Dropped Pianos Dropped Pianos

Álbumes

Tim Hecker Tim HeckerDropped Pianos

7.5 / 10

KRANKY

Que “Ravedeath 1972” sea el mejor disco de Tim Hecker hasta la fecha no debería incapacitar a “Dropped Pianos” para erigirse en un título imponente y revelador dentro de su discografía. Uno es consecuencia de otro, entre ambos existe una relación estrecha y evolutiva –a fin de cuentas, este último es una selección de esbozos y grabaciones previas a lo que acabaría deviniendo su disco-hermano–, y así de entrada es fácil quedarse con la imagen de referencia completista o complementaria para desvirtuar o restarle valor a sus prestaciones en una comparativa en la que también influye de forma determinante la poca distancia temporal entre ambos títulos. Tonterías: “Dropped Pianos” funciona perfectamente por sí mismo y es un señor álbum que, además, tiene la virtud y el acierto de presentarnos una faceta expresiva poco explorada y conocida del compositor canadiense.

Hecker presenta aquí nueve esbozos a piano de lo que posteriormente acabaría convirtiéndose en la infernal travesía de ambient noise gélido y perturbador de “Ravedeath 1972”. Si ahí predominaba el feedback y el asalto digital para construir un paisaje de belleza lunar, ingrávido y desolado, aquí es todo lo contrario. Ni rastro de los chorros de ruido, ni rastro de la incomodidad de los drones afilados, ni rastro de la violencia poética de su predecesor –aunque, en realidad, se publicara antes, paradojas de la industria–, de todo aquello no queda nada, tan solo un chasis ligero, delicado y sutil. Sorprende e ilumina la sonoridad minimalista, suave y otoñal del piano tristón, auténtico protagonista de un ejercicio de esencialidad compositiva que cronológicamente llegó antes pero que ahora, en perspectiva, como si viéramos una película de ciencia ficción sin los acabados de post-producción, cobra pleno interés y despierta máxima curiosidad.

En realidad, “Dropped Pianos” funciona, y muy bien, por cierto, como la particular visión de Hecker de la neoclásica en pleno momento de apogeo creativo y mediático de la escena, sobre todo la que guarda relación con el piano aplicado a exploraciones sonoras fuera de los márgenes del clasicismo y el rigor académico. Partituras flotantes, melodías tristes, tempo contemplativo, aires de banda sonora y tintes expresionistas en la forma y el fondo componen un mapa musical menos contundente y abrasivo que el de “Ravedeath 1972” pero igualmente emotivo y reconfortante. Si todos los discos “menores”, “complementarios” o “completistas” exhibieran este potencial en sus canciones, todo sería mucho más fácil.

David Broc

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