Ducktails III: Arcade Dynamics Ducktails III: Arcade Dynamics

Álbumes

Ducktails DucktailsDucktails III: Arcade Dynamics

7.8 / 10

WOODSIST

El señorito Matthew Mondanile, uno de esos amigos de Facebook a los que admiro pero no conozco, tiene una frase genial: “Las cintas son importantes porque son físicas y reales, no como los CDs o las tarjetas de descarga. Si lanzas a alguien una cinta, le harás daño. Las cintas son fuertes”. Basta con escucharle esta defensa de los viejos formatos para hacerse una idea de lo que cocina en su proyecto de folk raro Ducktails: baja fidelidad llamada a desatar la nostalgia de hace, pongamos, treinta y pico años. Lo consigue con una pasmosa facilidad y, al contrario que la moda hipnagógica que tanto detesta, renunciando en la medida de lo posible a loops, filtros y procesados varios. Su objetivo es defender un clasicismo acústico y vocal que sólo admita los toques imprescindibles de experimentación. “Ducktails III: Arcade Dynamics”, que como bien reza su nombre es la tercera entrega de Ducktails, valida esa idea ya desde el sarcasmo del título y llega en el momento justo para confirmar a Mondanile como gran valor en alza de un territorio encharcado: el de ese free-folk que tiene al chillwave y a la nueva psicodelia como faros-guía a la hora de dibujar su hoja de ruta.

”Arcade Dynamics” es, por la coyuntura, el gran salto de Ducktails y, por el contenido, su mejor álbum hasta la fecha. Lo es porque Matthew se moja como nunca a la hora de pulir las canciones, prestándoles el máximo mimo y ordenándolas en un conjunto unitario que no hace más que engrandecerlas, si “engrandecer” es la palabra idónea para referirse a un proyecto tan tímido y humilde. Aquí es donde mejor disimula lo casero y domestica lo silvestre, donde aparta a un lado hipotéticos miedos escénicos y reduce la excesiva aura de espontaneidad que hasta ahora imprimía a sus discos. En el fondo las canciones siguen meciéndose como juncos sobre los que se posara un insecto, pero logran transmitir la sensación de descansar sobre un colchón más mullido. ¿Cómo y por qué ha operado este cambio? No es difícil hacerse una idea de las razones si observamos un currículum plagado de colaboraciones y deberes recientes que no han hecho más que excitar a Mondanile: un 7” como revelador avance del álbum en Olde English Spelling Bee, otros agotados, un split con Dracula Lewis para No Fun Productions, otro con Rangers para Not Not Fun –el sello que le editó su primer disco, que también reeditan ahora–, y más y más frentes abiertos: The Parasails, Predator Vision o sus vecinos de New Jersey Real Estate. La suma de todas esas ocupaciones, en especial las giras junto a estos últimos, ha contribuido a esa apertura de visión que comentamos. Grabado como sus otros discos, a solas en su sótano, en el disco colaboran varias de esas amistades y más: la batería de Sam Franklin (de Fluffy Lumbers y de los ruidosos Big Troubles, con quienes también toca en ocasiones), Jarvis Taveniere (Woods) y Dent May poniendo juntas sus algodonosas voces al servicio de la campestre “Killin’ The Vibe”, y, el más decisivo, Rusty Santos (Panda Bear, Ariel Pink) encargándose de las balsámicas masterización y mezcla.

Con todo, a pesar del cambio aparente, aquí se reconoce al Matthew de siempre, al de las canciones cortitas y el final dilatado (los diez minutos de “Porch Projector”, un título que lo dice todo, recuerdan a los trece de “Dreams In A Mirror Field” con que se cerraba la compilación “Backyard” de 2009), a un Matthew que quiere ser menos ambient y más concreto para acabar a expensas de un microclima tropical por el que su nuevo repertorio discurre con la potencia tranquila de un flamenco en un pantano. Si hoy no recuerda tanto a Ash Ra Tempel como lo hacía en “Landscapes” es porque lo hace a sus alrededores actuales. “Arcade Dynamics” suena a híbrido entre las músicas de Real Estate, Woods y su maestro de guitarra Julian Lynch; tres nombres que, por otra parte, no serían lo que son si nuestro hombre no les hubiera construidos a ellos el camino primero. Fraternidad y bienestar son sensaciones que florecen sin esforzarse durante la escucha. Porque todo en este dechado de folk telúrico (del velado amor por Seinfeld escondido tras “Art Vandelay” al candor de “Little Window”, una ventana al fingerpicking de las que ya no abre Devendra Banhart), nos lleva a concluir que no estamos simplemente ante otro bucólico disco más.

Cristian Rodríguez

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