Dorwytch Dorwytch

Álbumes

Alexander Tucker Alexander TuckerDorwytch

7 / 10

Alexander Tucker  Dorwytch

ATP RECORDINGS

A cada nuevo paso que da, y a cada nuevo disco que graba, Alexander Tucker se acerca un poco más al “edén eléctrico” –parafraseando al crítico Rob Young, que utilizó esta expresión para titular su libro acerca de los hilos conductores de una larga tradición de folk genuinamente inglés– y se coloca más cerca de lo pastoral que de lo cósmico. En su ya larga carrera, “Dorwytch” significa la entrada de Tucker en un espacio donde lo terrenal está por encima de lo esotérico; es el disco más accesible de los cinco que ha publicado hasta la fecha y el que le perfila más claramente como un cantautor vinculado a la naturaleza en vez de como un explorador de las vastedades exteriores. Hay menos mareas electrónicas, menos uso del recurso del drone, y más instrumentación de cuerdas y preocupación por darle forma convencional a las canciones. Como si la respuesta británica a Richard Youngs se hubiera amansado y se sintiera más cerca de Fleet Foxes que de Jim O’Rourke.

Este relax en las formas no desmerece el resultado final de “Dorwytch”, de todos modos. Sigue dejando al anterior “Portal” (ATP Recordings, 2008) como un disco más audaz, su cumbre particular hasta la fecha, perfectamente ubicada en el momento de mayor agitación de las corrientes freak-folk, cuando había barra libre para experimentar con lo que a cualquiera le pudiera apetecer. Con estas nuevas canciones, en las que las guitarras suenan punteadas en vez de dronizadas, en las que en vez de una ebullición de sonidos de laboratorio aparecen por debajo líneas de violín, y en las que Tucker se dedica a cantar con convicción –intentando explicar cosas en vez de utilizar la voz como un ruido más con el fin de alcanzar cierto nirvana cósmico–, lo que sucede es que el hombre de la barba se normaliza y se humaniza. Llegará a más gente, sin duda, sobre todo porque temas como “His Arm Has Grown Long” o “Gods Creature” hasta los podría escribir y arreglar Will Oldham si en vez de en las llanuras del interior americano hubiera nacido en la campiña un poco al este de Gales.

En algunos momentos aparece el Tucker anterior, como en la fugaz lluvia de meteoritos analógicos de “Half Vast” o el arroyo ambiental de “Dark Rift / Black Road” –piezas casi exclusivamente synth– o en “Pearl Relics” o “Jamie”, donde reaparece el uso del drone como clave de bóveda de sus composiciones. Pero en el conjunto global de “Dorwytch” son momentos residuales, como interludios que dividen y aligeran la parte importante, formada por temas clasicistas como “Skeletor Blues”, “Mildew Stars” o la que cierra el álbum, “Craters”, una murder ballad en la que regresa la mística espacial del mejor Tucker, acompañado aquí por un piano y un dolor. Me gustaría pensar que volverá algún día a su folk experimental y que relegará el hemisferio pastoral de a un rol reducido, pero este disco parece dejar claro que hay un avance claro del songwriter y que no hay intención por parte de Tucker de regresar. Suerte, por tanto, en su viaje hacia el edén.

Robert Gras

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