Dreams Say, View, Create, Shadow Leads Dreams Say, View, Create, Shadow Leads

Álbumes

Dustin Wong Dustin WongDreams Say, View, Create, Shadow Leads

7.6 / 10

El pedal del delay, ese humilde artefacto para distorsionar el sonido, ha llegado muy lejos. Si al principio era un arma más en medio de todo el arsenal de aparatos al servicio de un guitarrista con gusto por lo psicodélico, ahora es la pieza central a la hora de crear todo un nuevo y completo método de composición y presentación en directo. Intenta darte una vuelta por cualquier festival de música actual y a ver si consigues encontrarte un único solista cuyo directo no esté basado en la manipulación de pedales de delay, ya sea emulando el folk amplificado a lo John Martyn o aplicándolo a nuevos géneros, como hace el rapero Joe Driscoll.

El problema es que resulta cada vez más extraño ver a los músicos utilizando la técnica del delay de una manera que resulte excitante o nueva. En cambio, a menudo es el último refugio para los lobos solitarios y gente con una obsesión enfermiza por el control, es decir, es para gente que no puede soportar tocar con otras personas y megalómanos que se niegan a aceptar las limitaciones de tener una boca, dos brazos y dos piernas. Y en el peor de los casos, este tipo de músicos resultan ser el equivalente actual de aquellos hombres-orquesta cutres.

Dicho esto, el primer concierto al que fui en el que tocara un hombre que desafiara esta concepción del delay fue de Andrew Bird. Aquella noche era el telonero principal. Nunca había oído hablar de él y, francamente, no esperaba demasiado de él cuando apareció en el escenario armado con poco más que una guitarra, un violín y una serie de pedales. Pese a estas escasas herramientas, Bird consiguió sacarse de la manga olas y olas de sonido de una altura gigantesca e inconmensurable. Desde entonces he visto unos cuantos conciertos en esta línea, pero muy pocas veces los artistas en cuestión han sido capaces de llegarle a la suela de los zapatos. A menudo, estos solistas dan por sentado que su método es lo suficientemente fascinante de por sí como para servir de contraprestación a una música que, casi siempre, resulta ser decepcionante.

Al igual que Andrew Bird, Dustin Wong se siente a gusto tocando en solitario y también con banda –hasta hace poco tocaba la guitarra para Ponytail, la extinta formación de Baltimore–. Su trabajo como solista, sin embargo, se acerca más al de su anterior grupo, Ecstatic Sunshine, un proyecto que se centraba en la compleja interacción entre su guitarra y la de Matt Papich. Su primer álbum en solitario, “Infinite Love” (Thrill Jockey, 2010), subvirtió esta tendencia al centrarse en la compleja interacción de miles de reflejos del sonido de su guitarra. Era un álbum que consistía en dos pistas largas –o suites–. Era una cosa extraña, un álbum basado en la manipulación del pedal de delay en el que la música, sorprendetemente, era más interesante que la técnica.

“Dreams Say, View, Create, Shadow Leads”, el segundo álbum de Wong con su extraño título, es, en principio, más de lo mismo. Los puntos de referencia más obvios, es decir, la estudiada y brillante mimesis de Steve Reich, Terry Riley y Dan Deacon –que es amigo personal de Wong–, permanecen claramente reconocibles. Las canciones tienen cada una su título, quizá en un intento de presentar el resultado de una manera más accesible a “Infinite Love”, pero las verdaderas diferencias las encontramos en la producción: este álbum sigue más de cerca la técnica en directo de Wong, y por ello es mucho más rico. A diferencia de “Infinite Love”, en el que se grabó cada línea de guitarra de manera individualizada y luego se dispusieron en capas, aquí casi todo está grabado y controlado en vivo.

La musicalidad es tan quirúrgicamente precisa, con reminiscencias del grupo de Adam Pierce (Mice Parade) que es difícil creer que apenas haya overdubs. Efectivamente, en canciones como la intensa “On In The Way” o la temblorosa “Pencil Drove Hill Moon”, se hace difícil creer que la música proceda sólo de una guitarra. Y pese a que sale a relucir ocasionalmente un golpe de percusión –y es más, Wong hasta se pone a cantar (o a aúllar) en “Diagonally Talking Echo”–, en general estamos ante un disco que se centra en esculpir una orquestra entera a partir de la soledad de su instrumento favorito.

A lo largo de todo el disco prevalece una calidad ensoñadora y planeadora, y es imposible pensar que no esté inspirado en visiones nocturnas –el título claramente indica esto, como también un reciente proyecto que Wong, que consistía en ponerle banda sonora a los sueños de sus oyentes. Sí parece, además, que haya una especie de lógica onírica. La música a menudo acaba en lugares muy lejanos a donde se originaron, pero apenas te preguntas por eso, ni te das cuenta de lo que ocurre hasta que cada tema ha llegado a su abrupto final, imitando la chirriante sensación de despertarse súbitamente de un profundo sueño.

Más allá de estos momentos, la experiencia en general resulta discretamente fascinante, además de ser una sólida banda sonora para acompañar esos momentos previos antes de caer dormido. A pesar de que el avistamiento a lo lejos de un instrumentista solista que juguetea con un montón de pedales nos indica a veces un inminente ataque de autocomplacencia, Dustin Wong es alguien de quien tenemos la sensación de que sería feliz si le dejáramos tocando a solas durante todo el día.

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