Drowned In Light Drowned In Light

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Manual ManualDrowned In Light

7 / 10

Manual  Drowned In Light MAKE MINE MUSIC

Diez años grabando discos, y el gesto de Jonas Munk es como el que debería mantener el presidente de un club de fútbol durante un partido: hierático al límite, en el que no temblara ni un solo músculo, impasible a cualquier circunstancia. Alrededor del danés que se esconde bajo el artesanal nombre de Manual han sucedido muchas cosas, durante mucho tiempo, pero los títulos de sus discos siguen correspondiéndose con el sonido de las piezas que les dan forma: como un infinito atardecer en una playa de otro planeta. Al de Ostende, quizá por haberse criado a orillas del mar y ante unas vistas capaces de cortar el hipo, le fascina la naturaleza y el éxtasis de la libertad sin ataduras, y no se corta si tiene que manifestarlo en público. De “Ascend” (Morr Music, 2002), título que hace pensar en la curvada carrera del sol por un cielo azul, a este “Drowned In Light”, Munk siempre ha planteado su estética en términos similares. Hubo un “Golden Sun” –mediodía eterno, como Slowdive, en lugar de la madrugada eterna de The KLF– y un “Bajamar” inspirado en el ir y venir del agua y los ciclos de la Luna, y ya para acabar de rematarlo, por si alguien no se había enterado, su recopilación de rarezas y singles en Darla se tituló “Lost Days, Open Skies And Streaming Tides” (2007). En conclusión: este nuevo álbum es un giro inesperado hacia el heavy metal.

No, por supuesto que no lo es (aquí estaría bien que alguien incluyera el efecto de las risas enlatadas). Es el mismo disco de Manual una vez más, y una vez más lo recibimos con los brazos abiertos. Nostálgico del shoegaze, acérrimo defensor del leve delay y la guitarra suavemente acariciada, defensor del sintetizador que lo envuelve todo como en una capa de algodón, el danés sabe para qué público compone –esa minoría a la que no le importaría vivir por siempre en una burbuja transparente, bien oxigenada y sin contacto ninguno con el exterior, como imaginamos que sería la cámara en la que dormía Michael Jackson– y también es lo suficientemente honesto como para pensar algo así como que si no va a hacer lo que a él realmente le gusta, para qué diantre se va a poner con otra cosa. Al hombre le embelesa esto –las cuerdas de guitarras tratadas por un pedal que empiezan a crecer como una pompa de jabón, que alcanzan una forma entre la perfección de la esfera y la irregularidad de los polos achatados, que aumentan su diámetro orgullosas filtrando luz, irisándose y, en la cúspide de su belleza, paf, estallan–, y esto es lo que le sale. Compone para él, el disco que le gustaría estar escuchando siempre. Y como es el disco de siempre, se diría que no hay ningún matiz que apreciar ni ningún mérito que conceder y que no hay ninguna historia que explicar. Es lo más fácil que se puede pensar. Error.

Cuando Manual debutó en Morr Music, era de lo mejor que tenía el sello alemán en plantilla junto al belga Styrofoam y el conjunto Lali Puna. Su música era excepcional por excepcionalmente bella. Hay artistas a los que, por su planteamiento y su ambición, hay que exigirles evolución, pero hay otros a los que sólo hay que pedirles el instante de máxima perfección. Algunos son árboles –incluso bosques–, otros son flores. La flor que se marchita, pero que antes de marchitarse es la belleza sublimada, el resumen del todo y su misterio: aquí son los diez minutos de “Phainomenon”, o la música de las esferas circulando grácil entre sintetizadores de luz y guitarras de viento alisio, un pedazo de música que hemos escuchado antes de mil maneras, como antes hemos visto mil rosas, pero que en el momento en que suena, en el aquí y en el ahora, no tiene rival. Bueno, lo tendría si se tuviera que enfrentar a un Fennesz en buena forma, pero no es el caso.

Esta rosa tiene algunas espinas. Son, diríamos, temas como “Empty Inside”, “Slow” y “Biarritz”, en las que manda la guitarra acústica y la percusión tirando a tropical, minutos de estar al sol y comiendo gambas que parecen mundanos y perezosos en comparación con los ingrávidos y expansivos de otros cortes, como el ruido celestial de “Drowned In Light” o la ya directamente planeadora, absolutamente kosmische, “Pulsations”. Pero aunque tenga espinas, y esas espinas pinchen y arañen la piel, rompiendo así la sensación de belleza posible con un dolor inesperado y evitable, la rosa siempre es una rosa. Y aunque de la rosa sólo nos quede el nombre –Manual, el hombre loop que una y otra vez insiste con lo mismo; o “Drowned In Light”, título que ya indica un disco shoegaze como lo anticipaba también el “Drowning In A Sea Of Love” de Nathan Fake– una parte del todo ya habrá valido la pena. De este disco son sublimes veinte minutos y el resto es lo que ya sabíamos: que un nuevo lanzamiento de Manual es para el que sabe a lo que viene, y que es tan sencillo como tomarlo o dejarlo. Dejarlo no, que tampoco es plan de quitarse de todos los vicios, pero tomarlo sí, poco a poco, a sorbos, escogiendo el momento. Si es así, con esa mesura, qué bien entra.

Javier Blánquez

Manual - Afterimages by makeminemusic

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