Dva Dva

Álbumes

Emika EmikaDva

7.4 / 10

Le tocó un viaje gratis a Berlín ofrecido por su sucursal bancaria, decidió hacer el trayecto y acabó quedándose en la capital alemana. Desde que Emika dejó Bristol ha pasado ya mucho tiempo y su posición real en el mapa musical del mundo es incierto: en Berlín ha podido seguir una dirección musical con numerosas exploraciones experimentales, preocupada por las texturas tanto de la maquinaria analógica como de los instrumentos de la orquesta clásica, pero a la vez el recuerdo del hogar sigue presente: en el primer disco, “Emika” (2011), fue en forma de (post)dubstep, dejando navegar su voz entre oleadas de bajos densos, y ahora que llega el segundo – “Dva” significa “dos” en checo–, profundizando en su interés por el formato canción, que en esta ocasión le acerca muchísimo a lo que un día conocimos como trip-hop (más como una versión femenina de Tricky que como una evolución del drama sombrío de Portishead). En “Dva” Emika le saca más partido a su voz que en su debut, y eso es lo que ayuda a que sus cimientos como creadora se hundan hasta una profundidad firme: estamos ante una mujer dispuesta a jugar fuerte en la misma liga en la que ahora mismo va en cabeza Jessie Ware, y además trabajando las letras para destapar aspectos oscuros de su psique o dar salida a reflexiones de contenido político y social.

“Dva” es un álbum denso y, aunque parta de estructuras del pop y el soul, eso no le convierte en un bocado de digestión fácil. Ante todo, Emika es una obsesa de la producción, no de la escritura de estribillos, y para no llevarse frustraciones hay que comprender que su prioridad es vestir cada uno de los quince tracks de una atmósfera bien cuidada que se resume en varios aspectos claves: hay un beat discreto pero marcado siempre a una velocidad lenta, rodeado de pulsaciones graves, espacios misterioso y efectos de eco. Los dos principios de su primer disco –el latido del dubstep y la textura metálica del techno– se mantienen tras una depuración de obviedades y un refuerzo de la impresión desolada, y tras tener eso listo es cuando entra la voz. La voz, pues, preside cada una de las canciones, Emika la proyecta con fuerza, pero nunca las domina. No se impone con virtuosismo o carisma como lo pudiera hacer Beth Gibbons, aunque dudo que esa fuera una de sus intenciones. La prueba posiblemente esté en que cuando busca el drama por encima de la atmósfera, las cosas no le salen redondas: en la pista diez se adentra en una versión de “Wicked Game” (el celebérrimo hit de Chris Isaak), donde la voz –autosampleada para crear un coro, o preeminente por encima de las oleadas de sintes– acaba perjudicando al conjunto al no ser capaz de encontrar una personalidad propia. Otra cosa hubiera sido dejar que hablaran las máquinas.

Pero “Wicked Game” sólo es un traspiés (mejor dicho, un capricho sobrante) en un álbum notable que tiene su momentos más interesantes, los de más altura, allí donde Emika se atreve a dar el paso de lo analógico a lo acústico y comenzar a trabajar con cuerdas y piano. No hay que olvidar que su formación es clásica y que en el primer disco todo ese bagaje había permanecido casi oculto. En “Dva” se destapa algo más: hay unos pianos de textura deslizante en “Mouth To Mouth” (que se corresponden inicialmente con una decoración típica del house, pero que poco a poco se vuelven post-románticos), un final muy a lo Kate Bush mezclada con Alicia Keys en “Criminal Gift”, y un inicio magnífico en forma de “Hush (Interlude)”, grabada en Praga con una orquesta profesional y que indica un interés profundo de Emika por la música religiosa de la Europa del este (suena a un lamenta de Goréki y fastidia que ni siquiera llegue a los dos minutos). Teniendo en cuenta que antes de la publicación de “Dva” regaló un breve EP con tres piezas de piano solo, alguien debería proponerle a Emika que se tomara en serio su salto a la música de cámara. Ese parece ser ahora su gran desafío.

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