Dr. No?s Ethiopium Dr. No?s Ethiopium

Álbumes

Oh No Oh NoDr. No?s Ethiopium

7.1 / 10

Oh No  Dr. No’s Ethiopium STONES THROW

Mis conocimientos musicales se ciñen a saber tocar en flauta dulce el “Himno De La Alegría” y el Adeste Fideles; vamos, que no tengo ni puta idea de solfeo, armonía y esas cosas que se estudian en la ESMUC. Así que mi criterio para valorar discos se basa siempre en sensaciones. Por eso, en los discos instrumentales la barrera entre el bien y el mal, el umbral que dirime el resultado, lo coloco de la siguiente manera: si echo de menos que alguien cante, rapee o diga mamarrachadas con un vocoder, no merece la pena. Y, muy a mi pesar, esta sensación aparece en algún momento en “Dr. No’s Ethiopium”. 36 cortes de no más de dos minutos con ritmos hechos a base de música etíope (un país culturalmente peculiar dentro del folklore africano), un ingente consumo de weed y una colección de 5.000 videojuegos en casa. Ésta podría ser una “definición-en-una-frase” del último disco de Oh No. Un campo, el de los videojuegos, en el que también soy bastante ignorante. “Tetris”, “Puzzle Bubble”, “Super Mario Land” para Game Boy y alguna partida furtiva de “Tekken III” para Playstation. De hecho, la Play y el “Pro Evolution” (cualquier edición) me han sacado de quicio siempre. Pues cualquier cosa que consiga apartar la atención masculina de tu preciado par de tetas enfurece a una mujer hormonada (ahora ya sabéis quién puso el disco del Pro en la basura en aquella fiesta en casa). A pesar de mis limitaciones, entiendo que Michael Jackson (ahora también sabéis por qué su alias es Oh No) esté realmente enfermo y no le salgan discos sino bandas sonoras para aventuras virtuales. Por algo trabaja codo con codo con Capcom y Rockstar Games . No me malinterpretéis, lo que quiero decir es que si me diseñara mis propios mandos de la Play y los mandara construir y mi novio fuese un encargado de la Game que conocí jugando al “Counter Strike”, me hubiese llenado más este disco.Sin embargo, el rollo “kicks & snares” meets mierda étnica bañado en una nube ganjah me pone cosa fina. Y de esto, el disco de Oh No va sobrado. Si en Dr. No’s Oxperiment las influencias mediterráneas sólo eran obvias en algunos cortes (en muchos pasaban desapercibidas o quedaban a la sombra de la calidad del propio track), en este trabajo el rollo africano huele bastante más. Cantos tribales (usados con pícara sorna para construir estribillos, como en “Pussy”), instrumentos de huesos y madera de baobab, palmas y percusiones autóctonas del cuerno de África aparecen por doquier. Reincide en el rollo setentero –a veces más funky, como en “The Funk” o “The Pain”, a veces más afrobeat como en “Juke Joint”–, con instrumentación de banda sonora de peli Pinky Violence; es como ver guerreros masái luchando con espadas kendo en medio del Serengueti una noche de luna llena. Y a Tarantino al lado tomando nota. Este rollo está bien cuando a Oh No se le cruza la neurona que ha estado escuchando FlyLo y se saca ritmos como los de “Fuego Tribe”, “Sneaky” y “All My”. Los golpes más pesados, más húmedos, el aceitillo wonky molan y le da el toque de “rabiosa actualidad” al tema; si a ese sonido le quitas el legado espacial y lo trasladas al Altiplano Etíope la cosa gana en espectaculariadad, como en “Adventure”. Sin embargo, en muchas ocasiones, se le aparece el fantasma de J Dilla y una se pregunta si eso que suena no se lo hemos oído a DJ Premier un millón de veces, por poner un ejemplo.Está más que claro, a estas altura de la historia, que al chaval no le pesa la sombra de su hermano mayor, Madlib. Lo que él define como un arma de doble filo, pues mucha gente se fijará en sus trabajos a raíz de su relación de parentesco; yo añadiría “para más tarde descubrir que el talento se repartió equitativamente en la genética de los hermanos Jackson (de Madlib y Oh No, no de los otros hermanos Jackson)”. Ha conseguido con sus diferentes elepés instrumentales demostrar de sobras que en el campo de la producción no necesita ni hermanos mayores, ni padrinos ni una crew con éxito comercial. Su hiperactiva manufacturación de bases y ritmos no le resta calidad ni de lejos y gracias a estos larga duración se ha granjeado la merecida fama de ser unos de los productores de hip hop con más cosas que decir en la continuación de la escena underground. Pero ¿qué hago yo con este disco ahora si ni practico el turntablism ni musico videojuegos? Sinceramente, echo de menos oírle rapear como en “T he Disrupt o en Exodus Into Unheard Rhythms –aunque él lo considere un mero trámite expresivo hedonista, no su verdadera función en la industria musical–. Me resignaré a tomar nota y estar atenta de su amplia actividad paralela, que incluye un nuevo álbum de Prince Po, otro álbum con Pete Rock, su proyecto Gangrene con The Alchemist o su grupo Street Crucifixion con Roc ‘C’ y Chino XL, sin dejar de lado su trabajo para las plataformas de videojuegos. Porque supongo que ahí está la verdadera gracia de este disco: si te ha gustado lo que has oído pero tienes ganas de más, espera a ver lo que hace con sus colegas. O a encontrártelo sonando en el menú del próximo “Grand Theft Auto”. Tiempo al tiempo. Mónica Franco

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