vez cueste más seguir su aromática pista. Seguramente, muchos habrán olvidado ya las hazañas de este freak de espíritu bostoniano, no en balde han pasado cuatro largos años –toda una legislatura, vaya pedazo de vago, rediós– desde su último movimiento de ficha. Hablo del grandioso “The Beauty And The Beat”, una colisión alucinógena de pop, fast rap y psicodelia que todavía hoy brilla en el firmamento hip hop como uno de los fenómenos más peregrinos que se han producido en los últimos tiempos. De todos modos, permítame el lector una pequeña regañina para un tipo que se ha tirado cuatro años desaparecido en combate, fumando petardos y viendo series con toda seguridad, y marcando un hiato demasiado largo y enojoso, a mi juicio, en una trayectoria que, de haber tenido continuidad, sería ahora mismo de cultísimo. Basta con recordar el terremoto que el MC + productor + DJ causó en Inglaterra (país donde se le llegó a adorar, mientras en los USA sólo le conocía la comunidad rapper de Boston) con sus primeros singles. ¡El tipo podría haber sido mucho más grande de lo que es ahora, si no fuera un maldito holgazán, joder!Pero dejémonos de lamentos, porque justo cuando muchos creían que este nerd blanquito de nombre quesero ya había arrojado la toalla y estaba sirviendo hamburguesas de pollo con jalapeños en un Mel’s Diner, nos llega esta pequeña acrobacia que huele a recurso de última hora para sacar al freakazo de ese incomprensible anonimato autoimpuesto desde el 2005. En otras palabras, los que esperaban material nuevo del bostoniano ya pueden comprarse el Cuore, el In Touch y el Rockdelux y seguir mirando el reloj. Lo que tenemos aquí es un curioso ejercicio de imaginación en el que el viejo Edan recompone la estructura molecular del catálogo más polvoriento y mohoso de Traffic Entertainment, algo así como una fuente inagotable de hip hop y electro de la vieja, viejísima escuela, y lo hace apelando a una sola regla para fabricar el set: “hago lo que me sale de los cojones y lo hago ahora, ¿pasa algo?”. Con esta actitud por delante, y con el concepto que hasta ahora teníamos de sesión reconvertido en un marasmo de incontencia creativa, “Echo Party” se muestra como una exquisita mutación en la que hay cabida para la manipulación más radical, el pastiche imposible y la introducción de pasajes forjados con instrumentos propios.La sensación que uno tiene después de escuchar los 29 minutos de locura ininterrumpida de este LP es que alguien ha sacado a Edan de su celda acolchada, le ha desabrochado la camisa de fuerza, le ha dejado en un estudio lleno de vinilos y maquinitas y se ha dedicado a observar la cobaya desde un espejo oculto. Y el tarado ha hecho lo que se esperaba de él y más, esto es: coger una base old school de palmas, bajos juguetones, breaks de funk y sonidos hip hop en tonos sepia y escupir sobre el lienzo todo tipo de lecherazos musicales que van del punk al pop pasando por la psicodelia. El tipo no se corta: si tiene que meter una guitarra eléctrica desvencijada, la mete. Si tiene que meter un Moog de mercadillo, lo mete. Si tiene que meter el chascarrillo lo-fi de un Casiotone, joder si lo mete. Cut’n’paste elevado al cubo; música en directo; samples entrecortados; fraseados que se retuercen hacia delante y atrás; mezclas de tres segundos; esqueletos rítmicos que se suceden como si fueran pedorretas picasianas.Este experimento de hip hop old school de serie B empieza con cierta timidez (en sus primeros compases es cuando más se asemeja a una sesión per se) y termina convirtiéndose en una jam psicodélica que atora los sentidos del oyente a base de imágenes subliminales y breaks grapados a ciegas. No es una bocado para paladares conformistas, que quede claro: lo que hace Edan muchas veces es poner a prueba nuestra resistencia, tensando al máximo el himen que separa el hip hop del punk hasta casi desgarrarlo, apostando indiscriminadamente por los baches en lugar de conducir por carreteras seguras, matándonos a polvos más que amándonos delicadamente. Dos años le ha costado a The Humble Magnificent completar este puzzle, 730 días dedicados a un cuadro esquizofrénico y resumidos en media hora de proctología musical con gorro Kangol, gafas redondas años 60, cadenas de oro, peinado paje estilo Beatles, Adidas Superstar, guitarra eléctrica, un par de Technics y dos tripis tamaño Din A4 hirviendo en el lacrimal. “Abróchense los cinturones” es quedarse corto. Óscar Broc

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