Does It Look Like I'm Here? Does It Look Like I'm Here?

Álbumes

Emeralds EmeraldsDoes It Look Like I'm Here?

7.9 / 10

Desde el título de su tercer álbum “oficial” (así presentan desde Mego este “Does It Look Like I'm Here?”, sancionándolo como continuación de “Solar Bridge” (Hanson, 2008) y de su “Emeralds” (2009) en Wagon and Gneiss Things, sin acordarse de “What Happened” (No Fun, 2009) o de los más de 30 trabajos editados por la banda en CD-R o casete, siempre en cortísimas tiradas), Emeralds parecen querer aludir a su cualidad mudable, a su naturaleza huidiza y mutativa, a su tendencia a bordear las lindes de géneros y escenas, sin preocuparse del estar, del posicionarse, del permanecer mucho tiempo en nada. Quizás también a ese afán de escapismo vertical, de comunión eventual con el cosmos y superación de los límites psíquicos de la conciencia única que parecen perseguir con su música. Porque sí, John Elliott, Steve Hauschildt y Mark McGuire ven en sus catedrales sónicas -sobre todo cuando toca edificarlas en directo, situaciones en las que el volumen juega un papel fundamental- una forma de trascender los límites de la experiencia física; una vía para la disolución del ego individual en aras de la integración temporal de músicos (ellos) y audiencia (tú) en el continuum del universo, generando una experiencia que no quede definida sólo por el "aquí y ahora", sino más bien por la disolución del momento en la totalidad del espacio y del tiempo.

Esa ambición trascendentalista y su recurso al drone de evocación cósmica y al ambient sintesista ha hecho que en los últimos tiempos se venga hablando de Emeralds como punta de lanza de lo que algunos denominan la “nueva ola de la nueva era” ( the new wave of new age), un nuevo cajón de sastre en el que cabrían bandas como Oneohtrix Point Never, Raglani, Dolphins Into The Future o incluso el último Leyland Kirby; proyectos que en mayor o menor medida hacen uso de la electrónica analógica, de la psicodelia kosmische, del ambient más sintético, de las ideas del minimalismo clásico-contemporáneo o de elementos propios del llamado “fourth world” (ese acervo de manifestaciones surgidas a partir de la recreación desde el frente más saneado de Occidente de formas musicales propias del “tercer mundo”). Bueno, será cuestión de enfoques, de bagajes, pero servidor, que por suerte o por desgracia -cosas de una santa madre en crisis y en busca de maneras de equilibrar su balanza- ha participado en círculos de meditación, ha probado a energizar vasos de agua con la mente cada mañana, se ha dormido innumerables veces escuchando casetes en las que la voz honda de un hombre supuestamente sabio te guiaba en tu camino hacia la relajación entre sonidos perpetrados por los apóstoles de la nueva era, opina que no, que en Emeralds apenas hay rastros de benignidad New Age, aunque sí compartan fuentes con algunos de los adscritos a aquel difuso movimiento.

Las referencias de estos cosmonautas del noise de Ohio se sitúan en un plano temporal pre-Nueva Era, pudiéndonos llevar a hablar de un hacer hipnagógico de más largo alcance. Uno que sustituye el pop de radiofórmula, el soft-rock y el boogie funk blanco de los ochenta (referencias habituales en el entorno del Hipnagogic pop) por el influjo cósmico de los setenta, el de Popol Vuh, Cluster, los Tangerine Dream de “Rubicon” (1975), los Ash Ra Temple de “Inventions for Electric Guitar” (1975) o el Klaus Schulze de “Moondawn” (1976). Frente a la horizontalidad, el discurso calmo, el ideal de procuración de harmonía y serenidad de la New Age, Emeralds apuestan por una flotación más intensa y onírica, que persigue la hipnosis, la sobrecarga sensorial, la inmersión aural; esa sensación de estar perdido en el sonido.

La pista que abre el disco ya avisa de un refinamiento tímbrico y unos niveles de precisión y de fidelidad sonora ausentes en la obra previa -mucho más lo-fi, mucho más abierta al componente estocástico- de Emeralds. La incorporación de equipos digitales y el trabajo de masterización de James Plotkin aportan una nueva nitidez a unas canciones más inmediatas y mejor esculpidas que se alejan del drone oscuro en favor de texturas más lumínicas y matizadas. Una revisión de la cosa cósmica que conjuga gasas de ambient flotante y secuencias sintéticas hipercinéticas en canciones más cortas -en torno a los cuatro minutos, salvo excepciones, dos- que han llevado a las gentes de Mego a hablar de Emeralds en “shortened pop format”.

Candy Shoppe” comienza en terrenos de evocación krautrock, combinando teclas dulces y guitarras pastorales con una suerte de secuencia ácida resonante -no lejana de lo que saldría de toquetear el control de acento de una TB 303- que pronto da paso a una fase de teclas de regusto minimalista. “The Cycle of Abuse” flota entre nubes de ambient celeste y guitarras meditativas que llaman a la memoria de Michael Brook y su infinite guitar. “Double Helix” es un nudo de espirales sintéticas y guitarras ágiles que desemboca en un mar de ambient reflectante poco antes de que la catedralicia “Genetic” (doce minutos de guitarras a lo Manuel Göttsching y arpegios sintéticos de emoción sinfónica, con tanto sabor a epifanía religiosa como a travesía astral Orb-itante) venga a mostrarnos las cara más excesiva y épica -no necesariamente la mejor- del grupo.

Esa es la cima de intensidad de un álbum que se vuelve a agitar con “Does It Look Like I'm Here”, un pequeño prodigio de tensión dinámica que funde secuencias electrónicas de regusto trancero y olas de drone-noise para lograr un efecto cercano -menos naturalista, con la mirada más puesto en la inmensidad del cosmos- al del Tim Hecker de “Harmony in Ultraviolet” (Kranky, 2006). Esa misma sensación se mantiene -aunque más serenada, y rebajada de factor prog- en “Summerdata”, también cercana a los magmas de acordeones líquidos de Pauline Oliveros. “Shade”, que podría pasar por una relectura robótica de alguna pieza de Terry Riley o del Philip Glass de “Glassworks” (1982), funciona como mero interludio hasta la llegada de “It Doesn't Arrive”, sorpresa de tímbrica technoide cercana a los Basic Channel de “Octagon” que nos lleva hasta ese momento doble ( “Now You See Me” y “Acess Granted” son partes de una misma cosa) que cierra el disco evocando sin rubor -y sin ironía- visiones más cursis y sensibleras de la cosa cósmica.

Emeralds siguen refinando su fórmula, que sigue bebiendo de las fuentes de lo kosmische, pero que apuesta de forma decidida por un sonido más puro y articulado. El caos estocástico de antaño da paso a una mayor precisión, la deriva se sustituye por movimiento eficiente, el drone turbio se transforma en lujo armónico. Aquí los de Ohio revisten sus trips sintéticos de sabor arcaico de un atributo sónico moderadamente futurista que en cierta manera justifica su incorporación a las filas de Mego. Las suyas no dejan de ser tácticas convencionales, pero su producto suena más sofisticado, complejo y gratificante que nunca antes.

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